domingo, 1 de marzo de 2009

Mi Guatemala Criolla - Augusto Meneses - Chapín de Rabo Morado

“Cabalgo en la palabra por la sangre del viento, como un sueño en fiesta sonando en el paisaje. Anochecí en los mares, y a bordo de la luna rondé el epitalamio de los amaneceres. Fui a dar a los caminos que anclaron en la tierra como flechas sonoras. Y cuando estuve solo, relampagueó el milagro de los cuatro horizontes. El Norte, vertical como un grito, sopló de sus pulmones el misterio acosado bajo los grandes árboles. Un rumor de nostalgia lo sacudió en sus venas, se apuntaló en el viento y estampó a la distancia su eterna gallardía de jaguar en descanso. Irguióse el Sur, entonces, allá sobre una línea que tenía la rima de una oración humeando, los montes desvaídos a tintas de acuarelas, y el corazón grabado de góndolas marinas bajo un paracaídas de gaviotas ardiendo… Oriente, con ademán tranquilo, esparció su mensaje por la gasa de oro que suelta el panorama. Con la risa franca se fue pintando en ecos la boca de la aurora, y al levantar en hombros el canto de los llanos, ¡tomó un puño de sol y lo clavó en su pecho! En tanto que Occidente, ¡era una fiesta verde! La fiesta de los pinos que apuran el silencio; la fiesta que se agita con un temblor de abismo entre los peñascales que suenan como sombra; la fiesta que se alegra con el abecedario que nace en la garganta de los guardabarrancas; allá donde los vientos florecen como rosas, allá donde los vientos revientan en luceros, allá donde los vientos de sílabas azules entonan el gitano cantando de los crepúsculos. ¡Y era una fiesta de pífanos y trigo! Yo no te conocía mi Guatemala hermana del indio y de los pinos, hermana en el aroma y hermana en la sonrisa del árbol que realiza su plegaria de brotes entre la algarabía del pájaro que asoma con el día en las alas. Yo no te conocía mi Guatemala hermana de todos y de todo. ¡Mi Guatemala amiga! Pero hoy que te conozco, déjame que te quiera, déjame que te siga, déjame que ilumine mi entusiasmo en la luna de enero que florece tu vientre, déjame que te sienta primera entre las mil y una maravillas que alimentan la canción de tu sangre, déjame que te cante con la palabra hirviendo de jade y mieles blancas al son de la leyenda. Yo quiero que me dejes palpitar en tu vida, hacer esencias sueltas de esperanza y de olvido, en el barro en que estampa tu espíritu la raza y el copal se hace brújula para encontrar los dioses; en la piedra en que humean los responsos del indio, cerca de los barrancos, donde la tierra fluye su vino de amapolas, puro como un desnudo, claro como un silbido. (...) Yo quiero que me dejes enardecer de aliento el chal de tus crepúsculos que iluminó el poniente, tener el mismo gesto del quetzal, ¡y el donaire del coro en lenguas verdes que atizan tus montañas!