domingo, 1 de marzo de 2009

Julio C. Palencia

Poeta y ensayista guatemalteco. Transeúnte de la Muerte, De alquimistas y agonías, Canción para recién nacidos y Los Caminos de mi Rostro son algunos de sus libros.
Aquí Estamos Nosotros

Aquí estamos nosotros

los ilégitimos

hijos de la posmodernidad

nosotros.

 

Los fantasmas de países desangrados

paridos día a día a la intemperie

nosotros.

 

A los que les vaciaron los bolsillos

los que nunca tuvieron nada

los de la esperanza envenenada

nosotros.

 

Los desechables y miserables nosotros.

 

Nosotros los eternos janitors

del primer mundo

los del medio tiempo

o de plano sin empleo

haciendo fila para el welfare

mientras dos ojos poderosos

nos recriminan la existencia

desde la ventana.

 

Los ilegales nosotros

los drogadictos y drug dealers

nosotros.

 

Los abiertamente retadores

los que no agachan la cabeza

los mal hablados

los borrachos y mal vistos

los peligrosos

sin un centavo entre la bolsa nosotros.

 

Los que se mueren por llegar al norte

de hambre de sed a golpes

de un balazo ahogados de cansancio

nosotros.

 

Los que no tienen madre

ni padre ni patria

ni casa ni silla para sentarse

eternamente de pie

nosotros.

 

The little bastards

que destruyen todo nosotros.

 

Los expulsados de todas partes nosotros.

 

Los que no tienen derechos

los que no tienen familia

los que no tienen una tumba

y somos cadáveres vivientes

nosotros.

 

A los que se pateó el trasero

con bota militar local y extranjera

que incesante repetía:

hijo de puta hijo de puta

muere hijo de puta.

 

Y ahora que todo se derrumba en las raíces

nos quieren monjes dominicos

hermanas de una caridad que nunca conocimos.

 

Nosotros los mal vistos

por las buenas gentes

la presa destinada al sacrificio

el chivo expiatorio nosotros.

 

Los débiles ráquiticos

los de la presencia incómoda

 

los que nunca somos invitados

al gran opening de la humanidad

los que siempre nos quedamos

fuera del banquete

los que miramos todo

y no compramos nada

y rondamos todo mall

como incesantes palomillas.

 

Los sinvergüenzas descarados

los siempre refugiados

los que no somos confiables

los que no somos capaces

por nuestro color y nuestro acentro

nosotros

nosotros

nosotros

nosotros

nosotros

mil veces nosotros.

 

Aquí estamos nosotros.

 

Los hijos fugitivos de nuestros días

paridos y amamantados

por la corrupción política y la dorada plusvalía.

 

Nosotros

los que no se atienen a fronteras

los buscadores de EL DORADO

Indiana Jones con defectuosa brújula

señalando sin miramientos hacia el norte.

 

Los que nos bajamos los calzones

nosotros.

 

Digámoslo a toda voz:

traemos el alma violada por el siglo veinte

y por todos los siglos anteriores

hasta contar a cinco.

 

Expíamos una culpa que nunca cometimos

terrible subdesarrollo espiritual del primer mundo.

 

Somos de esta fábrica globalizadora

el resto inservible.

 

Los muertos de hambre siempre

los que llenamos las cárceles

y las primeras planas de los diarios.

 

Fuimos la víctima y sólo después el victimario.

 

Somos un respiro que apenas se levanta

que quiere cantar una bella canción desconocida.

 

Somos ahora el excremento

mañana seremos un comienzo

luna nueva sol de la madrugada

un punto luminoso

una esperanza válida

una paz que no sea mentira.

 

Nos llega el día al corazón de repente

 

y todo se ilumina


 

Ningún libro de historia

recogerá nuestras desgracias

hablará de nuestra desventura y silencio.

 

Somos los débiles

y nuestra voz es apenas susurro.

 

Que no se apague este siseo

que se adhiera como un espanto

a nuestro rostro

y nos sacuda enteros

en esta libertad condicional ficticia

que nos obsequian

como un regalo nuevo

un dulce con veneno

un anéstesico barato y malo

para diluir nuestra memoria.


 

Igual como se coloca

una rosa en un florero

me senté en el sillón.

 

Me senté para ser observado.

 

Por ella.

 

Pero nunca despertó.

 

Se quedó en el sueño de otro

perdida en el trayecto

de un beso a un abrazo

y yo me quedé sentado

-repitiendo esta fotografía aburrida y pálida-

velando su sueño

mientras ella se hacía joven

y yo envejecía.

Cantando Bajo la Lluvia

Ella está conmigo.

 

Yo canto.

 

Sigo las pautas de la lluvia

y de las hojas desprendidas

lenta liviana

vocalización del arcoiris vegetal

rojo

verde amarillo

azul múltiple abrazo.

 

La tarde cae llena de cuervos

en todos los octubres fugitivos

y ella cuenta una dos hasta cien mil

las hojas del otoño

que aún no llega.

 

Canto desde su sonrisa

desde sus mares

una canción a medias un tartamudeo.

 

Ella ríe me acaricia el alma.

Hemos llorado tanto juntos

que a veces olvidamos

con qué letra empiezan nuestros nombres.

 

Se prolonga su cabello

hasta los altos mares metálicos vagabundos

y la levanta el viento

como un papalote

una bruja benévola y sin escoba

un arbol infinito de sombra poderosa profunda.

 

Me quedo sin voz.

 

Ella está conmigo.

 

Poco importa si se apaga el canto.


 

El mar la sueña

de pies desnudos

encendidos luceros de la tarde

sobre blancos caballos pasajeros.

 

Ella juega con las crines espumosas

y las cuenta

hasta llegar a diez

el cardinal de sus pestañas.

 

Y vuelve a empezar.

 

El mar.

 

Y ella también.

 

A trote se levanta emocionada

una crin revuelta

hasta la rodilla desnuda.

 

Ella ríe

le gusta.

 

El mar la sueña

y ella lo sabe.

 

Ella lo sueña a él también.


 

Spare change

p

a

r

e

change

susurra el frío

en una esquina rota

de Vancouver.

 

Se levanta del suelo

una puñalada seca

una boca suelta

y sin dueño.

 

Diciembre de trapos inservibles

sobre un rostro fugitivo

y temblorosa mano.

 

Yo no le veo

y acuso entendimiento de la frase

con una negativa en mi cabeza

 

y le distingo los cuatro ojos

entre la barba

cuatro jinetes

del apocalípsis que ya pasó.

 

Spare change

borbotea la boca trastabillante

 

y me entristezco por mí.


 

Hay un espacio líquido

entre las letras de tu nombre.

No eres tú

ni tu azul, lejana, mirada

los que me empujan

a descifrar estas lineas.

No, no fuiste tú,

ni fue tu cuerpo

o tu cabello de crepúsculo.

En alguna parte de ti,

en algún sésamo secreto,

hay un mar que me recuerda

y al que sueño

como sólo puede hacerlo un desterrado.

Está un barco perdido

entre las líquidas letras de tu nombre;

un niño extraviado

que nunca tuvo casa

y que nunca tuvo ni tendrá

camino de regreso.


 

Sobre aquella sepultura

ni una flor

ni una lágrima.

Cuatro caminos

le decían

al lugar donde lo hallaron,

cuatro caminos

cuatro pueblos

y de ninguno él venía.

Es un desconocido,

repetía una y otra vez la gente

¡Tan sólo un desconocido!

y se consolaban

al ver que áquel

no era un muertosuyo.

Certificado aquel asunto

del muerto sin nombre y sin familia

temerosos con motivo y por costumbre

le dieron sepultura.

Cruce del muerto

se llama el lugar ahora,

del muerto

que nadie conocía

y que no tenía nombre.


 

Sobre una pálida llama

yace taciturna

dormida

la palabra.

Encarnado movimiento

de la roca con alas

bajo anárquica

desorbitada

exhumación de la lengua.

Cae

cae

cae hacia la boca

la palabra

como elemental cometa

de soles interiores.