miércoles, 24 de junio de 2009

Jose Milla y Vidaurre - Escritor Guatemalteco

Jose Milla y Vidaurre Nació en la Ciudad de Guatemala el 4 de agosto de 1822, hizo sus primeros estudios en el Colegio Seminario y luego en la Escuela de Derecho de la Universidad de San Carlos Borromeo, sin embargo, abandonó las ciencias jurídicas para perseguir su vocación a la literatura.Aunque al principio apoyó la ideología liberal, más tarde inició su carrera como burócrata con el gobierno conservador de Rafael Carrera. Allí desempeñó cargos importantes como; Secretario de la Hermandad de Caridad del Hospital General de Guatemala, Oficial de la Secretaría de Relaciones Exteriores y Subsecretario General del Gobierno.Fue redactor del periódico "La Gaceta Oficial". Publicó, además el periódico "La Semana", en donde aparecieron por primera vez sus "Cuadros de Costumbres", así como sus novelas "La Hija del Adelantado", "Los Nazarenos", "El Visitador", "El Libro sin Nombre" y otras obras líricas.Al caer el gobierno conservador, en 1871, se ausentó del país durante tres años, visitó varios países europeos y Estados Unidos. En París fue redactor de planta de "El Correo de Ultramar". Durante su estancia en el exterior escribió su obra "Un Viaje al otro mundo pasando por otras partes" y creó el personaje "Juan Chapín".Fue miembro de la Real Academia Española, miembro honorario de la Sociedad Literaria de París, Asistente del Ateneo de León en Nicaragua, miembro de la Sociedad Económica de Amantes del País y del Porvenir en Guatemala.Gracias a su esfuerzo, se dio a conocer la obra de José Batres Montufar. José Milla es considerado el padre de la novela guatemalteca y su obra es patrimonio nacional. Utilizó el seudónimo de Salomé Jil, con el que fue conocido por sus contemporáneos. En la actualidad sus obras aun gozan de gran popularidad entre el público.Falleció el 30 de septiembre de 1882, sus funerales fueron un masivo reconocimiento a sus méritos literarios.Su obra:Novelas: · Don Bonifacio: leyenda antigua, 1862. · La hija del Adelantado, novela histórica, 1866. · Los nazarenos; novela histórica, 1867. · El visitador; novela histórica, 1868. · Un viaje al otro mundo pasando por otras partes, 1875 · Memorias de un abogado, 1876. · Historia de un pepe, 1882. · El esclavo de don Dinero, 1881. Historia: · Historia de la América Central, desde su descubrimiento hasta su independencia, 1879. Cuadros de costumbres: · El canasto del sastre, 1864. · Cuadros de costumbres, 1882. · Libro sin nombre, 1870.
Más conocido por el seudónimo con el que se dio a conocer en la prensa, «Salomé Jil», este escritor figura en la vanguardia de las letras guatemaltecas. Vino al mundo el 4 de agosto de 1822, y ya en la niñez se perfilaron su inteligencia y sus aficiones más perdurables. Guiado por el buen criterio familiar, siguió los cursos del Colegio Seminario, donde obtuvo la graduación como bachiller de filosofía. Sin duda, el adjetivo que mejor le cuadraba, ya en la juventud, es el de letraherido, aunque sin posibilidades de llevar una vida ociosa, y ello viene a explicar que, acuciado por necesidades de orden material, abandonase la carrera de Ciencias Jurídicas que había iniciado en la Escuela de Derecho de la Universidad de San Carlos Borromeo. Por lo demás, es pensable que esa formación en el campo de la abogacía le resultó de utilidad en una muy fructífera trayectoria funcionarial. Fue secretario de la Hermandad de Caridad del Hospital General de Guatemala y más adelante oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores. Ascendiendo posiciones en el régimen conservador del general Rafael Carrera, llegó a ser secretario general de dicho gobierno. Gracias a ese cargo diplomático, pudo cultivar su espíritu intelectual y curioso en aquellas capitales europeas adonde lo condujo su labor política. Cuando por fin alcanzó a ocupar la plaza de consejero de Estado, Milla y Vidaurre ya era un prolífico periodista y escritor. La revolución de 1871 lo condujo al destierro. No obstante, uno de los promotores del movimiento revolucionario, Justo Rufino Barrios, lo reclamó para que redactase, a partir de 1876, la Historia de Centroamérica. En 1879 publicó la primera entrega de este proyecto: Historia de la América Central, desde el descubrimiento del país por los españoles hasta su independencia de España. A su muerte, ocurrida el 30 de septiembre de 1882, el escritor dejaba una muy extensa y admirable bibliografía, en la cual destacan el poema narrativo Don Bonifacio (1862) y las novelas El canasto del sastre (1864), La hija del Adelantado (1866), Los Nazarenos (1867), El visitador (1868), Memorias de un abogado (1876) y El esclavo de don Dinero (1881). Un volumen recopilatorio, Cuadros de costumbres (1882), reúne textos de naturaleza costumbrista, publicados originalmente en la prensa.
La hija del Adelantado
l Advertencia
Al escribir esta novelita, ha sido mi objeto principal dar a conocer algunos personajes y ciertos acontecimientos históricos, de los cuales no tiene sino muy escasa noticia la generalidad de los lectores a quienes están destinadas estas líneas. Me he sujetado a la verdad, hasta donde lo ha permitido la necesidad de dar algún interés dramático a la novela; procurando conciliar los hechos que efectivamente tuvieron lugar, con los que he debido añadir para adornar una obra de imaginación. En nuestras antiguas crónicas apenas se encuentran delineados los caracteres de los personajes y referidos los acontecimientos más someros. Respetando unos y otros cuanto ha sido posible, he dejado correr la pluma libremente en todo aquello que no podía envolver anacronismos (que considero imperdonables, aun en obras de esta clase), y en lo que no fuese directamente opuesto a la verdad histórica. Así, los personajes que figuran en esta relación existieron todos realmente; pero el carácter y los hechos que se atribuyen a algunos de ellos, corresponden a la parte novelesca de la obra. Las fechas están citadas con la posible escrupulosidad. Por no hacer demasiado difuso el escrito, o distraer la atención del lector con notas, no he citado los pasajes de nuestras antiguas crónicas impresas o inéditas, que podrían servir para probar la exactitud de muchos de los sucesos referidos. Si estas desaliñadas páginas sirvieren para llamar la atención de los lectores hacia los documentos en que puede estudiarse con provecho la historia del país, en la época interesante que siguió a la conquista, y si ellas son aceptadas con la misma benévola indulgencia con que lo han sido otras producciones literarias del autor anteriormente publicadas, quedarán satisfechas sus aspiraciones. l Capítulo I Inusitada animación y extraordinario movimiento se advertían, al caer la tarde del día 15 de setiembre del año de gracia 1539, en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpábanse, en mayor número, delante de un edificio grande, de dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo de la población más inmediato a la falda del Volcán de agua, a cuyo pie estaba situada la primitiva capital del Reino, en el mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio llamado Ciudad-vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conservaban aún a fines del siglo XVII, según leemos en la obra inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el Palacio del Adelantado, Gobernador, Capitán General de estas provincias y fundador de la ciudad, Don Pedro de Alvarado. Abríanse las puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella espléndida morada, que por algunos años había permanecido al cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban plenamente el rumor, esparcido pocos días antes de la próxima llegada del Adelantado. Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayuntamiento su arribo a Puerto-Caballos, en carta de 4 de abril de aquel año; participando además a los Magníficos [6] Señores del Concejo, su nuevo matrimonio. «Sabréis, dice, como vengo casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado es hablar en ello». El Adelantado había venido de España con una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en tres navíos grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba a la ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al oro y la plata arrancados a los naturales, aparecía ya por aquel tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida. En sesión celebrada por el Concejo en 25 de Mayo, se había leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen a avistarse con él un Alcalde y dos Regidores para haber de mostrarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El Cabildo, dividido en dos bandos, favorable el uno y contrario el otro a don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación, contestando al Adelantado no estar en obligación de salir al recibimiento; pero que manifestándose las reales provisiones, se conformaría con todo aquello que Su Majestad mandase. Los principales promotores de esa discordia eran el Veedor Gonzalo Ronquillo, el Tesorero Francisco de Castellanos, el Comendador Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Ovalle y otros caballeros, que, a fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación y mala voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo pacífico y naturalmente bueno del Juez de residencia, Alonso de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibieron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación a la capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado. Preparábanse, pues, a recibirlo con el honor y aplauso que merecía quien había sido recientemente colmado por el Rey, por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favores y distinciones, justa recompensa de sus grandes y señalados servicios. [7] Pregoneros de los favores dispensados a su señor, de la gentileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompañaban y del aparato con que se acercaba el Adelantado, habían sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde Puerto-Caballos, conductores de las cartas que escribía al Cabildo. Excitada así la pública curiosidad, no menos que la envidia de los émulos, poníanse en juego las intrigas para lograr que no se diese posesión del gobierno a Alvarado, cohonestando la desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombramiento, que había circulado en copia. Los amigos del Adelantado, sin hacer cuenta de aquellos manejos, y como quien tuviese seguridad de que todo saldría a medida de su deseo, apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibimiento. El pueblo adornaba espontáneamente las calles de la entrada, y reunido en corrillos, discurría sobre el grave acontecimiento que iba a verificarse. En un grupo que formaban varios caballeros delante de la puerta Palacio, un criado de Alvarado, llamado Pedro Rodríguez, el viejo, unos de los que había despachado el Gobernador desde la costa de Honduras con sus mensajes, respondía a diversas preguntas que lo dirigían los curiosos. -Sí, señores, decía, doña Beatriz excede en gentileza, ingenio y garbo a su hermana doña Francisca, que santa gloria haya, la primera esposa de nuestro valiente Adelantado. -¿Y cómo ha podido casarse, dijo uno de los del grupo, con su cuñada? Ese parentesco no lo dispensa nuestra santa madre iglesia con facilidad. -Ciertamente que no, replicó Rodríguez, y en el presente caso, no lo había dispensado su Santidad, a no haberse interpuesto nada menos que nuestro invictísimo Emperador, así por hacer merced al Adelantado, como por mostrar buena voluntad al señor Duque de Alburquerque, tío carnal de ambas señoras, doña Francisca y doña Beatriz. -Alto ha trepado don Pedro, dijo otro. -No tanto como él merece, contestó el viejo; que los servicios hechos a Su Majestad por nuestro capitán, lo hacían acreedor a la mano de tan principal señora no menos que al título de Almirante de la mar del Sur y a la cruz de Comendador de Santiago con que lo ha recompensado el César. [8] -¡Comendador de Santiago!, dijo entonces un viejecillo jorobado, de cara entre osada y burlona, que estaba en el corrillo. ¡Comendador de Santiago! Ya no se lo llamarán de burlas, como en México, cuando vestía, por las Pascuas, un sayo viejo de terciopelo de su padre, el Comendador de Lobón, en el cual había quedado estampada la señal de la Cruz. Ja, ja, ja, ja; y rompió a reír con una risa casi diabólica. Nadie contestó a aquella burla impertinente, no obstante la expresión de disgusto que se pintó en los semblantes de todos los demás caballeros. -Habláis, continuó el burlón, de los méritos y servicios de don Pedro, y a fe que lleváis razón en vuestros encomios. El Adelantado es denodado cual ninguno en el campo de batalla; y cualquiera lo sería como él, si poseyese un amuleto que lo preserva contra todo riesgo. -¿De qué amuleto habláis?, preguntó uno de los caballeros. -¡Toma! de ese joyel que lleva siempre, al cuello, pendiente de una cadenilla de oro, y en que están trazados ciertos signos, caracteres arábigos, o no sé lo que son, que nadie hasta ahora ha podido descifrar. -Y que algo hubierais dado vos por poseer en la batalla de Quezaltenango, señor Veedor Gonzalo Ronquillo, dijo a la sazón un caballero de noble porte y elevada estatura, embozado en una capa de paño oscuro, cubierta la cabeza con una gorra con pluma blanca, y que sin ser percibido de los del corrillo, se había acercado y puesto la mano derecha en el hombro del contrahecho viejecillo. Al escuchar aquellas palabras, el burlón mudó de color; y visiblemente azorado, notando la satisfacción con que el nuevo interlocutor había sido escuchado, dijo: -Os agradezco el recuerdo, señor don Pedro de Portocarrero, no podía ser más oportuno. No he olvidado que en aquella sangrienta refriega debí la vida a vuestro valor, y que sin el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los pechos a aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí, como lo estoy, pronto a serviros. -No lo digo por tanto, don Gonzalo, replicó Portocarrero. Cualquiera habría hecho lo que yo hice en aquella jornada; únicamente he querido advertiros que el que ha huido cobardemente delante del enemigo, no es [9] el mejor juez de los hechos militares de un capitán como Alvarado. -No olvidaré la lección, don Pedro, contestó Ronquillo, y será un favor más que pondré en la cuenta que os llevo desde lo de Quezaltenango; y dio la vuelta lanzando una mirada amenazadora al caballero, que permaneció imperturbable y sereno. -¡Miserable envidioso! dijo uno de los presentes; y, dirigiéndose a Portocarrero, agregó: guardaos, don Pedro de su saña. Ese hombre es implacable; su odio ha causado ya graves disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con Gonzalo Mexía, sujeto poderoso en la corte. -El que ni teme ni espera, contestó Portocarrero con cierta firmeza en la que había algo de profundamente melancólico, no tiene por qué guardarse. Cumplo mi deber, como cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas y al amigo ausente; sigo el recto sendero y no curo de las serpientes que pueden atravesarse en mi camino. En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del Palacio, conduciendo una litera pintada exteriormente y cuya parte interior se veía ricamente tapizada, con tafetán de la China. -Una litera, dijo uno de los presentes, ¿si será para la señora Adelantada? -No, contestó el viejo Rodríguez, debe ser para doña Leonor, que viene mala. Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta, pero dominando su emoción cuanto le fue posible, preguntó con fingida indiferencia: -¿Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña Leonor? -Creo que no, dijo el viejo; calenturas de la costa, fatiga del camino y una poca de melancolía. -Cosas que pasarán, replicó un caballero, tan luego como la noble hija de la princesa Jicotencal se aviste con su prometido, el Licenciado don Francisco de la Cueva, hermano político de su padre. -¿Pero es cierto que se casan? dijo otro. -¡Toma! Tan cierto como que se lo he oído al Alcalde Juan Pérez Dardon; sujeto, como sabéis, caballeros, tan verídico como el que más. -Así es, dijo el otro; pero ¿qué tenéis don Pedro?, [10] añadió, volviéndose a Portocarrero; estáis pálido como la muerte. ¿Os sentís malo? -Sí, contestó Portocarrero, procurando recobrar su serenidad; sabéis que desde la última expedición que hicimos en tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El sol se ha puesto ya y tal vez el viento frío, que comienza a soplar me haya causado algún ligero pasmo. Buenas noches. Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el pecho, como quien se halla dominado por alguna grave preocupación. -¡Cómo ha cambiado! dijo uno de los del grupo, cuando hubo desaparecido Portocarrero. Ya no es aquel gallardo y altivo mancebo, tan pronto para los juegos y para el galanteo como para la batalla. -Es que, no olvida a Agustina, dijo otro, que lo tiene como hechizado. -Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque según se dice, ella lo ama cada día más y lo persigue con sus exigentes solicitudes. -Así me persiguiera a mí, que por cierto no fuera yo de mármol a sus ruegos, dijo otro. Agustina Córdova es una moza hechicera. -¿En qué sentido lo decís? preguntó uno de tantos. Eso de hechicerías tratándose de Agustina, admite dos interpretaciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar por los aires montada en un mango de escoba. -¡Ave María purísima! Interrumpió Rodríguez, santiguándose. Si es así, bien pudiera tomar cartas en ello la santa Inquisición de México. Yo creía que sólo los indios paganos de estas tierras eran dados a hechicerías y sortilegios. -Aun los indios que han recibido las aguas del santo bautismo, dijo uno de los caballeros, suelen mantener relaciones con el espíritu maligno; y algunos españoles, contaminados con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el demonio. Si no, oíd lo que yo mismo vi, trece años hace, cuando combatíamos a los sublevados de Sacatepequez. -Decid, decid, que ya os escuchamos. -Una noche, estábamos acampados frente a unos peñoles en que se habían hecho fuertes los indios rebeldes. Andaba yo de ronda, y habiéndome acercado a uno de los puestos avanzados más próximos al enemigo, en cuyo [11] punto estaba un centinela, fui a reconocer al soldado que montaba la guardia. Media hora antes había sido colocado en aquel puesto un Juan Gómez, de la compañía del capitán Luis Marín, a quien sus compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz de las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos al supuesto centinela, cuyo rostro tenía un no sé qué de horroroso y siniestro, que no acertaré a describiros. Dirigile la palabra y guardó silencio; puse mano a la espada y permaneció inmóvil. Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo atravesé con él de parte a parte, sin encontrar resistencia, como si fuese una fantasma impalpable. Entonces, eché mano disimuladamente a la cruz de mi rosario, y mostrándola de improviso al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa oscuridad nos envolvió instantáneamente, y cuando la tiniebla fue disipándose y haciéndose lugar de nuevo el tenue resplandor de las hogueras, encontramos a nuestros pies un arcabuz y una armadura, cuyo desagradable olor a azufre, manifestaba claramente haber servido de aquellos arreos al común enemigo de las almas. Esa misma noche, casi a la propia hora, otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar el real, en un punto muy distante, a Juan Gómez, acompañado de una mala mujer, a quien solía visitar. Al siguiente día fue puesto en estrecha prisión, en que permaneció dos meses, sin querer confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda del espíritu familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó, sin que se haya vuelto a saber de él. Con atención, aunque sin asombro, oyeron las demás personas que formaban el corrillo la extraña aventura del soldado que encargó al diablo le hiciese el cuarto de centinela; y como advirtiesen que la noche se les había entrado ya, embebidos en aquellas pláticas, se despidieron unos de otros, apalabrándose para el siguiente día, con el objeto de presenciar la entrada del Adelantado y de su ilustre comitiva. La luna, en su cuarto creciente, alumbraba débilmente la ciudad, entregada al reposo y al silencio, y el volcán se alzaba majestuoso, escondiendo su descarnada cúspide bajo un cendal de espesas y blanquizcas nubes, más imponente aún a la dudosa claridad del astro de la noche, que cuando se ostenta en toda su grandeza bañado por los rayos del sol del mediodía. [12] l Capítulo II Sereno y despejado amaneció el siguiente día, 16 de setiembre, como si el tiempo quisiese contribuir por su parte a hacer más regocijada y festiva la recepción del Adelantado y de su séquito. Súpose desde muy temprano que se hallaba en las inmediaciones de la ciudad y muchos de los caballeros salieron a su encuentro. El Ayuntamiento, con el Juez de residencia, Maldonado, se reunió en las Casas consistoriales; aguardando aquel grave congreso la presentación de las reales provisiones. A eso de las nueve de la mañana, hizo su entrada la ilustre comitiva, enmedio de la población alborozada, que victoreaba a su fundador, don Pedro de Alvarado tenía en aquella época cuarenta años de edad; era de mediana estatura; su aspecto noble y sus facciones fuertemente acentuadas, revelaban el ánimo varonil, la resolución incontrastable y aquella combinación extraña de valentía generosa, crueldad, astucia y franqueza que formaban el fondo del carácter del conquistador de Guatemala. Su rostro, un poco tostado por el sol del trópico, conservaba aún el color rojizo. Como también la barba y el cabello rubio que habían dado ocasión a que los indios mejicanos designasen al valeroso teniente de Cortés con el poético sobrenombre de «el sol», Tonatiuh. Montaba con gallardía un fogoso corcel andaluz, vestía una luciente armadura de acero, ostentando sobre el pecho la roja cruz de Santiago. Cubríale la cabeza la celada; ondeando al viento la garzota de plumas blancas y encarnadas, que coronaba el yelmo. Pintábase en su rostro la [13] emoción del ánimo, por las muestras de afecto con que lo acogía su bienamada Guatemala. A su lado derecho se veía a doña Beatriz, que tendría unos veintiocho años, y cuyas facciones, perfectamente delineadas, revelaban desde luego todo lo que había de altivo y desdeñosos en el carácter de la noble dama, por cuyas venas corría la sangre de una de las más ilustres familias de España, la de los duques de Alburquerque. Doña Beatriz era hija de don Pedro de la Cueva, Comendador mayor de Alcántara y Almirante de Santo Domingo, hermano legítimo del Duque. En grupo animado y bullicioso, seguían las veinte señoras principales que traía (1) don Pedro para las casar, como dicen candorosamente, nuestras viejas crónicas; siendo la más notable entre ellas, así por su linaje, como por su ingenio y gentileza, una cuyo nombre han conservado las historias, doña Juana de Artiaga. Con los caballeros de la ciudad, iba confundida la numerosa servidumbre del Adelantado y de su esposa; enseguida marchaban más de doscientos indios tamemes, o cargadores, que conducían los equipajes, y cerraban la comitiva los trescientos arcabuceros de don Pedro. Al lado izquierdo del Capitán General, veíase a don Pedro de Portocarrero, armado de todas armas y montando el magnífico caballo de que se apeó en la batalla de Quezaltenango, para pelear cuerpo a cuerpo con Ros Vatit, en cuyo encuentro hizo maravillas con la lanza, según el manuscrito Quiché citado por el cronista Fuentes. Conversaban familiarmente los dos ilustres Capitanes, respondiendo Portocarrero a las preguntas que el Adelantado le dirigía sobre la situación de las cosas. Llegados a la plaza mayor, y habiendo pasado delante de la casa del Ayuntamiento, sobre la cual ondeaba el estandarte de Castilla, los caballeros y las damas se detuvieron a la puerta de la Catedral, en donde los recibió el venerable Obispo don Francisco Marroquín, que abrazó al Adelantado con el afecto profundo y sincero que siempre le profesó, y de que dio pruebas aún después de la vida del caudillo. Acompañaban al Prelado, el deán don Juan Godínez, el Arcediano don Francisco Gutiérrez de Peralta, y el Canónigo don Pedro Rodríguez, con los cuales se había organizado el primer Cabildo eclesiástico en 1537. Después de la misa, que celebró el Deán Godínez, como lo había hecho quince años antes, siendo capellán del ejército, el día de la fundación de la ciudad, se retiraron [14] el Adelantado y su comitiva; y luego que don Pedro hubo cambiado de traje, vistiendo un jubón acuchillado de terciopelo color de cereza, gorguera de encaje de Malinas, greguescos, espada y estoque con empuñadura de brillantes, capa de igual tela y color del jubón, y sombrero adornado con plumas blancas, entró en la sala capitular y tomó asiento a la derecha del juez de residencia, Alonso de Maldonado. Larga y acalorada fue la discusión sobre la inteligencia de la Real Cédula de 9 de Agosto de 1538, que presentó don Pedro. El juez, apoyado con tesón por el tesorero Castellanos, el Veedor Ronquillo, el Comendador Zorrilla, el Regidor Ovalle y otros, insistía en que, con arreglo al texto de la provisión, no se debía dar posesión del gobierno al Adelantado, en tanto estuviese pendiente la residencia de su anterior gobierno; y en efecto debe convenirse en que a los que esto sostenían, no les faltaba razón, visto el contenido del despacho real. El astuto don Pedro prolongó intencionadamente la discusión, para que sus enemigos se declarasen y poderlos conocer mejor. Así dio todo el rencor y miserable emulación que se encerraba en aquellos corazones, y logrado su objeto, sacó un pliego, que guardaba en el seno, cerrado y sellado con las armas reales. Era una sobrecédula, expedida en 22 de octubre de 1538, en la que el Rey prevenía a Maldonado pusiese inmediatamente en posesión del gobierno a don Pedro. Un rayo habría hecho menos efecto que la lectura de aquella carta, que pasó de mano en mano de unos a otros de los presentes, que examinaron el sello real, la firma de Su Majestad y la del Secretario, Juan de Samano. Cediendo a la evidencia de la voluntad soberana, Maldonado recibió juramento a don Pedro y puso en sus manos la vara mayor, símbolo de la autoridad. Numeroso concurso de pueblo, agolpado en las galerías del edificio y en la plaza, aguardaba impaciente el resultado de la sesión. Proclamose por el pregonero de Cabildo y la multitud rompió en aclamaciones entusiastas. Los cañones, situados en la plaza, y los arcabuceros de Alvarado, hicieron repetidas salvas y las campanas de las tres o cuatro iglesias que tenía la ciudad, saludaron con estrepitosos repiques el plausible suceso. Los enemigos del Gobernador, corridos y amilanados, procuraban ocultar su vergüenza, manteniéndose aparte, en un extremo del salón, en tanto que un lucido concurso de caballeros [15] rodeaba y felicitaba al Capitán General. Las miradas del Adelantado se dirigieron al grupo de los descontentos, y después de haberse fijado en ellos un momento, acercóseles con grave y digno continente, y dijo: -Vuesas Mercedes han cumplido como buenos y leales vasallos, interpretando conforme a su conciencia y obedeciendo con pronta prestación las Órdenes de Su Majestad. Depositario de la confianza de mi Rey para gobernar estos pueblos en justicia, procuraré, como antes, proveer al bien común y recompensar en nombre de nuestra augusto César los servicios de todos y principalmente los de aquellos que, como Vuesas Mercedes, han derramado su sangre en la alta empresa de ganar estos reinos. Dichas estas palabras, el Adelantado, abrió los brazos a sus enemigos y estrechó uno en pos de otro a Maldonado, Castellanos, Ovalle, Zorrilla y aun al envidioso e implacable Ronquillo. Resonó el salón con las más entusiastas aclamaciones, y don Pedro se retiró a su Palacio, llevando consigo el amor y la admiración de nobles y plebeyos. La ciudad se ocupó desde aquel momento, en disponer los festejos con que debía celebrar el plausible acontecimiento, encargando de preparar las fiestas al Alcalde Dardon y a uno de los regidores. Previniéronse diversos regocijos públicos; cañas, encamisada, fuegos artificiales, estafermo, saraos y un torneo para el último día. Mientras, tenía lugar aquella escena en las casas del Ayuntamiento, doña Beatriz, rodeada de sus damas, recibía en su Palacio los homenajes de las señoras principales de la ciudad, con atención cortesana, aunque con semblante visiblemente inquieto y alterado. Próxima a la Gobernadora, estaba una joven, como de diez y ocho años, de mediana estatura, y en cuyas facciones se combinaban los rasgos distintivos de las dos razas que por aquellos tiempos se encontraban en pugna en estos países: la española y la indígena. Su rostro era moreno y su cabello poblado y negro. Había en aquella frente serena, aunque no espaciosa, en aquellos ojos grandes y animados, en la nariz exactamente modelada, en la boca pequeña y ligeramente desdeñosa, en el conjunto todo de las facciones, un sello de majestad tranquila y un tanto melancólica, que arrebataba y al mismo tiempo imponía cierto respeto a cuantos la miraban. Tenía el perfil de aquella joven algo del tipo correcto y severo [16] y de las antiguas estatuas griegas, unido al ideal y sobrehumano de la virgen con que algunos años después, debía asombrar al mundo Bartolomé Murillo. Tal era doña Leonor de Alvarado, hija de don Pedro y de doña Luisa Jicotencal Tecubalsin, hija del Rey de Tlaxcala y Zempoala (2). Ojerosa y pálida, doña Leonor, que parecía sufrir física y moralmente, se apoyaba en el hombro de su fiel amiga, doña Juana de Artiaga. Las otras damas que habían venido en compañía de doña Beatriz, conversaban en corrillos alegremente, comunicándose las observaciones que les ocurrían sobre la ciudad que acababan de atravesar. Aprovechando la oportunidad que les ofrecía la conversación de las otras señoras, doña Leonor y doña Juana hablaban de manera que sus palabras no pudiesen ser escuchadas por las personas que se hallaban en el salón. -¿Y pudiste verlo? preguntaba doña Leonor. -Perfectamente, contestó doña Juana. Pedí a un caballero que cabalgaba junto a mí, que me lo mostrase; venía al lado del Gobernador tu padre y pude conocerlo. Es apuesto y bizarro como su primo el Conde de Medellín. Parece gozar de toda la confianza y amistad del Adelantado. -Y nadie más acreedor que él a esa distinción, amiga mía, dijo doña Leonor. Pocos, si acaso alguno, le igualarán en lo ilustre del linaje, en lo despejado del ingenio, en el valor y en los servicios hechos al Rey. -Con esas prendas que todos lo reconocen, no sé por qué tu padre, que te quiere bien, habría de rehusar... -No, Juana, interrumpió doña Leonor; jamas saldrá de mis labios una palabra que pueda desagradar a doña Beatriz, que protege decididamente las pretensiones de su hermano don Francisco. He dicho ya a mi padre que mi único anhelo es volver a España y encerrarme para siempre en el retiro de mi claustro. Una lágrima rodó por la descolorida mejilla de la joven hija de la princesa Jicotencal; y cuando doña Juana [17] se preparaba a dirigirle algunas palabras de consuelo, llegó a sus oídos el estampido de los cañones y el eco de las aclamaciones del pueblo, que saludaba con entusiasmo la proclamación hecha por el pregonero del Cabildo en la galería superior de las Casas consistoriales que daba a la plaza. Inmediatamente entró en el salón un caballero que representaba unos cincuenta años, de noble y distinguido corte, vestido de terciopelo negro, y acercándose a doña Beatriz, estrechola en sus brazos, diciéndole: -Albricias, hermana mía, albricias. Todo ha concluido felizmente. El Adelantado, tu esposo, ha vuelto a tomar la vara de la gobernación, quedando confundidos sus envidiosos adversarios. -Supongo, don Francisco, contestó la orgullosa señora, que don Pedro pondrá, una vez por todas, coto a los desmanes de sus enemigos, que un severo castigo caerá sobre los que han querido dar tan pernicioso ejemplo de desobediencia a la augusta voluntad del Soberano. No, doña Beatriz, dijo don Francisco de la Cueva, el Adelantado ha perdonado como cristiano y se ha vengado cual cumple a un caballero. En presencia de todos, ha tendido la mano a sus émulos y estrechado entre sus brazos a los mismos que un momento antes pretendían afrentarlo. -Así sois los hombres, replicó la Gobernadora; siempre indulgentes cuando más justicieros debiérades de mostraros. Si yo gobernara, don Francisco, júroos por quien soy, que haría respetar mi autoridad, y que esos miserables expiarían su crimen en la más dura prisión. -Habláis como quien no conoce lo que se llama razón de estado. -Hablo como quien está acostumbrada, desde sus tiernos años a ver que a los vasallos corresponde únicamente callar y obedecer. -Sois altiva como una Reina. -Y vos argumentador como buen letrado. -Dejemos esto, dijo don Francisco, que no hay para que hablar más en ello; y volviéndose de improviso a doña Leonor, con blando y amoroso acento, le dijo: -¿Cómo estáis doña Leonor? En vano he aguardado por ver si descubría la litera en que veníais. -Hemos tardado en llegar, don Francisco, respondió la joven; me sentía fatigada y fue preciso caminar despacio. [18] Espero que os recobraréis pronto. -Sí, a Dios gracias, ningún mal es eterno. -A no ser aquellos que no quiere curar el que tiene el remedio en sus manos, dijo con tristeza el caballero. Doña Leonor guarda silencio, excusándole una respuesta que habría sido embarazosa, la llegada de su padre con numeroso séquito de caballeros, entre los cuales descollaba por su apostura y garbo don Pedro de Portocarrero. Después de estrechar en sus brazos a su esposa y a su hija, cuyas pálidas mejillas se habían cubierto de un ligero tinte de púrpura, el Adelantado tomó parte en la conversación de las damas, mostrándose ingenioso, festivo y decidor, como lo tenía de costumbre. Después de un rato de animada plática, despidiéronse los caballeros y las damas, y quedaron solos el Adelantado y su familia. [19] l Capítulo III Los encargados de disponer las fiestas con que la ciudad había de obsequiar a sus Gobernadores, apresuráronse a cumplir la comisión, esforzándose en quedar airosos. Ocho días debían durar les regocijos, en los cuales alternarían el Volador, la Encamisada, juegos y representaciones que hemos alcanzado harto degenerados, los saraos; el Estafermo, etc. Algunos de los principales caciques indios sometidos a los españoles, tomaron parte en aquellas diversiones, contribuyendo así al solaz de sus dominadores. Para formar alguna idea de la ostentación y el lujo con que se hicieron aquellas fiestas, es preciso ver en la Crónica de Remesal lo que refiere de la magnificencia de los caballeros de Guatemala en aquella época. Abundaban los metales preciosos, las pedrerías, el terciopelo, la seda y los ricos paños; y al carácter naturalmente ostentoso de los españoles, agregábase la circunstancia de la profusión de las riquezas en un país que aún no estaba esquilmado. No haremos una minuciosa descripción de aquellas funciones; bastando decir respecto a la Encamisada, que fue lucidísima, componiéndola unas cincuenta personas, entre damas y caballeros de la ciudad, que representaban personajes de diferentes naciones. Los trajes de lamas de oro y plata, los rasos de diversos colores, las puntas de oro de Milán, los joyeles de esmeraldas, las piedras preciosas y las vistosas plumas, adornaban con profusión mantos, sayos, sombreros y cinturones. Cada caballero llevaba cinco o seis lacayos, con lujosas libreas, los cuales conducían gruesas hachas de cuatro pábilos. Los caballos y [20] sus jaeces correspondían al rico atavío de los amos. Precedía la brillante cabalgada multitud de indios vestidos con lujo, con cajas, clarines, atabales, trompetas, marimbas y otros instrumentos del país, y cerraban la marcha los mosqueteros y arcabuceros, con los cañones, o tiros como los llamaban entonces. Don Francisco de la Cueva vestía a la húngara, con peto dorado, mangas y calzón de encajes finos de celeste y plata sobre lama de oro, manto imperial de rengue verde con ramazón de oro sobre raso blanco y las vueltas de armiño con puntas volantes de plata. Montaba un magnífico overo de raza árabe, y la silla estaba bordada de oro sobre terciopelo carmesí. Pero el que entre todos los caballeros llamaba particularmente la atención, más por su gallarda figura que por lo brillante del traje, era don Pedro de Portocarrero, que vestía de lama de plata y llevaba un sombrero de castor con penacho blanco y presilla de diamantes. Montaba un fogoso bridón azulejo y se hacía acompañar por ocho lacayos lujosamente ataviados. La plaza estaba iluminada con teas, a cuya luz representó la Encamisada un coloquio de circunstancias, dispuesto por el canónigo Rodríguez, hombre de letras y de ingenio. El Adelantado, su esposa, su hija y las otras damas con el Obispo Marroquín, el juez Maldonado y los individuos del Ayuntamiento, vieron la representación desde la galería de las Casas consistoriales, en donde se había levantado un dosel de terciopelo carmesí con franjas de oro, ostentándose en la balaustrada el escudo de armas de la Ciudad, en medio de los del Adelantado y de su esposa. Los fuegos artificiales que se exhibieron en una de las noches, se componían de árboles, castillos y sierpes de pólvora. Diremos ahora lo que era el juego del Estafermo, que tuvo lugar en una de las tardes destinadas a las fiestas. Llamábase Estafermo una figura de bastidor, representando un caballero armado, que llevaba en el brazo izquierdo un broquel y en el derecho, levantado y extendido, unas correas largas, cuyas puntas remataban en bolas de madera. La figura estaba colocada en un mástil, de modo que pudiese girar en torno. Los caballeros corrían y daban en el broquel con la lanza, lo cual hacía girar al Estafermo y sacudir las correas, que caían sobre el jinete, azotándolo con las bolas, si no excusaba [21] el golpe con la presteza de sus movimientos. Luciéronse muchos de los caballeros en aquel entretenimiento, escapando ilesos de los golpes que sacudía el Estafermo. Portocarrero, entre otros, dio tan tremenda lanzada en el broquel de la figura, que a ser menos firme, habría dado con ella en tierra. El Estafermo sacudió sus disciplinas; mas cuando cayeron, ya el ligero don Pedro había evitado que su caballo apresurase la carrera. La multitud aplaudió el lance con gritos y palmadas, y el galante caballero saludó cortésmente, dirigiendo una mirada llena de expresión al balcón de las Casas consistoriales. Después de la buena suerte ejecutada por tan diestro jinete, nadie se atrevía a correr un nuevo lance; cuando se desprendió del grupo de caballeros un hombre pequeño de cuerpo, agobiado con el peso de las armas. Era nuestro antiguo conocido el Veedor Gonzalo Ronquillo, que tuvo la desgraciada idea de rivalizar aquella tarde con Portocarrero. Enristró la lanza, afianzose bien en los estribos, y aguijando su tordo rodado, desde un extremo de la plaza, partió a todo escape, y llegando delante del Estafermo, hirió fuertemente el escudo con la lanza. La figura giró sobre su eje con velocidad, dando mil vueltas, las correas silbaron en el aire; Ronquillo quiso hacer volver ancas a su caballo con presteza; pero estuvo a punto de perder los estribos, y por afianzarse en el arzón, retardó su movimiento y sufrió una fuerte y repetida tunda de latigazos. Resonó la plaza con los silbidos, y el Veedor, bramando de coraje, saliose del palenque corrido y humillado. Desde aquel día, los burlones, que no querían bien al Veedor, lo bautizaron con el apodo de Estafermo. Estaban tomadas las disposiciones para el torneo, con cuya función debían terminar las fiestas. Dividiéronse los justadores en dos cuadrillas, acaudillada la una por don Jorge de Alvarado, hermano del Gobernador, y la otra por don Pedro de Portocarrero. Nombráronse jueces del campo al licenciado don Francisco de la Cueva y al Tesorero real don Francisco de Castellanos. Señalose por Reina del torneo a la que por su clase y su belleza tenía derecho a aquella distinción, doña Leonor, la hija del Adelantado. Levantáronse en la espaciosa plaza tiendas de campaña, adornadas con gallardetes, para los mantenedores del campo, y conforme al uso común en esos casos, despositáronse las armas de los combatientes la noche víspera [22] de la función en la Catedral. Permítanos ahora el lector que lo conduzcamos al gabinete del Veedor Ronquillo, donde se tenía una conversación que conviene escuchar, para haber de seguir el hilo de esta historia. A eso de las nueve de la noche, dos hombres conversaban con animación, aunque en voz baja; el mismo Veedor y el Tesorero Castellanos, hombre de torcidas intenciones, enemigo acérrimo del Adelantado y de Portocarrero su favorito. -Estáis ya inscrito, como lo deseabais, dijo Castellanos, entre los caballeros que han de justar mañana en la cuadrilla de don Francisco de la Cueva. Ahora, deseo saber, don Gonzalo, en qué puedo serviros, y con qué objeto me habéis citado a esta plática reservada. -Don Francisco, respondió Ronquillo, no ignoráis el odio que tengo a ese Portocarrero, hombre que ha suscitado el espíritu de las tinieblas para tormento mío. La aparente generosidad con que me salvó la vida en lo de Quezaltenango, no ha hecho más que acrecentar mi encono contra ese miserable. He meditado una venganza tan satisfactoria para mí, como humillante para mi enemigo; pretendo justar con él mañana en el torneo, y requiero vuestra ayuda. -Justo es vuestro enojo, don Gonzalo, replicó el Tesorero, y estoy pronto a ayudaros en lo que deseareis; pero advertid que Portocarrero es hombre a quien no es fácil vencer en la lucha. Medid vuestros pasos, no sea que proporcionéis una nueva ventaja a nuestro común enemigo. El lance de la otra tarde... -¡Vive Dios! Don Francisco, interrumpió irritado el Veedor, que no me recordéis lo del condenado Estafermo, porque soy capaz de perder el juicio. Aquello fue originado únicamente por la torpeza de mi caballo, os juro que el proyecto que he meditado, acabará, si me ayudáis, con la soberbia de ese hombre. -Decid, pues, y contad conmigo. -¿No están esta misma noche las armas de los combatientes depositadas en la Catedral? dijo el Veedor, bajando la voz. -Sí, ¿y qué os importa eso? -Más de lo que imagináis. ¿No me habéis dicho otra vez que el sacristán Reynosa, os debe grandes obligaciones? -Ciertamente, como que por mi influencia fue nombrado [23] para el cargo, con el salario de sesenta pesos de oro de minas. ¿Y qué? -Siendo así, Reynosa, no podrá negaros el favor de permitirnos que visitemos esta noche las armas, dijo Ronquillo. -Probablemente no, contestó Castellanos. -Pues entonces, vamos allá, sin pérdida de tiempo, y luego sabréis todo mi plan. Tomaron ambos hidalgos capas y sombreros, y encaminándose por calles excusadas a la parte de atrás de la catedral, donde estaba situada la habitación del sacristán Reynosa, llamaron a la puerta. Salió éste e hizo entrar a los dos caballeros, que le manifestaron el deseo de ver las armas, por pura curiosidad. Pareció sencilla la solicitud al sacristán y permitioles la entrada a la capilla de la Veracruz, en donde estaban suspendidas armaduras, espadas y lanzas de los que habían de justar al siguiente día. Ronquillo se detuvo delante de una armadura pintada de azul, cuyo escudo tenía por empresa un sol iluminando una rosa a medio abrir, sobre la cual revoloteaba una abeja, e hizo disimuladamente una seña a Castellanos. Este llevó aparte a Reynosa, entreteniéndolo con la conversación, en tanto que el Veedor tomó el yelmo perteneciente a aquella armadura, y con un instrumento de hierro que llevaba oculto, hizo cierta operación en aquella pieza, volviendo a colocarla en el sitio en que estaba. Enseguida retiráronse los dos amigos, y al despedirse de Reynosa en la puerta de la calle, le recomendaron no hablase de aquella visita, pues las leyes de caballería prohibían el que se acercase persona alguna a las armas de los combatientes, para evitar hechicerías y maleficios. Después, separáronse los dos hidalgos, diciendo Ronquillo a Castellanos, tomándole afectuosamente de la mano: -Adiós, don Francisco, y acordaos de que si se suscita alguna contienda en el torneo, decidiréis en mi favor, como juez del campo. -Contad con ello, por lo que a mí toca, dijo el Tesorero y, se retiró a su casa. Ronquillo entró en la suya, saboreando ya de antemano la rastrera venganza que meditaba. Enteramente ocupados en el asunto que traían entre manos, los dos hidalgos no advirtieron que desde su salida de la casa de Ronquillo, los había seguido con cautela un hombre embozado, que los vio entrar a la Iglesia, [24] y que oculto a la sombra de las elevadas paredes, pudo verlos salir y escuchó la recomendación de guardar el secreto de aquella visita que, al despedirse, hicieron a Reynosa. Ese embozado misterioso era Pedro Rodríguez, quien después de haber sorprendido aquella escena, visto que se separaron Ronquillo y Castellanos, y oído sus últimas palabras, se retiró a su casa pensativo. El 4 Octubre de 1539, tuvo efecto el torneo, cuyo recuerdo se conservó aún algunos años después de la después de la primitiva ciudad de Guatemala. La plaza, vistosamente adornada, estaba llena de espectadores. Las familias principales ocupaban sitios preferentes bajo toldos de lienzo, adornados con colgaduras de damasco y el pueblo al aire libre, se apiñaba en confuso tropel: para presentar un ejercicio tan propio de aquellos tiempos, en que el valor y la destreza en el manejo de las armas eran el orgullo de los nobles y la admiración de las otras clases sociales. Bajo el dosel de la galería del Cabildo, tomaron asiento el Adelantado y su familia, ocupando un sitio preferente doña Leonor, que vestía un traje de tela de plata, con manto de terciopelo encarnado, todo sembrado de pequeños carcaxes de oro; ceñida la frente con una diadema de brillantes. Colocaron a sus pies un taburete con un cojín de terciopelo, sobre el cual estaba la corona de oro, figurando dos ramas de laurel, destinada al vencedor. Al presentarse la hija del Adelantado, un murmullo de admiración se levantó en torno del palenque, sincero y expresivo homenaje rendido a la belleza de la Reina del torneo. Los jueces, armados de punta en blanco, recorrieron el campo, y dictaron sus últimas disposiciones. Los mantenedores aguardaban firmes en sus respectivos puestos. Descollaba la elevada estatura de Portocarrero, sobre cuya cimera ondeaba un penacho encarnado y blanco, y cuyo brazo izquierdo ceñía una banda de seda de iguales colores que eran los mismos del traje de doña Leonor, y los de la casa de Jicotencal, según el cronista Bernal Díaz. Cuando el escudero presentó el broquel a don Pedro, pudo verse la empresa, que consistía en una rosa mejicana medio abierta, bañada por los rayos del sol en su cenit, y una abeja revoloteando, como tímida y respetuosa, en torno de la flor. Leíanse en derredor de aquella alegoría, estos cuatro versos: [25] Yo soy, la abeja, vos sois la flor, rosa temprana que se abre al sol. La profunda pasión de Portocarrero era un secreto para todos; así es que la generalidad no comprendió el verdadero significado de la empresa. Solamente la penetrante intuición del odio alcanzó, entre sombras, el sentido oculto de aquella pintura. Así fue que momentos después de haberse presentado en la liza Portocarrero, acercose Gonzalo Ronquillo a don Francisco de la Cueva, y le dijo al oído: -Alto pica la abeja de Portocarrero. -No, contestó don Francisco, procura libar una humilde rosa del campo, don Gonzalo. -Rosa que brotó, replicó el maligno Veedor, en los jardines del Rey de Tlaxcala, bajo los poderosos rayos de Tonatiuh. Aquellas palabras fueron una revelación para don Francisco, que mudó de color al escucharlas. La alegoría del sol, sobrenombre dado a su hermano político, y la de la rosa mejicana, le parecieron tan claras y atrevidas como antes las había creído sencillas e inocentes. Mantuvose un breve rato pensativo, y después, dominando su emoción cuanto le fue posible, se ocupó en los arreglos que tenía que hacer, siendo, como hemos dicho, de los jueces del campo. Dispuesto ya todo, los heraldos publicaron el reto en nombre de los mantenedores; presentáronse muchos caballeros, y habiendo hecho señal los clarines, comenzó el combate. Al principio, la cuadrilla que acaudillaba Jorge de Alvarado llevaba la mejor parte de la pelea. El valeroso hermano del Adelantado rompió seis lanzas y había desmontado ya cuatro paladines de los de Portocarrero. Muchos de los caballeros se lucieron en aquella justa, por su destreza y fuerza de su brazo. Pedro González Nájera, el valiente Capitán que años antes atravesó por enmedio de un numeroso ejército enemigo para llevar un mensaje a don Pedro, hizo aquel día prodigios con la lanza, combatiendo al lado de don Jorge. Juan de Alvarado, hermano de don Pedro, Gonzalo de Ovalle, Gaspar Arias Dávila, Antonio de Salazar, Hernando de Chaves, de quien descendía el cronista Fuentes, Sancho de Baraona, [26] Bartolomé Becerra, Gaspar de Polanco, Pedro de Cueto y otros muchos caballeros lidiaron en el torneo, ya con el uno ya con el otro de los dos caudillos. Portocarrero, que no había tomado al principio una parte muy activa en el combate, viendo a los suyos casi vencidos ya y descorazonados, adelantose enmedio de la plaza, y después de haber cambiado una mirada con doña Leonor, que no pasó desapercibida del celoso hermano de doña Beatriz, empeñose en reñido combate con los paladines del bando contrario. A poco rato, había roto seis lanzas y desmontado otros tantos campeones; con lo que ayudado de los suyos que cobraron nuevo brío, quedó al fin dueño del campo. Iba a proclamársele vencedor por los jueces, cuando se presentó un heraldo retando a singular combate a don Pedro de Portocarrero, en nombre de un caballero de la cuadrilla de don Jorge, que reservaba el dar su nombre para después de la pelea. Aceptó en el acto el buen caballero, y la atención general quedó suspensa, esperando a ver quien fuese el temerario que desafiaba a tan temible campeón. Creció el pasmo de la concurrencia cuando se presentó en la arena un paladín de pequeña estatura con la visera calada, y encorvado bajo la armadura. -No sufrirá el primer bote de lanza de Portocarrero, decía uno. -Vamos a verlo volar como una pluma por el aire, decía otro. -A no ser que tenga pacto con el diablo, agregaba un tercero, ese hombrecillo va a caer maltrecho enmedio de la arena. Mientras tanto el desconocido paladín tomaba sus disposiciones, y recibía de manos de sus escuderos la lanza y el escudo sin empresa alguna. Los jueces midieron el campo, y dada la señal, partieron al mismo tiempo ambos jinetes, encontrándose a la mitad de la carrera. Don Pedro dirigió la punta de su lanza al peto de su rival, que vaciló sobre la silla y estuvo a punto de caer bajo tan formidable golpe. El desconocido enderezó el hierro al yelmo de don Pedro, y con el choque, hizo se desprendiese la visera, que cayó, dejando descubierto el rostro del caballero. Entonces, con un movimiento rápido como el relámpago, el desconocido arrojó su lanza con fuerza y la acerada punta hirió en la frente al noble Portocarrero, cuya sangre corrió a borbotones. [27] Un grito de dolor resonó en el balcón de las Casas consistoriales y doña Leonor cayó desmayada en brazos de su amiga doña Juana de Artiaga. Portocarrero, indignado, soltó la brida a su caballo, y tomando con ambas manos su pesado lanzón, lo levantó en el aire, y cobrando nuevas fuerzas del coraje, lo descargó sobre el casco del infame, que recibió tan tremendo golpe en la cabeza, que cayó en tierra sin sentido. -¿Qué hacéis, don Pedro? gritó don Francisco de la Cueva; no es ese el modo de combatir con un caballero. -Es el modo de castigar a un villano, contestó Portocarrero, y se retiró a su tienda ensangrentado. Los escuderos y pajes del desconocido acudieron en su auxilio, y habiendo desatado las correas del yelmo, y descubierto la cabeza de éste, apareció, pálido y demudado, el rostro del Veedor Gonzalo Ronquillo. -¡El Estafermo! gritó el pueblo, y acompañó aquella exclamación con una ruidosa salva de carcajadas. Concluyó el torneo, y los jueces del campo se retiraron a su tienda para deliberar. [28] l Capítulo IV En la mañana del siguiente día, mientras el Adelantado se hallaba en su gabinete con su Secretario, Diego de Robledo tratando varios negocios graves, la servidumbre del , reunida en la antecámara, conversaba familiarmente, recayendo la plática, como era natural, sobre las escenas de la víspera. Estaban allí el mayordomo y el camarero mayor, llamados Francisco y García de Alvarado; el caballerizo García Ortiz; el despensero Pedro González; los pajes Alarcón, Biezma, Figueroa, Osorio, Casano y Pérez, paje de cámara, cuyos nombres se han conservado en el testamento de don Pedro. -Brillante fue la función, decía el mayordomo; y a no haber sido el desgraciado lance con que terminó, por una casualidad, la corona de vencedor se habría adjudicado al valiente Portocarrero. -¿Casualidad decís? contestó el criado anciano a quien hemos conocido ya en el capítulo 1.º de esta historia; decid más bien el maleficio que se hizo al yelmo de Portocarrero. Acostumbrados a escuchar con respeto el carecer de Rodríguez el viejo, los demás criados rodearon al que acababa de pronunciar aquellas palabras. El mayordomo continuó: -Parece, en efecto, señor Rodríguez, cosa de hechicería; pero ¿quién puede haber jugado esa mala pasada al buen caballero? ¿No es probable que el tornillo que dicen faltaba en el encaje de la visera, haya caído casualmente, o se haya quebrado con el golpe que le dio con la lanza el Veedor Ronquillo? -No puede ser, replicó Rodríguez; eso ha sido obra [29] de encantamiento; creed a mi experiencia y acordaos de que suele decirse que más sabe el diablo por viejo que por diablo. -¿Y qué decís, preguntó el caballerizo García de Alvarado, del desaguisado que cometió el Veedor, hiriendo en el rostro a Portocarrero, después que había caído la visera? Bien sabéis que eso está prohibido por las leyes de la caballería. -Así es, contestó el mayordomo; pero se asegura que aquello fue también casual, no habiendo sido la intención de don Gonzalo herir a su adversario. -Casual o no, dijo el despensero González, el Estafermo la ha llevado buena. Dicen que hoy ha amanecido con calentura de cuenta del porrazo que le dio don Pedro con el lanzón. -Buen provecho le haga, dijo el paje de cámara Pérez. Ese Veedor no me la hace buena. ¿Y se sabe ya lo que hayan decidido los jueces del campo? Supongo condenarán al Veedor. -Pues supones muy mal, replicó el viejo. Eso de condenar a un hombre como Ronquillo, no se hace tan ainas. -Pero el Licenciado de la Cueva, dijo el paje, y el Tesorero real son hombres de ciencia y de conciencia. -Lo primero concedo, contestó Rodríguez; lo segundo distingo, como decíamos en Salamanca. Si se trata de algún negocio en que no tenga interés, el licenciado hablara como un Papa; pero si hay gato encerrado, citará las Pandectas y el Fuero Juzgo y se saldrá con la suya. En cuanto a Castellanos, lo tengo, Dios me lo perdone, por gente non sancta, aun cuando sea más sabio que el Marqués de Villena. -Pero siendo, como es, observó García Ortiz, conocido el afecto que el Adelantado, nuestro amo, profesa a Portocarrero, no se atreverán a sentenciar contra él. -¿Y si se atreven? dijo Rodríguez. ¿No se atrevió Sancho de Baraona a poner demanda al Adelantado mismo ante el juez Maldonado, sobre el pueblo de Atitán que le quitó, y no lo condenó el susodicho juez a pagar al querellante no sé qué cantidad de pesos? -Que por cierto hasta ahora no ha pagado, dijo el mayordomo; como tampoco me ha satisfecho a mí mis salarios. -Ni a mí los míos; añadió el camarero mayor. [30] -¿Y qué dirá quien os oye? dijo el despensero; de mí sé decir que no he recibido un maravedí desde que estoy al servicio de Su Señoría. -Por ahí nos vamos, hijo, añadió el caballerizo; pues yo no sé todavía ni lo que gano. -Pues medrados estamos, dijo uno de los pajes. Si vosotros no recibís vuestro salario, ¿qué se hace del oro del Adelantado? En cuanto a mí y a mis compañeros aquí presentes, esperamos el ajuste de nuestras cuentas para el día del juicio. -¡Gente desleal! y exclamó con impaciencia el viejo Rodríguez; ¿de qué os quejáis? ¿No tenéis en la casa cuanto habéis menester? Si no recibimos nuestros salarios puntualmente, se nos pagarán algún día; y sin eso, harto pagados estamos con servir a tan buen Señor, amén de los gajes que a muchos de vosotros les proporcionan sus oficios. Además, el Adelantado es agradecido, y nos irá dando empleos lucrativos; si no, ahí tenéis al señor Diego de Robledo, que de simple criado suyo, ha venido a ser todo un escribano de Cabildo, gracia que le alcanzó don Pedro con el Secretario Samano en este último viaje a la corte. -¡Oh! Robledo, dijo el mayordomo; ese es de la tetilla del amo; es el archivo de sus secretos; y como sabe tantas cosas, conviene que tenga una buena tajada en la boca para que no hable. Iba a replicar el leal Rodríguez, cuando abriéndose de par en par las puertas del gabinete, salió un hombre alto, seco, de mirada torva, vestido de negro, y que llevaba un rollo de pergaminos debajo del brazo. Era el señor Diego de Robledo, Secretario privado del Gobernador escribano de Cabildo. El corro de fámulos maldicientes tomó repentinamente una actitud respetuosa y humilde, mientras el Secretario avanzaba con el aire entre burlón y desdeñoso de un insolente favorito. -Hola Pérez, dijo, dirigiendo una sonrisa al paje de cámara. Parece que no te ha ido mal en el negocio de Reguera. Dícenme que te ha valido cincuenta pesos de oro. Aquí va ya despachada la concesión del repartimiento de indios. Cincuenta naborias ¡Cáspita! Pues no es mal bocado. Si quieres ser portador de tan buena nueva, acude a mi casa por los títulos, y nos entenderemos, dijo recalcando con intención en las últimas palabras. [31] -Y tú, Francisco, añadió volviéndose al mayordomo; puedes contar ya conque tu ahijado Becerra obtendrá su solicitud en lo del solar; ¿cuánto te ha dado? -Una bicoca, dijo el descarado mayordomo, diez vacas y seis caballos, y una mala cadena de oro. -Y sesenta pesos, concluyó Robledo. Ya ves que no es malo. Y como estos negocillos ocurren a menudo, podrás dotar bien a tu sobrina, la bella Melchora Suárez, camarera de la señora doña Leonor. A propósito, escúchame, Francisco; y llevando aparte al mayordomo, le habló el Secretario de modo que no pudo ser escuchado por lo demás de la servidumbre.- Necesito, dijo, hablar esta noche a tu sobrina. Iré a tu habitación a eso de las siete. -Como mandareis, don Diego, contestó el mayordomo; pero dígoos que toda porfía es excusada. Melchora ha instado en vano y nada, absolutamente nada ha podido obtener. Ha recibido la prohibición más absoluta de hablar del caso. -Dime, Alvarado, contestó el Secretario con trisca, ¿has leído la Mitología? -Un poco, ¿y qué queréis decir? -Quiero decir que recordarás que Júpiter, para introducirse en una torre en que estaba guardada la hermosa Dánae, recurrió al ingenioso arbitrio de convertirse en lluvia de oro. -¿Y bien? -¿Y bien? que si hay en el mundo verdaderas Dánaes, como aquella fingida de los paganos, hay también lluvias de oro que allanen las resistencias. -Dicho esto, el Secretario volvió la espalda al mayordomo y se salió de la antecámara, sin mirar siquiera a la servidumbre, que le abrió paso respetuosamente. -¡Redomado bribón!, dijo uno cuando Robledo hubo desaparecido. -¡Sanguijuela insaciable!, exclamó otro. -¿Sabéis, preguntó el caballerizo, que está vendido al Licenciado de la Cueva, y ha abrazado su partido con alma, vida y corazón? -¿Y qué pretende don Francisco de ese hombre? -¡Toma! ¿No veis que su influencia con el Adelantado y con el Ayuntamiento es grande, y habrá pronto que nombrar Teniente de Gobernador, cuando parta don Pedro a la expedición en busca de las condenadas islas de la Especería? [32] -Además, dijo el paje de cámara, dándose aires de poseedor de secretos que los otros ignoraban; hay otro negocio en que Robledo ayuda a don Francisco, aunque hasta ahora parece que el astuto Secretario ha majado en hierro frío. -Al decir estas palabras, entró en la antecámara don Francisco de la Cueva, y sin hacerse anunciar, pasó al gabinete del Adelantado, por entre el grupo de familiares, que se inclinaron hasta el suelo. -Buenos días, don Pedro, dijo don Francisco. -Guárdeos Dios, don Francisco, contestó don Pedro, tendiendo la mano a su cuñado. Dícenme que vuestra consulta sobre lo del torneo ha sido larga; tan larga, como si hubieseis estado tomando residencia a un buen Gobernador, pues lo que es a los malos, ya se sabe que se les despacha pronto y bien. -Por más que os chanceéis, don Pedro, el negocio ha sido grave y merecía un serio examen. -¡Bah! Una nueva fechoría de Ronquillo no es cosa que deba asombrar a nadie. -La fechoría, don Pedro, dijo en tono grave el Licenciado, es más bien de vuestro amigo, que faltando a las leyes y costumbres de las justas, ha convertido su lanza en un garrote y ha usado de él contra un caballero igual suyo en linaje, tratándolo como a un villano. -¿Y qué os parece, señor protector de truhanes, contestó el Gobernador, del desmán cometido por ese a quien vos llamáis caballero, hiriendo a un paladín a quien se había caído la visera? -¡Oh! replicó don Francisco, muy mal hecho, si hubiese sido intencionadamente; pero eso no puede atribuirse sino a una casualidad. -Llamadlo como queráis, hermano mío. Entre Portocarrero y ese hombre, nadie podrá dudar. Así espero que habréis condenado a Ronquillo, por haber infringido las leyes de la caballería. -No, don Pedro, os engañáis; el Tesorero y yo hemos decidido, de entero acuerdo, que Portocarrero debe dar una satisfacción pública a Ronquillo. El Adelantado se puso pálido al oír aquellas palabras; el asombro y el coraje se pintaron en su semblante. Sus ojos centellantes se fijaron en don Francisco, y con voz entrecortada por la cólera dijo: -¡Por el alma de mi padre que eso no puede ser y [33] no será! Vive Dios que os engañáis en la mitad de la cuenta, Señor Licenciado, si creéis que yo habré de consentir en la humillación del primero de nuestros capitanes. No puede ser, os digo, y no será. Llevaré el asunto y si necesario fuere, ante el Consejo, apelaré al Rey mismo como soberano y como caballero, y no habrá uno solo que se atreva a hacer que se ejecute esa inicua sentencia. -Lo habrá, don Pedro, dijo a la sazón, abriendo la puerta del gabinete y entrando, con paso grave y semblante tranquilo, el mismo Portocarrero, que había podido escuchar las últimas palabras del Adelantado. Lo habrá, y soy yo, que agradeciéndoos en mi alma vuestra hidalga resolución, sé a lo que me obligan las leyes de la caballería y estoy pronto a cumplirlas. Don Francisco, dijo, tendiendo la mano al Licenciado, que la tomó, no sin ruborizarse; creo que habéis juzgado conforme a vuestra conciencia, y conozco mi deber. Una lágrima rodó lentamente por la mejilla de Alvarado, quien después de una corta pausa, abrió los brazos a su amigo, y lo estrechó con efusión contra su pecho. -Habéis vencido, noble Portocarrero, dijo don Pedro; os he admirado grande frente al enemigo, y os admiro más grande aún, cuando vuestro corazón derrama esos tesoros de olvido y de perdón. -El triunfo más difícil, don Pedro, contestó Portocarrero, es el que alcanzamos sobre nosotros mismos; y ese no lo obtiene el hombre, sin un auxilio superior. Don Francisco añadió, volviéndose al Licenciado, de la Cueva, disponed el día, el sitio, la hora y la forma de la satisfacción que debo dar a don Gonzalo. -Todo está ya arreglado, dijo Francisco de la Cueva; en la galería alta de las Casas consistoriales lo reunirá la nobleza, y en presencia de ella y del pueblo, confesaréis vuestra falta y pediréis a Ronquillo que os perdone. -Se hará como decís, contestó Portocarrero, con serenidad. Dicho esto, don Francisco saludó cortés, pero fríamente, y salió del gabinete. -Y bien, Portocarrero, dijo don Pedro, después de un momento de silencio; ¿cómo estáis hoy? -Perfectamente, don Pedro, contestó Portocarrero; la lanza que arrojó Ronquillo, casual o intencionadamente, [34] no me dio de lleno en la cara, por fortuna; causándome tan sólo un ligero rasguño en la frente. -Que me place, dijo don Pedro; no logró ese bellaco su torcida intención, que era sin duda desfiguraros el rostro, lo que habría sido una desgracia para un caballero tan favorito de las damas como vos. Y a propósito, Portocarrero, ¿sabéis que se dice en la ciudad que amáis a doña Leonor, mi hija, y que han atribuido a un afecto particular que ella os profesa, el desmayo que le causó vuestra herida? Portocarrero, quedó aturdido con aquel ataque franco e inesperado. Amaba a la hija de su amigo con una de esas pasiones profundas, silenciosas e inextinguibles de que son capaces únicamente las almas elevadas. Por desgracia, cuando don Pedro conoció y comenzó a amar, que todo fue uno, a doña Leonor, a quien había conocido en México, antes de que la joven viniese por primera vez a Guatemala, el Adelantado tenía contraído un compromiso serio con don Francisco de la Cueva, hermano de doña Francisca, su primera esposa, ofreciéndole la mano de su hija. Muerta doña Francisca en Veracruz, Alvarado volvió a España, y el Comendador mayor de Castilla y Secretario del Rey, don Francisco de los Cobos, protector decidido del Adelantado y por cuya influencia se había enlazado don Pedro con doña Francisca, que pertenecía a la ilustre familia de los duques de Alburquerque, se empeñó en facilitar el matrimonio de Alvarado con la Emperatriz, hermana de su difunta esposa. Verificose aquel enlace, que estrechó aún más los lazos que existían ya entre el Adelantado y don Francisco de la Cueva, hermano de sus dos mujeres. Amaba éste a doña Leonor, habiéndola conocido en la Nueva España, y doña Beatriz protegía decididamente aquella inclinación, considerando el matrimonio de don Francisco con la hija de su marido y de la princesa Jicotencal, tan ventajoso al uno como a la otra. Sin atreverse doña Leonor a resistir abiertamente a la voluntad de su padre y de su madrastra, rehusaba el enlace proyectado, manifestando el deseo de tomar el velo en algún convento de monjas en Castilla. El verdadero motivo, empero, de aquella negativa, era la decidida inclinación que profesaba a Portocarrero, a quien había jurado amor eterno, aunque sin atreverse a declararlo a Alvarado, sabiendo, como sabía, su resolución, y temerosa, por otra parte, de disgustar a la imperiosa y [35] altiva doña Beatriz. Tal era la situación de las cosas, cuando el incidente ocurrido en el torneo fue a descubrir lo que los desgraciados amantes habían logrado mantener oculto. El Adelantado, cuya imaginación estaba en aquella época enteramente ocupada en el grandioso proyecto de la expedición en busca de las islas de la Especería, concertada con el Rey mismo y con el Virrey de México, don Antonio de Mendoza, dio poca atención a aquel suceso, creyendo, equivocadamente, que la inclinación recíproca de su hija y de don Pedro sería un capricho pasajero. En esa persuasión, habló del asunto a Portocarrero en los términos que hemos indicado. ¡Cuál no sería, pues, su asombro y su disgusto, cuando éste, en respuesta a aquella brusca interpelación, le declaró, en tono comedido, pero resuelto, su profunda pasión a doña Leonor! Tenía que decidir entre su palabra empeñada solemnemente, y poderosas consideraciones de familia por una parte, y el afecto casi de hermano que profesaba a Portocarrero, por otra. Para un hombre del carácter de Alvarado, que anteponía a todo las ideas de engrandecimiento personal, y que había sacrificado su inclinación a Cecilia Vázquez, la prima de Hernán Cortés, para casarse con la sobrina del duque de Alburquerque, para dar gusto al Secretario del Rey, no era de esperar quisiese desagradar a su esposa y a su cuñado, por afecto a un amigo. Así recibió la declaración de Portocarrero con visible disgusto y le dijo: -Debéis, considerar, don Pedro, cuanta pena me causa lo que por desgracia viene a revelárseme demasiado tarde. Bien sabéis que mi palabra está empeñada, y no ignoráis las consideraciones que debo guardar al hermano de mi esposa. Doña Leonor obedecerá a mi voluntad, y a vos, amigo mío, el tiempo y las grandes empresas a que os llaman aun el servicio de Dios y del Rey, os harán olvidar ese afecto, al cual, en la situación en que se hallan las cosas, no debéis ya dar pábulo. -Don Pedro, contestó Portocarrero; yo nada os pido, me habéis hecho una pregunta y os he respondido como lo acostumbro, con sinceridad. Si vuestra hija ha de ser esposa de don Francisco de la Cueva, no será en un imposible olvido en donde busque mi alma un lenitivo a su dolor. Vos, haced lo que creáis justo; exigidlo todo de mí; tenéis derecho a ello; todo os lo sacrificaré, menos [36] un amor que nada pretende, a nada aspira y que perdurable en el fondo de mi corazón, jamás saldrá de él para servir de obstáculo al cumplimiento de vuestras promesas y a vuestras consideraciones de familia. Dicho esto, Portocarrero estrechó la mano al Adelantado, y visiblemente conmovido, se salió del gabinete, dejando al Gobernador en la mayor confusión. Después de haber paseado un momento por el gabinete, entregado a sus cavilaciones, don Pedro sacudió con fuerza una campanilla de plata con incrustaciones de oro, que estaba sobre la mesa; presentose el paje de servicio y el Adelantado le provino llamase a Robledo, que trabajaba en otro gabinete. Acudió inmediatamente el Secretario, no con el aire altanero con que lo hemos visto aparecer ante la servidumbre del Gobernador, sino aparentemente humilde y esforzándose por dar a su semblante, habitualmente desagradable y torvo, cierta expresión de franqueza expansiva y de respetuosa jovialidad. Don Pedro, que parecía agitado por violentas emociones, se sentó junto a la mesa, y apoyando en ella los codos, hizo descansar la cabeza sobre sus dos manos. [37] l Capítulo V Mientras el Gobernador repasaba en su imaginación los sucesos de aquellos días y maduraba los vastos proyectos que su espíritu audaz había concebido, y cuya realización aumentaría aún los inmensos dominios del monarca español y la gloria del que llevase a término tan alta empresa, otra escena de muy diferente carácter, aunque no extraña a los acontecimientos que hemos referido en los últimos capítulos, pasaba en otra pieza del Palacio del Adelantado. Doña Leonor, más triste y abatida aun que de ordinario, estaba sentada en un sillón, tapizado de tafetán carmesí, como los demás muebles de la habitación, tan ricamente adornada casi, como podía haberlo estado la de cualquiera noble señora europea. Varios objetos de oro y plata y mosaicos de plumas traídos de México, como también diferentes adornos venidos de Castilla, decoraban el dormitorio de la joven, a quien su padre amaba con idolatría. Alvarado, como la generalidad de los conquistadores españoles, se mostraba, es verdad, ávido de riquezas; pero, como casi todos ellos también, era generoso y espléndido hasta la prodigalidad. Cierto que sus inmediatos servidores no recibían sus salarios, como se lo hemos oído a ellos mismos y lo atestigua el testamento que otorgó, dos años después y muerto ya don Pedro, su fiel amigo y escrupuloso fideicomisario el señor obispo Marroquín, de veneranda memoria; pero aquel descuido en hombres de la clase de Alvarado, era harto común en aquellos tiempos y aun lo ha sido en épocas más recientes, sin que deba considerarse como prueba de ánimo mezquino y de un corazón apocado. Así, don Pedro que no pagaba su servidumbre, derramaba [38] el oro entre sus deudos y entre sus mismos criados; proporcionando a aquellos todas las superfluidades de lujo y a estos cuanto puede tender a que muestre la magnificencia del servidor, la grandeza del amo. Nada faltaba, pues, a la hija de la princesa Jicontecal, de cuanto podía haber satisfecho los caprichos de una joven de diez y ocho años; nada, sino lo que no se compra con el oro, ni puede proporcionar el más afectuoso de los padres: la tranquilidad del corazón. Las seis indias que servían inmediatamente a doña Leonor, esclavas a pesar de las prohibiciones reales, y sus otras criadas españolas, aguardaban en una pieza inmediata las órdenes de señora, que vestida con un ligero traje de muselina blanca, concluía su minucioso tocado, auxiliada del celo inteligente de su camarera Melchora Suárez, la sobrina del mayordomo Francisco de Alvarado. -Te lo he dicho ya, y es inútil repetirlo, decía doña Leonor; por más halagüeña que sea para mí la elección de un caballero como don Francisco, mi resolución es irrevocable. -Pero Señora, contestó respetuosamente la camarera, no podéis persistir en semejante idea. Encerraros en un claustro, a los diez y ocho años, y renunciar al lisonjero porvenir que os aguarda, no puede hacerse sino por motivos muy graves. Reflexionad bien antes de decidiros; pensad, sobre todo, en la pena que eso causaría a vuestro ilustre padre... -Melchora, interrumpió doña Leonor, sabes que amo y respeto a mi padre más que a nadie en este mundo, y no querría, por nada de esta vida, ocasionarle la más ligera desazón. Pero no puedo, no debo dar la mano a un hombre a quien no amo. Mi único anhelo es ser esposa de Jesucristo; y desde el retiro a que me habré consagrado con la plenitud de mi voluntad, rogaré a Dios por el Adelantado y le pediré día y noche favorezca sus empresas y que le haga olvidar a su desventurada hija. -Señora, replicó la camareta, estáis aún muy joven, permitidme os lo diga, para tomar semejante partido; y debierais oír los consejos de vuestra familia, de vuestro padre que tanto os ama y de doña Beatriz, en quien habéis encontrado una segunda madre. La hija del Adelantado guardó un profundo silencio, visto lo cual, prosiguió así la camarera: -Entre los señores que podrían aspirar a vuestra [39] mano, nadie más digno que el hermano político de vuestro padre. Emparentado con una de las más ilustres familias de Castilla, animoso en la guerra y sabio en el consejo, don Francisco de la Cueva está llamado a los más altos empleos en servicio del Rey. Desde luego, se le designa ya como la persona a quién el Adelantado mi señor encomendará el gobierno del reino, cuando se verifique la expedición proyectada. Don Francisco ha desempeñado ya estas funciones a satisfacción de todos. -Sí, dijo doña Leonor; en unión de otro caballero que tiene tantos derechos como él a esa distinción; de don Pedro de Portocarrero. -Verdad es, contestó Melchora; pero ser cierto el rumor que hoy circula en Palacio, el señor de Portocarrero tiene que pasar ahora por una dura prueba, que acaso lo inhabilitará, humillando algún tanto su justa arrogancia. El orgullo y el amor herido acabaron de traicionar el mal guardado secreto de la joven. Con la altivez de una reina, se levantó de su asiento y con voz balbuciente dijo: -¿Humillar dices? ¿Y quién en este mundo es capaz de humillar a Portocarrero? ¿De qué rumor hablas? -Señora, dijo con fingida indiferencia la camarera, es una cosa que no puede interesaros... -Dime inmediatamente lo que hay, interrumpió doña Leonor, quiero y debo saberlo todo. -Pues ya que lo ordenáis, contestó Melchora, os diré que los jueces del torneo han pronunciado su sentencia respecto al incidente ocurrido ayer entre don Pedro y el Veedor Ronquillo... -¿Y bien? -Han condenado al señor de Portocarrero a dar satisfacción pública a don Gonzalo. La orgullosa joven dio un grito de indignación, y saliendo de su cuarto precipitadamente, se lanzó al gabinete del Gobernador. Un momento antes había entrado en el despacho el Secretario Robledo. -Señor, dijo la joven dirigiéndose a su padre, mi camarera acaba de decirme que los jueces del campo han decidido la cuestión suscitada con motivo del incidente ocurrido ayer en el torneo entre don Pedro de Portocarrero y el Veedor Gonzalo Ronquillo. ¿Sabéis cuál ha sido esta decisión? [40] -Sí, hija mía, contestó don Pedro, que se levantó para recibir a doña Leonor, a quien abrazó afectuosamente. Sí, con profunda pena he sabido que los jueces condenan a Portocarrero. -¿Y permitiréis que se ejecute esa sentencia?, preguntó doña Leonor, en cuyas mejillas había sustituido el rojo encendido a la palidez habitual. ¿Se humillará el primero de vuestros capitanes ante un...? -Permitidme, señora, dijo a la sazón Robledo, que aventure mi humilde opinión en este negocio. Los jueces del campo han querido mostrar su imparcialidad, condenando al amigo de Su Señoría y decidiendo en favor del que parece enemigo suyo. -¿Y es esto cuanto tenéis que decir en apoyo de tan inicua sentencia, señor Robledo?; dijo doña Leonor, mirando con arrogante y desdeñosa dignidad al Secretario. Mala prueba dais de la habilidad que generalmente se os reconoce para los negocios. ¿De cuándo acá es un título a la consideración y a la indulgencia de la justicia, el ser enemigo de mi padre? -Señora, replicó Robledo, la diferencia de nuestro modo de ver este asunto, es quizá que yo lo juzgo con la cabeza y vos con el corazón. -Yo no os reconozco el derecho, dijo doña Leonor, de escudriñar el móvil de mis acciones. Os olvidáis de quien soy yo y quien sois vos, y se diría que pretendéis convertiros en mi acusador. Señor, añadió volviéndose al Adelantado, perdonadme y permitid que me retire, había venido a hablaros e ignoraba que estuvieseis ocupado con gente extraña. Dicho esto, doña Leonor besó la mano a don Pedro y se disponía a retirarse, sin dirigir una mirada al Secretario; pero el Gobernador la detuvo y dijo sonriendo: -Comprendo que reclamas lo que crees te pertenece de derecho. Fuiste la Reina del torneo, y cuando menos, debió haberse consultado tu opinión sobre el incidente con que terminó. Vamos a discutir el punto. Robledo, añadió volviéndose al Secretario, ya te llamaré si acaso necesito de tu auxilio en el debate con esta bella argumentadora. -Señor, dijo el Secretario, mi presencia aquí... -Basta. Déjanos; replicó el Adelantado con autoridad y dando a su semblante el aspecto casi feroz que tomaba algunas veces. Robledo hizo una profunda cortesía [41] y se retiró con el corazón henchido de hiel. -Y bien, dijo don Pedro, dulcificando su fisonomía; Robledo ha sido quizá atrevido, pero acertado. No es simplemente el interés de la justicia el que te mueve, Leonor; lo veo, aunque me sea conocida la rectitud de tu carácter. Tu corazón se interesa por Portocarrero más de lo que debiera. Doña Leonor guardó silencio por un momento, y luego, como quien se hace violencia, dijo: -Sí, padre mío, ¿por qué ocultároslo ya? Amo a don Pedro, lo he amado tiempo hace y lo amaré mientras viviere. Jamás mi pobre corazón que ha sufrido en silencio, ha alimentado la esperanza lisonjera de ver satisfecha su única ilusión. Conozco vuestros proyectos, y sin fuerza para secundarlos, he resuelto, como ya os lo he dicho, abrazar el estado religioso. Mi doloroso secreto se habría sepultado conmigo en la soledad del claustro, si no se me obligase hoy a revelaroslo. Porque yo, que todo lo sufro, que nada pido, no puedo sobrellevar la idea de la humillación y el vilipendio del hombre al que amo. Prefiero mil vidas de tormento, a ver por un instante descender un sólo escalón de su elevado pedestal al que es el ídolo de mi alma. No permitáis que los enemigos de Portocarrero, que son también los vuestros, ejecuten sus insidiosos proyectos; evitadle esa mancha y después permitid que ya que vuestra palabra empeñada es un muro entre él y yo, lleve adelante mi resolución. No fue poco lo que se sorprendió, don Pedro al escuchar aquellas palabras, pronunciadas en tono respetuoso, pero firme. Doña Leonor había heredado el carácter incontrastable de su padre; y delicada hasta el último extremo en materia de honor, como debía serlo una dama de aquel siglo caballeresco, no toleraba la idea de que se pretendiese humillar la altivez de su amante. Don Pedro reflexionó un momento, y luego con mucha calma y acento bondadoso, dijo: -Hija mía; yo no puedo aprobar una inclinación que viene a echar abajo proyectos madurados por mi experiencia y por el entrañable afecto que te profeso. Mi hermano político hará tu felicidad; ese enlace, que doña Beatriz y yo hemos tratado, estrechará los lazos de las dos familias; y la nuestra, ilustre por sí, lo será aún más, mediante ese nuevo parentesco con una de las [42] primeras casas de Europa. -Señor, contestó la altiva joven; creo que la nieta de un monarca no necesita de alianzas para elevarse, y que para mi sangre, tanto vale un caballero español de la familia de los duques de Alburquerque, como otra de la de los condes de Medellín. -No he olvidado, Leonor, dijo don Pedro, la altura de tu origen, ni digo que tu linaje pueda ceder a otro alguno. Te hablo del mayor lustre que recibirá mi casa y sobre todo, deseo reflexiones en la posición que me la creado el compromiso contraído con don Francisco. ¿Has visto alguna vez que el astro del día retroceda en su carrera? -¡Jamás! contestó doña Leonor, con acento melancólico. -¡Jamás! repitió don Pedro. Dígote, pues, que antes verías volver atrás a ese astro, con el cual me ha comparado la imaginación de tus compatriotas, que a don Pedro de Alvarado retirar la palabra dada a un caballero. En cuanto a la sentencia de los jueces del campo, añadió, la considero hija mía, injusta, si bien tengo la seguridad de que don Francisco de la Cueva ha procedido conforme a su conciencia. Así lo juzga también él mismo, Portocarrero, y se somete a ella. -¿Portocarrero consiente en dar la satisfacción que se le exige? preguntó la joven, asombrada. -Sí, contestó don Pedro; consiente en darla, y yo no puedo oponerme, una vez que él cree debido acatar la decisión de los jueces. -¡Alma generosa! exclamó doña Leonor. ¿Y queréis que no lo ame, padre mío? ¡Cuánto más grande no es don Pedro, aparentemente vencido, que sus enemigos en su menguado triunfo! Señor: cuanto soy y tengo a vos os lo debo. Vuestra voluntad ha sido y es mi ley. Como siempre obedeceré en todo. Hay, sin embargo, una sola cosa en la cual ni vos ni yo misma podemos mandar. Permitid que vuestra desgraciada hija lleve a cabo su resolución. Si vos habéis dispuesto de mi mano, yo he entregado mi corazón y seré, perdonad que os lo declare, o de Dios, o de él. Dicho esto, la joven tomó la mano al Adelantado y besándola tierna y respetuosamente, salió del gabinete y volvió a su habitación. Don Pedro la siguió con una mirada que expresaba la [43] más profunda simpatía; y después de haber permanecido largo rato pensativo, ordenó al paje de servicio llamase a Robledo. El Adelantado y su Secretario se encerraron para despachar los negocios del gobierno, y doña Leonor hizo llamar a su amiga doña Juana de Artiaga, antigua y única depositaria de aquel secreto, guardado por tanto tiempo y, que a la sazón había dejado de serlo para todas las personas que componían la pequeña corte de los Gobernadores de Guatemala. Veamos lo que pasaba entretanto, en la cámara de la señora Adelantada, donde estaban empeñados en conversación doña Beatriz y el Licenciado de la Cueva. Referiremos fielmente el diálogo de los dos hermanos: -¿Y creéis que se ejecutará esa decisión -preguntaba doña Beatriz-, y que eso facilitará en alguna manera la realización de nuestros proyectos? -En cuanto a la ejecución, hermana mía, contestó don Francisco, no hay en ello la menor duda. Todo está dispuesto para que tenga lugar pasado mañana la reunión de la nobleza en las Casas consistoriales; hemos procurado que el acto tenga grande aparato, a fin de que la humillación del orgulloso Portocarrero sea aún más completa. -¿Y no teméis que él se niegue a dar la satisfacción? -No. Con magnanimidad, aparente sin duda, se ha sometido a la sentencia y ofrece dar la satisfacción, confesando haberse conducido como mal caballero. En cuanto a la influencia que ese incidente deba ejercer en el ánimo de doña Leonor, espero será grande. Es altiva y pundonorosa hasta el extremo, y Portocarrero perderá mucho en su estimación. Por lo demás, pienso que la inclinación que le profesa, no debe ser aún muy profunda, y que vuestro influjo y el respeto de su padre acabarán de decidirla. -Don Francisco, replicó doña Beatriz, no contéis demasiado con lo que el Adelantado y yo podamos hacer. Leonor se ha mostrado hasta hoy rebelde a nuestros consejos, aunque siempre respetuosa. Ella nos había ocultado constantemente ese secreto, que una casualidad ha venido a revelarnos, e insiste en volver a Castilla, para tomar el velo. Es necesario valerse de otros medios. -Varios he tentado, dijo don Francisco. Melchora [44] Suárez, a quien maneja Robledo, trabaja activamente en el ánimo de su señora; pero hasta hoy nada ha obtenido. Esperemos a ver el resultado de la escena de pasado mañana. -No os fiéis mucho de eso, dijo doña Beatriz. Leonor es caprichosa y rara; y no será extraño que en vez de considerar deprimido a Portocarrero, aumente su afecto una persecución que ella cree injusta. Es necesario buscar otro arbitrio para destruir esa inclinación. -Hablaré de esto a Robledo. La imaginación de ese hombre es fecunda para esa clase de expedientes. Todo el secreto estriba en excitarla a fuerza de oro. Voy a aguardar que concluya el despacho y conferenciaré con él. Dicho esto, se levantó don Francisco, y despidiéndose de doña Beatriz, pasó al gabinete en que trabajaba Robledo, y aguardó a que concluyese con el Gobernador. Preocupado don Pedro por sus asuntos de familia, dio aquel día menos atención que la acostumbrada a los negocios del Gobierno; escuchando distraído la lectura de varias cartas y memoriales importantes, que el astuto Secretario sometió a la consideración de su señor, aprovechando la ocasión de obtener con poca dificultad lo que otra vez habría sido objeto de una meditación más detenida. Obtuvo para diversas solicitudes un buen despacho, que sabía iba a ser generosamente retribuido por los interesados; y satisfecho con aquel triunfo, que dulcificaba en parte la amargura del desprecio con que lo había tratado un momento antes la hija del Adelantado, salió del gabinete del Gobernador y se dirigió al suyo, en donde tuvo con don Francisco de la Cueva la conversación de que daremos cuenta a nuestros lectores en el siguiente capítulo. [45] l Capítulo VI Antes de referir la conversación entre el Licenciado, don Francisco de la Cueva, hermano político del Gobernador, y el escribano de cabildo y Secretario privado de don Pedro, Diego Robledo, conviene dar a los lectores una idea más completa de este personaje y de las relaciones que existían entre él y el Licenciado de la Cueva. Como ya lo hemos indicado, Robledo, de simple criado de don Pedro, había ascendido a un puesto importante, obteniendo, a fuerza de astucia, la Confianza del Gobernador y la de los principales miembros del Ayuntamiento. Hábil, con esa especie de habilidad incapaz de elevarse a concepciones grandes, Robledo era un palaciego intrigante, que pensaba más en su propio adelanto, que en el buen servicio del Rey. Pródigo y disipado, cuanto adquiría era poco para satisfacer sus pasiones; insensible y calculador, su voluntad de hierro no retrocedía ante los obstáculos, y sin pretender atacarlos de frente, procuraba llegar a su objeto por caminos indirectos y casi siempre por medios reprobados. Incapaz de comprender la grandeza de ánimo y la generosidad, incurría en la falta, harto común en los hombres de carácter igual al suyo, de juzgar a los demás por su propio corazón, suponiendo que todo podía obtenerse por medio del oro. Figurando en un tiempo en que la humildad del origen era una falta y viviendo enmedio de hidalgos orgullosos, el menosprecio, más o menos disimulado, de estos, hería su amor propio y había petrificado en su corazón la hiel de la envidia y del odio hacia todo lo que le era superior por el nacimiento, por el valor, por la riqueza y por la posición social. [46] Una de las personas que por su mérito se habían captado el odio de Robledo, era don Pedro de Portocarrero, viendo el maligno Secretario con celosa emulación equilibrada su influencia por la amistad casi fraternal con que Alvarado distinguía a aquel caballero. Así, aunque procurando disfrazar su encono, trabajaba constantemente en el ánimo de su señor para desconceptuar al que era objeto de su saña. Vendido desde algún tiempo a don Francisco de la Cueva, que consideró oportuno aprovechar la influencia del Secretario, disimulando el desprecio que le inspiraba, Robledo era recompensado generosamente por el hermano político del Gobernador a quien ayudaba cuando podía en todos sus planes. Dos eran los que de preferencia ocupaban a la sazón el espíritu de don Francisco; el de ser nombrado Teniente de Gobernador, cuando el Adelantado marchase a la expedición que traía entre manos y el de su matrimonio con doña Leonor. En uno y otro servía Robledo con empeñoso afán al ambicioso y enamorado hidalgo; aunque como ya hemos visto con ningún éxito respecto al segundo. Con el oro de don Francisco, había ganado el Secretario una gran parte de la servidumbre de la hija del Gobernador, consecuente en su sistema de que por aquel medio podía obtenerse todo. Cuando Robledo entró en su gabinete donde lo aguardaba el Licenciado de la Cueva, el mañoso Secretario estaba no poco chasqueado, al ver que sus manejos escollaban en la firme decisión de doña Leonor. Después de haber saludado a Francisco, dijo: -Parece cosa del diablo, señor Licenciado, que cuanto más empeño se pone, tanto más se dificulta y aleja la consecución de vuestros deseos. Por lo que hace a la Tenencia, veo alargarse los preparativos de la marcha más de lo que yo imaginaba, y creo pasará algún tiempo antes de que estén concluidos. En cuanto al otro asunto, mis trabajos más asiduos han escollado hasta ahora en la decisión de doña Leonor, que parece ha concebido una pasión algo sería por Portocarrero. He ganado toda la servidumbre de esa señora y nada adelantamos. Veo será preciso apelar a otros recursos. Pero para todo se necesita dinero. -Bien, Robledo, contestó don Francisco con mal humor; dinero y más dinero. Tendrás cuanto quieras; pero es necesario vencer los obstáculos y encontrar algún medio de destruir la inclinación que yo supongo menos arraigada [47] de lo que a ti te parece. ¿Qué dice Melchora Suárez? -Señor, la camarera nada ha adelantado, y según acaba de decirme, unas pocas palabras que aventuró contra Portocarrero, sirvieron únicamente para irritar a su señora y provocaron una escena, de que yo mismo he sido testigo y víctima, en parte. Pero ya sabéis, don Francisco, que no hay nada que yo no haga en vuestro servicio. -Sí, con tal de que te siga pagando como hasta ahora; dijo para sí el Licenciado, y luego contestó: -Gracias, Robledo; estoy plenamente satisfecho de tu celo, por más que el resultado no haya coronado aún mis deseos. Es necesario que continúes sin descanso, y que no pares, hasta obtener lo que anhelo ardientemente y que asegurará tu fortuna. -Señor, dijo el Secretario; eso es lo menos para mí, que estoy bastante pagado con el gusto de serviros. ¿Y sabéis que hace un momento me ha ocurrido una idea que pienso será de seguro resultado? -Di; ¿cuál es? -¿Conocéis, por ventura, a Agustina Córdova, la viuda del Capitán Francisco Cava? -Sí, por cierto, ¿Y bien? -¿Ignoráis, acaso, las relaciones, un tanto escandalosas, que tuvo con Portocarrero? -Algo he oído de eso. Sé que hará cosa de cinco o seis años, esa mujer, que no ha gozado en la ciudad de buena reputación, fue acusada por su propio marido, y creo recordar que andaba mezclado en el asunto el nombre de don Pedro de Portocarrero. -Es así efectivamente, dijo Robledo. El Capitán entabló proceso a su mujer; pero no pudo probarse que don Pedro hubiese tenido relaciones con ella después de casada, aunque sí consta las tuvo siendo soltera. -Pues si no hay más que eso, contestó don Francisco, creo que poco adelantaremos. Doña Leonor no puede ser demasiado severa por un galanteo que tuvo lugar antes de que Portocarrero la conociese. -Ciertamente que no; pero bien sabéis que un proceso archivado da mucho de sí, y que, puesto en manos hábiles, puede aumentar o disminuir como se quiera. -A la verdad, dijo el Licenciado, que no alcanzo lo que quieres decir. -¿Que no lo alcanzáis? Pues nada más claro. Suprimiendo [48] algunas declaraciones y añadiendo otras, está hecho todo. -La honradez natural del caballero se rebeló contra tan inicuo proyecto, y después de haber contemplado un momento a Robledo, que resistió impávido aquella mirada, dijo: -No, ¡vive Dios! No se dirá jamas que un hombre de mi calidad ha recurrido contra un caballero a tan indigna trampa. ¿No tenéis otro medio que proponerme?, añadió, levantándose para marcharse. Ninguno, dijo el escribano del Cabildo. O hacemos aparecer a Portocarrero en relaciones adúlteras con esa mujer, en la época en que conocía y amaba a doña Leonor, o renunciad, don Francisco, a vuestras pretensiones. -Pues a ese precio, renunciaría a la mano de una hija del Rey de España, dijo con severidad el Licenciado; os prohíbo expresamente añadió, volver a hablarme de semejante proyecto; y salió del gabinete sin despedirse del Secretario. -¡Necio! exclamó Robledo luego que estuvo solo. Será preciso hacerle el bien a su pesar; ya que mi propio interés y mi encono están íntimamente ligados con sus proyectos. Dicho esto, sacó un legajo que tenía oculto en un secreto de su papelera y se puso a recorrerlo muy despacio, tomando apuntamientos a medida que iba repasando las fojas. Concluido aquel minucioso examen, el Secretario dejó la pluma y apoyando la cabeza en ambas manos, quedose profundamente pensativo, como quien busca los medios de combinar bien sus proyectos. Dos ligeros golpes dados fin la puerta del gabinete, sacaron de su distracción a Robledo, que dijo: «adelante» después de haber colocado de nuevo el legajo en su escondrijo. Apareció inmediatamente el mayordomo Francisco de Alvarado, quien, como ha podido advertirse, hacía cuanto estaba a su alcance por favorecer los planes del Secretario, usando de la influencia que lo proporcionaba su empleo en Palacio y el de camarera de doña Leonor, que desempeñaba su sobrina, Melchora Suárez. No bien hubo entrado el mayordomo, díjole el Secretario: -Y bien, Francisco, parece que tu sobrina tiene la poca gracia de echar a perder todo aquello que se encomienda a su discreción. Debo advertirte que el Licenciado [49] de la Cueva, que acaba de salir de aquí, se manifiesta altamente disgustado de ti y de ella y me ha anunciado su resolución de no dar un escudo más a los que tan mal sirven sus intereses. -Señor don Diego, contestó el mayordomo, el señor de la Cueva nos juzga con injusticia. Nuestro celo ha ido hasta donde podía ir el del más adicto de los servidores; pero vos conocéis el carácter resuelto de doña Leonor, y no ignoráis que el verdadero motivo de su negativa a acceder a las pretensiones del hermano político de su padre, consiste en la profunda pasión que ella ha concebido por don Pedro de Portocarrero. -¡Buena excusa por cierto!, replicó Robledo. ¿Tan escasa de recursos es tu sobrina, que no encuentra alguna inclinación en el ánimo de su señora? Triunfar cuando no hay obstáculos, es cosa que hace cualquiera, Francisco. Dígote una vez por todas, que el dinero de un hidalgo como el Licenciado de la Cueva no se gana por no hacer nada. Él ha depositado su confianza en mí y debo ver por sus intereses como por los míos. Que tu sobrina busque los medios de hacer olvidar a Portocarrero, o por quien soy, que no volvéis a ver un maravedí más. Después de haber lanzado aquella amenaza, que el Secretario sabía perfectamente había de hacer profunda impresión en el ánimo del codicioso mayordomo, Robledo, que le dio tiempo a que meditase sus palabras, agregó: -Tú debes conocer a una viuda llamada Agustina Córdova. -Ciertamente que la conozco, dijo Alvarado; como que fui amigo de su difunto marido, el capitán Francisco Cava, que por más señas, murió de un modo bastante extraño. -¿Y tienes noticia del proceso que él entabló por la mala conducta de su esposa? -Sí, recuerdo haber oído hablar de eso, y también que no pudo probarse que don Pedro de Portocarrero hubiese tenido relaciones con Agustina, después de su matrimonio. -En eso puedes estar equivocado, contestó Robledo; pues hay declaraciones que comprometen gravemente a don Pedro. Por interposición del Adelantado, se echó tierra al asunto, como suele decirse, pero la causa que [50] yo he tenido en mis manos, prueba la culpabilidad de Portocarrero. Un rayo de alegría iluminó el semblante del interesado mayordomo, que comprendió desde luego todo el partido que aquel asunto, bien manejado, podía suministrar a su sobrina. -Si tal hay, dijo, las cosas pueden encaminarse a un desenlace a medida de nuestros deseos. Esta misma noche hablará de eso Melchora a doña Leonor. -Poco a poco, señor mío, dijo Robledo. Eso no se maneja como tienes tú costumbre de manejar la hacienda de tu amo; es decir, sin escrúpulo ni cuidado alguno. Yo te avisaré cuando sea ocasión de que tu sobrina hable de este asunto a doña Leonor. Entretanto, es necesario que vayas a casa de esa viuda y le digas que el Secretario del Gobernador le pide una secreta entrevista, para tratar un negocio grave. -Vuestros deseos serán cumplidos, respondió el mayordomo, y no dudo que Agustina tendrá a mucha honra el recibir a una persona de vuestras circunstancias. -Bien, dijo Robledo; despacha este encargo y no olvides que la menor indiscreción puede costarte muy cara. -Contad, como siempre, con mi celo y con mi reserva, dijo el mayordomo, y se retiró, yendo inmediatamente a casa de la viuda del Capitán Francisco Cava. Debemos dar a conocer a nuestros lectores este nuevo personaje que va a figurar en nuestra historia. Agustina Córdova era una moza, que bajo el garbo y la gracia ligera, tan común en las mujeres que han nacido en la risueña Andalucía, ocultaba los instintos feroces de una habitante de los desiertos de África. Había venido a las Indias muy joven, y dejado, en México, en donde residió algún tiempo, una reputación muy poco envidiable. Siguiendo sus propensiones aventureras, pasó después de la Nueva España a Guatemala, y continuó llevando una vida escandalosa. Varios caballeros conquistadores quedaron cautivos de los encantos de aquella peligrosa y pérfida Sirena, que jugaba con las pasiones de los hombres, como el irritado mar, con las frágiles carabelas que imprudentes se arrojan a las aguas durante un temporal. Había causado la desgracia de más de uno de los incautos adoradores, a quienes hizo sufrir los tormentos de los celos, y a quienes abrumó con desdenes, después de haber alimentado sus amorosas esperanzas. [51] Un día de tantos, quiso la casualidad, o la mala estrella de aquella mujer, que encontrase en su camino al hermoso y valiente Portocarrero; y la que hasta entonces se había burlado de tantos galanes, vino a quedar rendida ante la varonil energía del célebre capitán. Agustina olvidó a sus otros adoradores, y no pensó ya sino en conservar el afecto de don Pedro. Este, sin embargo no podía sentir verdadero amor por quien no merecía su estimación, y muy pronto comenzó a cansarse de aquellas relaciones. Hizo un viaje a México, y conoció a la hija de su amigo el Adelantado, lo cual acabó de arrojar su alma la inclinación poco noble que tenía Agustina Córdova. Cuando volvió a Guatemala, Portocarrero apareció completamente cambiado. No era ya el joven atrevido, ligero y galante, cuyo nombre andaba siempre mezclado en aventuras escandalosas; grave, circunspecto y dominado exclusivamente por la casta inclinación que había concebido y que guardaba como un tesoro en el fondo de su alma, no volvió a presentarse jamás en casa de su antigua querida. Para esta, como para todos, fue un misterio el origen de la mudanza de don Pedro: puso en juego cuantos ardides son imaginables para volver a atraer a sus redes al caballero; pero todo fue en vano; Portocarrero había dado entrada en su alma a un amor que excluía hasta la más remota posibilidad de cualquier bastarda afección. Rechazó, pues, las importunas solicitudes de Agustina, que desesperada, entregó su mano al Capitán Francisco Cava, uno de sus más constantes y antes desdeñados adoradores. Llevada por su perversa índole, continuó en su vida licenciosa, y el pobre Capitán, cansado al fin, se resolvió a acusarla. No faltaron personas malintencionadas que intentaron complicar en aquellos escandalosos procesos a Portocarrero, pretendiendo que había repetido sus visitas a Agustina, después de casada, pero la verdad pudo más que la malicia, y nada se probó contra don Pedro. Pendiente aún el proceso, murió Cava, de un modo bastante sospechoso, y el asunto quedó olvidado. Agustina no perdía de vista a Portocarrero; su pasión parecía aumentar en proporción de la indiferencia y la frialdad de don Pedro, a quien había llegado a hacerse odioso el nombre de aquella mujer. Tal era la situación de las cosas cuando el diabólico Secretario Robledo concibió el proyecto de presentar [52] a Portocarrero ante doña Leonor, como reo de infidelidad, cometida con una mujer casada, de malísima reputación y de carácter despreciable. No ignoraba la herida mortal que aquel dardo, astutamente asestado, debía causar en el corazón de la orgullosa y apasionada hija del Adelantado, y con el objeto de llevar a cabo sus planes, había comenzado a urdir la indigna trama, como ya hemos podido advertirlo por su conversación con don Francisco de la Cueva y con el mayordomo del Gobernador. Robledo consideró que conduciría a su propósito una conversación con Agustina, a quien no conocía personalmente, pues vivía muy retirada, después de la muerte de su marido. El Secretario quedó, pues, aguardando con impaciencia que le avisase el mayordomo, para pasar a casa de Agustina; esperando con plena confianza, hallar en ella un activo y celoso auxiliar para la realización de sus miras. Veremos más adelante cuál fue el resultado de aquella entrevista y el nuevo giro que ella dio a los sucesos que prestan asunto a esta narración. [53] l Capítulo VII Con impaciente curiosidad aguardaba el desocupado vecindario la llegada del día señalado para que tuviese lugar la pública satisfacción que debía dar el Portocarrero al astuto y maligno Veedor Gonzalo Ronquillo. Ignorando el pueblo la resolución de don Pedro, creía que este apelaría al juicio de Dios conforme a las antiguas costumbres, y que un duelo a muerte, en que llevaría el Veedor la peor parte, vendría a poner en claro la inocencia del valeroso Capitán. El 7 de Octubre desde muy temprano se agolpaba la multitud en la plaza, frente a las galerías de las Casas consistoriales, punto señalado para la ceremonia a fin de que la nobleza y el pueblo pudiesen presenciarla con entera comodidad. A eso de las nueve, comenzaron a llegar los capitulares y otros caballeros, el Prelado y su clero, el Juez de residencia y por último el Gobernador, seguido de su servidumbre. Los jueces del campo tomaron asiento a la derecha del Adelantado. Gonzalo Ronquillo, lleno de impaciencia, había llegado uno de los primeros y dejaba ver en su semblante el gozo que rebosaba en su corazón, por el triunfo que iba a alcanzar, en aquella solemne ceremonia, sobre el que era objeto de su inextinguible saña. Portocarrero, por su parte, no había sido menos puntual. Su hermosa cabeza, profusamente cubierta de largos cabellos negros, descollaba en un grupo de caballeros, sin que pudiese descubrirse en su frente serena, en la expresión tranquila de su mirada ni en la naturalidad de sus movimientos, la más ligera señal de impaciencia o de despecho. El alma de aquel hombre vivía en una esfera a donde no podían alcanzar las mezquinas pasiones que agitaban a [54] sus envidiosos adversarios. Llegó por fin el momento esperado con tanta impaciencia por nobles y plebeyos. Colocáronse los asistentes en sus respectivos puestos, y en medio del más profundo silencio, don Francisco de la Cueva leyó en voz clara y firme la sentencia que condenaba a don Pedro de Portocarrero, por haber faltado a las leyes de caballería en el torneo. Enseguida el Veedor Ronquillo y el mismo Portocarrero hacia el centro del semicírculo que formaban los asistentes al acto; y el Licenciado de la Cueva entregó a don Pedro un papel en que estaba escrita la fórmula de la satisfacción que debía dar al Veedor. Cuando Portocarrero iba a principiar la lectura de aquel documento, se oyó, con sorpresa general, una voz que salía del grupo que formaba la servidumbre del Gobernador, colocada detrás del sillón que este ocupaba. -¡Justicia, en nombre del Rey!; exclamó aquella voz, e inmediatamente el anciano Pedro Rodríguez se adelantó resueltamente, y colocándose en medio del semicírculo, antes de que los presentes pudiesen volver de su asombro, añadió: -¡Justicia! La sentencia que acabáis de oír, caballeros, no puede ni debe ejecutarse. Está pronunciada sobre un supuesto falso. Don Francisco de la Cueva quiso imponer silencio al criado del Gobernador; pero Alvarado, que conocía la lealtad y el recto juicio de Rodríguez, comprendió desde luego que no sin un motivo harto grave, se había atrevido a interrumpir la ceremonia. Tomó pues, la palabra y dijo: -Permitan Vuestras Mercedes a este anciano, que exponga sus razones con toda libertad. He dejado obrar a los jueces del campo como lo han creído conveniente; mas yo faltaría a mis deberes, si no interpusiese mi autoridad, cuando se nos anuncia la revelación de algún hecho muy grave sin duda, y en el cual acaso esté interesado el servicio de Dios y del Rey. Pedro Rodríguez, añadió volviéndose al criado, habla; pero no olvides la responsabilidad que contraes, si aventuras una acusación que no puedas probar. El Juez Alonso de Maldonado, el señor obispo Marroquín y otros de los presentes apoyaron la indicación del Gobernador; y aunque el Tesorero Castellanos aventuró unas pocas observaciones, no se atrevió a insistir, advirtiendo [55] la decisión de la generalidad a escuchar lo que el anciano tenía que exponer. Por lo demás, tanto el Tesorero como el Veedor Ronquillo, estaban lejos de sospechar lo que iba a decir Pedro Rodríguez. -La sentencia de los jueces del campo, dijo este, en tono firme y grave, no puede ni debe ejecutarse. Se ha pronunciado sobre el falso supuesto de haber sido casual la caída de la visera del señor de Portocarrero y la herida que este caballero recibió. Yo os digo, señores, que el incidente que dejó descubierto el rostro del campeón, fue efecto de un maleficio y la herida, hecho criminal y premeditado. Acuso formalmente a don Gonzalo Ronquillo aquí presente, de ese maleficio y de haber faltado a las leyes de la caballería, hiriendo al paladín, después de haber caído la visera del yelmo. El asombro se pintó en los semblantes de los concurrentes. La acusación era harto grave y nada extraña en una época en que la creencia en hechicerías estaba demasiado arraigada, aun entre las personas de calidad. Ronquillo se puso pálido al escuchar aquellas palabras y el Tesorero real se mostró también visiblemente azorado. -Hace cuatro noches, prosiguió Rodríguez, sin desconcertarse, dos hombres embozados se dirigieron con cautela a la Catedral y lograron penetrar hasta la capilla de la Vera-Cruz, en donde, como sabéis, estaban depositadas las armas de los que debían justar al siguiente día. Detuviéronse delante de una armadura azul, en cuyo escudo estaba pintada una rosa iluminada por el sol y en torno de la cual revoloteaba una abeja. Uno de los hombres se acercó a aquellas armas, mientras el otro conversaba con el único testigo de aquella escena misteriosa. Lo que aquel hombre hizo en el yelmo, yo, señores, no sabré decíroslo. Sé que los dos embozados salieron inmediatamente de la iglesia y recomendaron el más profundo secreto al que les había proporcionado acercarse a las armas. -¿Y podréis decir, preguntó el Adelantado, el nombre de esas dos personas? -Sí, contestó Rodríguez; esos hombres eran el Veedor Gonzalo Ronquillo y el Tesorero Francisco de Castellanos. Un sordo rumor se levantó entre los asistentes, cuyas miradas se dirigieron a los dos sujetos designados por Rodríguez. Castellanos, dominando cuanto le era dable [56] su inquietud y desazón, dijo: -Una acusación semejante no puede hacerse sin pruebas concluyentes. Yo espero, señores, que vosotros desecharéis con desprecio y que ninguno de los presentes dará crédito al testimonio aislado de un lacayo atrevido. -Mi palabra, contestó el anciano con dignidad, vale tanto como la de un hidalgo, sea cual fuere mi condición. La mentira no ha manchado jamás mis labios; y en apoyo de mi acusación, pido se oiga, bajo la religión del juramento, al sacristán Andrés Reynosa. Dispúsose llamar inmediatamente a este individuo; y habiéndose presentado y tomádosele declaración en el acto, no pudo negar lo que había confesado ya al astuto Rodríguez. Habiendo visto éste, como dijimos a su tiempo, entrar en la Catedral a Castellanos y a Ronquillo, y oído sus últimas palabras, entró en sospecha, avocose con el sacristán y haciendo uso con maña de lo que sabía, logró que lo impusiese perfectamente de lo que ignoraba. La acusación de sortilegio contra Gonzalo Ronquillo y la de complicidad contra Castellanos, quedó, pues, formalmente entablada, encargándose la autoridad eclesiástica del proceso. La reunión se disolvió, y Portocarrero, que durante aquella escena había permanecido con la cabeza inclinada, para no acabar de confundir a sus enemigos, se retiró pensativo y silencioso, abriéndole paso la multitud, con ese respeto que inspira siempre al pueblo la superioridad moral. Durante el día no se habló de otra cosa en la ciudad que del suceso inesperado que había interrumpido la ceremonia que iba a tener lugar en el Ayuntamiento. Los enemigos de Portocarrero, llenos de despecho, protestaban la inocencia de los acusados y suponían había sido preparada la escena de antemano por el Adelantado mismo, sin cuyo beneplácito, decían, no se habría atrevido Rodríguez a acusar de hechicería a dos sujetos tan principales, como lo eran el Tesorero del Rey y el Veedor Ronquillo. El Licenciado de la Cueva, aunque contrariado en sus planes, guardaba silencio y no parecía abrigar sospechas de la conducta de su hermano político. Doña Leonor, instruida de lo que había sucedido por uno de los pajes de su servidumbre, que fue al Ayuntamiento con el objeto de darle cuenta de lo que ocurriese, llamó inmediatamente a doña Juana de [57] Artiaga y arrojándose en sus brazos, le refirió, con la más viva alegría, el desenlace inesperado de aquella astuta intriga tramada contra su amante. Las dos damas creyeron, sin la menor vacilación, el dicho del viejo Rodríguez y conferenciaron largamente sobre los medios que podrían adoptar para preservar a Portocarrero de un nuevo maleficio. Poseía doña Leonor un Agnus Dei, encerrado en un hermoso relicario de oro, pendiente de una cadena del mismo metal, bendito por el Pontífice Paulo III, regalo del señor obispo Marroquín, y que tenía grabada la siguiente inscripción: EPPVS, CUACTEM, abreviatura de las dos palabras latinas Episcopus Cuactemalensis, con las cuales firmaba el venerable fundador de la iglesia de Guatemala. Atribuíase a aquella santa reliquia la milagrosa virtud, entre otras, de preservar al que la llevase de cualquier hechizo o maleficio, motivo por el cual, así como ser presente del ilustre Prelado, la guardaba la joven con la mayor veneración, sin desprenderla de su cuello ni de día ni de noche. Convínose por las dos amigas en que aquella santa reliquia sería remitida a Portocarrero, dando de esa manera doña Leonor a su amante una prueba del entrañable afecto que le profesaba. La joven imprimió sus labios en el Agnus, y lo guardó cuidadosamente en una cajita de ébano, con un papel que contenía estas pocas palabras: conservadlo siempre en memoria mía. El paje que había sido encargado de ir a las Casas consistoriales, lo fue también para poner aquella caja en manos de don Pedro, quien la recibió transportado de júbilo. Colocó inmediatamente el relicario sobre su corazón e hizo el firme propósito de no separarse de él mientras viviese. Dejemos al enamorado Portocarrero entregado a la alegría que le causó aquel presente de la hija del Adelantado y permítanos el lector lo conduzcamos a presenciar una escena de muy diverso carácter, si bien ligada íntimamente con los sucesos que venimos refiriendo. A las nueve de la noche, dos hombres embozados hasta los ojos, se acercaban a la puerta de una casa de pobre apariencia, situada a la espalda de la iglesia de San Francisco, iglesia que se conserva hasta hoy, sirviendo de parroquia al pueblo de Ciudad-vieja. Llamaron a la puerta con cautela y se presentó una anciana, que habiendo reconocido a uno de los dos sujetos, [58] les dio entrada, precediéndolos con un candil por el oscuro y estrecho zaguán que conducía al interior. Entraron en una sala, en la que se advertía cierto lujo, siendo los muebles ricos, aunque antiguos. La anciana dijo que avisaría a su señora, y desapareció, dejando solos a los dos caballeros, que tales parecían por sus trajes. A poco rato, abriose una puerta que conducía a una pieza interior y salió una mujer, que representaba treinta años de edad. Su estatura era un poco más que mediana; su cabeza, profusamente cubierta de cabellos negros; los ojos de igual color, regularmente apacibles, se iluminaban de vez en cuando con un brillo que tenía algo de salvaje; la nariz era recta y bien dibujada, y la boca, un poco grande, dejaba ver dos hileras de menudas perlas, al entreabrirse los labios de coral. Si los ojos de aquella mujer imponían miedo, su sonrisa, graciosa y atractiva, contrastaba con la expresión cuasi amenazadora de su mirada. Vestía un traje muy sencillo de tela de seda oscura, color que parecía haber sido elegido expresamente para hacer resaltar la blancura de la tez de aquella mujer, realmente encantadora. Nuestros lectores habrán sospechado sin duda, que esa dama no era otra que la viuda del desgraciado Capitán Francisco Cava. Era así en efecto. Agustina se adelantó para saludar con gravedad y cortesanía al mayordomo y al Secretario del Gobernador, quien, como hemos dicho, no conocía a aquella señora y quedó visiblemente sorprendido de su hermosura. -Veo que la fama no ha exagerado, dijo Robledo, esforzándose en mostrarse galante, cuando ha pregonado vuestra gentileza y declarado que sois la más bella de las españolas que han venido hasta ahora a las Indias. -Don Diego, contestó Agustina con desembarazo; eso no ha podido decirse nunca con justicia, y menos aún de un mes a esta parte. ¿Quién puede hablar de hermosura donde están doña Beatriz de la Cueva, la hija del Adelantado y las señoras que las acompañan? El Secretario era demasiado astuto para no aprovechar la oportunidad que le ofrecía aquella respuesta, para encaminar la conversación al terreno en que deseaba colocarla. Así, respondió con aparente candor: -En cuanto a doña Beatriz, no diré yo que no sea muy gallarda señora; pero por lo que hace a la hija del Adelantado, las opiniones son harto diferentes. [59] -Pero ¿quién puede negar, replicó Agustina, lo que basta tener ojos para verlo? Yo he conocido a doña Leonor en México y la vi después aquí, antes de que acompañase al Gobernador en su último viaje, y aunque no la he visto desde su llegada, pues vivo en absoluto retiro, el tiempo que ha pasado es demasiado corto para que haya causado una alteración notable en el semblante de una persona tan joven. -Pues ahí tenéis, dijo Robledo, en el poco tiempo que ha transcurrido desde que visteis a doña Leonor, ha cambiado notablemente. Sufrimientos morales que hasta ahora poco eran un misterio para todo el mundo y que una casualidad ha venido a revelar, han ajado la belleza de la hija del Adelantado, que tal vez no es hoy una sombra de lo que fue. -Perdonad mi curiosidad, contestó Agustina. Es una de las debilidades de nuestro sexo; ignoro completamente lo que pasa y me holgaría de saberlo. No deseaba otra cosa Robledo. Así, refirió punto por punto, y en todos sus detalles, la escena del torneo y la conversación entre el Adelantado y doña Leonor, de que había sido testigo, y en la cual la joven dejó ver su decidida inclinación a Portocarrero. El Secretario cuidó de agregar que esas relaciones eran ya antiguas, como que habían comenzado cuando Portocarrero conoció en México a doña Leonor. Aquello fue una completa revelación para Agustina, que encontró la clavo del enigma del repentino desvío de su antiguo amante. Herida en lo más vivo, hizo, sin embargo, cuanto le fue posible, por disimular su enojo, y cuando Robledo hubo terminado su relación, dijo con fingida indiferencia: -No hay duda, señor don Diego, que la historia que me referís pudiera, por lo peregrino, figurar en un libro de caballerías. Y a todo esto, ¿qué dice don Francisco de la Cueva?; pues he oído que doña Leonor le había sido prometida en matrimonio por el Adelantado. -Es así, en efecto, contestó Robledo. Don Francisco creía poder contar con la mano de la hija de su cuñado; y no es poco lo que se ha sorprendido e indignado, al saber la mala pasada que se le jugaba. El Licenciado es orgulloso y está pronto a gastar toda su fortuna, si necesario fuere, con tal de romper las relaciones de Portocarerro y doña Leonor y salirse con la suya. [60] Agustina permaneció pensativa un breve rato, y luego dijo: -Eso tal vez sería difícil. Doña Leonor es de un carácter decidido y firme y no hay que contar con que cambie de resolución. -Todo eso es verdad, dijo Robledo; pero también es orgullosa y altiva, y no sería imposible encontrar algún medio de herir su amor propio y hacer que se cambiara en odio o en desprecio el afecto que hoy profesa a Portocarrero. Agustina guardó silencio de nuevo y permaneció un momento con la vista fija en el suelo, con una mirada que podía compararse a la de la serpiente cuando fascina a la tímida liebre que va a ser su víctima. -Bien, dijo, como hablando consigo misma; veremos si ese amor es tan poderoso para la lucha, como ha sido astuto para ocultarse; y luego, volviéndose a Robledo, añadió: -Espero nos veremos frecuentemente y que cuidaréis de darme noticias del progreso de la interesante aventura que me habéis referido. -Aprovecharé con gusto el permiso que me dais para que repita mis visitas, contestó Robledo, levantándose para marcharse, lo que hizo también por su parte el mayordomo; y saludando cortésmente a Agustina, se retiraron. -La viuda quedó en una inquietud extraordinaria; su respiración precipitada indicaba la violencia con que latía su corazón, fuertemente agitado. Revolvía en su cabeza los proyectos más extravagantes, sucediéndose las ideas unas a otras en su cerebro, como las olas en el mar embravecido. Media hora había pasado en aquella situación, cuando se oyeron los pasos lentos y pausados de un caballo, que se acercaba muy despacio a la puerta de la calle. Resonaron dos recios aldabonazos, y dijo Agustina con mal humor: «Él es». La vieja sirviente abrió la puerta; y a poco entró en la sala, sin ceremonia, un hombre vestido de viaje, y que parecía bastante fatigado. [61] l Capítulo VIII El hombre que acababa de entrar en la sala de Agustina, podría tener unos cuarenta años, aunque su rostro surcado por las arrugas, su cabello y barba encanecidos y su cuerpo ligeramente agobiado, revelaban una vejez prematura, resultado quizá de una vida agitada. Cualquier observador medianamente sagaz, habría adivinado, por el traje y el aire de aquel individuo, que no pertenecía a la clase militar. Vestía un sayo de gamuza, calzones anchos y botas de la misma piel, y al entrar, había arrojado sobre un mueble un sombrero grande y maltratado, sin plumas ni otro adorno alguno. No traía espada, sin embargo de que parecía venir de un largo viaje, y el único objeto por el cual mostraba una atención especial, era una bolsa o saco de cuero, que llevaba a la espalda, pendiente de unas correas, y que colocó cuidadosamente en una mesa. La mirada penetrante del recién llegado se fijó en Agustina, cuya agitación febril advirtió inmediatamente, y acercándose a ella sin saludarla, le tomó el pulso; con el desembarazo de un médico de profesión. -¿Qué ha ocurrido aquí de extraordinario? preguntó; ¿ha venido alguien durante mi ausencia? La viuda no contestó una palabra a aquellas preguntas y continuó entregada a sus cavilaciones; sin hacer, aparentemente, el menor caso del sujeto que acababa de interrogarla. Éste se echó en un sillón frente al que ocupaba Agustina, extendiendo las piernas como para descansar y apoyando la cabeza en el respaldo. -¿Sabéis, don Juan, dijo la viuda, que el Adelantado está en la ciudad? [62] -Sí, contestó el individuo, bostezando; me lo han dicho en un pueblo de las inmediaciones. -¿Sabréis también que ha venido con él doña Leonor su hija? -Es natural, contestó el otro, acompañando aquellas dos palabras con otro bostezo. Pero lo que no es natural, dijo Agustina, y os sorprenderá sin duda, es que la hija del Adelantado está locamente enamorada de... -Sí, interrumpió don Juan, del Licenciado de la Cueva, ¿y qué? -No me interrumpáis, ¡vive Dios!, dijo Agustina, o no concluiremos jamás. Doña Leonor ama a Portocarrero. -¡A Portocarrero!, exclamó el otro asombrado. Es raro; y luego añadió: ahora ya comprendo por qué estáis esta noche con calentura. Os suministraré el zumo de una preciosa yerba que he encontrado y os pondrá buena inmediatamente. -No me habléis de vuestros bebistrajos, que los detesto; no sirven para nada. Herido en su amor propio el interlocutor de la viuda, se medio levantó del sillón, y dijo con impaciencia: -¡Mis bebistrajos no sirven para nada! ¡Y sois vos la que así habla! Vamos Agustina, que sois ingrata o desmemoriada. Ninguno mejor que la viuda del Capitán Cava puede dar fe de la virtud de las medicinas del médico herbolario Juan de Peraza. Al escuchar aquellas palabras, cuyo oculto sentido no era sin duda un enigma para Agustina, esta perdió el color y cubriéndose el rostro con ambas manos, dijo en voz ahogada: -¡Oh! para eso no niego la eficacia de vuestras yerbas, don Juan. Pero por Dios no hablemos ahora de esto; y perdonad si en la situación en que me hallo, he herido vuestro amor propio. Sé que sois un sabio, por tal os tiene la ciudad y a mí menos que a cualquiera me correspondía poner en duda vuestra consumada habilidad. Aquellas palabras apaciguaron al irritable médico, botánico, o lo que fuese, y cambiando de estilo, dijo a Agustina: -Pero ¿estáis cierta de lo que me decís? -Tan cierta, contestó la viuda, como que me lo ha referido el Secretario del Gobernador, Diego Robledo, que acaba de salir de aquí, habiéndome pedido una entrevista [63] por medio del mayordomo, a quien, como sabéis, conozco tiempo hace. Peraza volvió a alargar las piernas y apoyó de nuevo la cabeza en el respaldo del sillón, sin decir palabra, como reflexionando. La viuda, entonces, se puso a contarle, punto por punto, la anécdota del torneo y la conversación entre doña Leonor y el Adelantado, tal cual se la había referido el Secretario. Como la historia fuese un poco larga y el viajero estaba fatigado, habiendo caminado todo el día y parte de la noche, insensiblemente se fue quedando dormido, lo que no advirtió Agustina, sino cuando percibió la respiración agitada del herbolario. -¿Me oís, don Juan?, preguntó con mal humor, y como no recibiese respuesta alguna, se levantó con impaciencia, y echando una mirada de desprecio al dormido, tomó la vela y se retiró a su alcoba, que cerró por dentro, dejando al don Juan solo y en la obscuridad. Aprovecharemos la ocasión para dar a nuestros lectores alguna noticia del extraño personaje que dormía a pierna suelta en la sala de la viuda del Capitán Francisco Cava. Juan Peraza, o de Peraza, como se hacía llamar después, era hijo de un pobre pechero de la ciudad de Baeza. Habiendo descubierto, en su juventud temprana cierta aptitud para las letras, fue colocado como aprendiz o practicante en casa de un médico, que lo inició a medias en el secreto de la poca ciencia que poseía. Peraza tuvo la fortuna de que dos o tres enfermos se restableciesen cuando él los estaba asistiendo, lo que le dio gran reputación y no poco dinero. Contentísimo de haber abrazado «una arte tan dichosa como la medicina, cuyas faltas cubre la tierra» según se expresa el cronista Remesal, adelantaba diariamente en honra y en provecho, cuando ocurrió un suceso que cortó la carrera y las esperanzas del famoso médico. Sucedió que un día vio Peraza en la iglesia a una joven de muy gallarda presencia, y tan bella como recatada. Enamorose de ella perdidamente el buen Galeno, y averiguada la condición de los padres de la dama, supo, no sin desconsuelo, que eran de linaje, y tan altivos como nobles. Aguijoneado por la pasión, el hijo del pechero rondó la calle de la dama, le dio músicas, siguiola por todas partes y habiéndose decidido al fin a pedir por esposa a la bella doña Juana, (que así se llamaba la joven) recibió, como debía esperarse, la [64] más insultante repulsa. Publicose el lance en la ciudad, y el pobre Peraza, corrido y amilanado, dispuso expatriarse llevando en el fondo de su lacerado corazón una mezcla extraña de amor y de odio hacia la que era causa inocente de su desventura. Pasó a Cádiz, en ocasión en que un navío se aprestaba a darse a la vela con dirección a las Indias. Tomó pasaje, con otros muchos que deseaban, como él, aunque por diversos motivos, abandonar la tierra natal y correr en busca de aventuras. Desembarcó en Cuba, o Fernandina, como entonces se decía; de allá pasó a las costas de Honduras y luego a Guatemala, en donde se estableció con el título de médico o cirujano, diciendo que era graduado por Salamanca, aunque nadie vio jamas sus diplomas. Estudió con ardor y dedicose con particularidad a la observación de las propiedades de los vegetales. Recorrió las montañas, hizo conocimiento con los indios, y de ellos aprendió el uso de diferentes yerbas medicinales, que aplicaba con más o menos éxito. Pronto voló el nombre del «herbolario», como lo llamaban, en alas de la fama; y curando a unos pocos y matando a los más, llegó a hacerse de gran reputación y hombre de influencia en la ciudad. Un día de tantos fue llamado para asistir al Capitán Francisco Cava, que estaba enfermo, aunque no de peligro, y que vivía ya con su esposa, con quien estaba medio reconciliado. Acudió el doctor y quiso la desgracia que los ojos de Agustina le hiciesen a él un daño más positivo que el que padecía el desventurado esposo de aquella mujer. Dirigió tan hábilmente la curación del paciente, que a los ocho días estaba enterrado, y la señora, dueña de su persona y de su voluntad. Continuaron por algún tiempo las relaciones del herbolario y de la viuda, hasta que, cansados ella y él, se separaron, aunque continuaron en buena amistad; viéndose frecuentemente; pero con cierto misterio, porque un rumor de esos que no se sabe de donde salen, había propalado entre el vulgo algunas especies algo extrañas, respecto a la muerte del Capitán. Verdad es que la generalidad no le dio crédito, y el doctor continuó imperturbable en su oficio. Poseído de una codicia insaciable, su principal afán era adquirir dinero, no perdonando medio al efecto, por reprobado que fuese. Un día necesitó el auxilio de su arte el Veedor Gonzalo Ronquillo y tuvo la buena dicha de [65] acertar con la curación, lo cual hizo se estrechase la amistad entre aquellos dos sujetos, llamados a entenderse. Ronquillo descubrió sus proyectos al herbolario y lo inició en los planes que se tramaban contra el Adelantado. Peraza meditó detenidamente, estuvo durante algunos días calculando si convendría más a sus intereses el papel de delator, que el de cómplice en la trama; y por último, se decidió a tomar parte con los conspiradores. Su profesión le proporcionaba grandes facilidades para ayudar a estos, y su talento y travesura fueron haciendo que adquiriese una influencia, tanto más eficaz, cuanto era más disimulada y poco advertida, aun por los mismos sobre quienes se ejercía. Llegó a hacerse, pues, el alma de las intrigas que se tramaban contra el Gobernador. Más adelante tendremos ocasión de ver hasta dónde llegaba la audacia de los planes de aquel aventurero. Agustina estaba iniciada en una parte de ellos. Peraza conocía el espíritu mañoso y artero de aquella mujer, y no vaciló en darle conocimiento de algunos de sus proyectos, si bien cuidó de no revelarle la extensión de sus miras. Ligados íntimamente por un crimen, estaban interesados en conservar buena amistad, esperando el uno y la otra sacar partido de aquella relación, en una circunstancia dada. Tal era el individuo que, rendido por una larga excursión, que él decía haber tenido por único objeto herborizar en las montañas, dormía en la sala de Agustina Córdova. Entretanto, la viuda, presa de la más violenta agitación, ocasionada por la revelación que acababa de hacerle el Secretario del Gobernador, pasó la noche delirando, revolviendo en su imaginación exaltada los proyectos más estrafalarios. Acababa de amanecer cuando despertó Peraza, incorporose, y buscando su precioso saco de cuero, que contenía plantas y flores, salió sin hacer ruido. En el patio estaba atado su caballo, montó y se dirigió a su casa. Para llegar a ésta, partiendo de la de Agustina, era preciso pasar a la espalda del palacio del Gobernador, delante de las ventanas que daban al volcán. Los rayos del sol bañaban ya la elevada cresta de las montañas. El horizonte se iluminaba poco a poco y la pálida luz de las estrellas desaparecía, como se secan las lágrimas en las mejillas de una mujer hermosa, cuando la alegría sucede repentinamente a la aflicción. El valle permanecía aún en [66] la oscuridad; y los árboles, el río y la pradera, dibujaban sus dudosos contornos, e iban tomando forma y colorido, como en el breve instante en que la naturaleza salió de las sombras del caos, a la voz poderosa del Criador. Indiferente ante el espectáculo grandioso del universo que despierta, el médico seguía su camino, paso a paso, preocupado con las ideas, de orden muy diverso, que agitaban su imaginación. Levantó la cabeza, distraído, y volvió los ojos casualmente al palacio del Adelantado. En aquel momento abriose una ventana del segundo piso. Una mano blanca y delicada corrió la cortina y apareció una joven, vestida con un ligero traje de mañana, y sobre cuyos hombros caía, destrenzado, un largo y sedoso cabello castaño. Peraza detuvo involuntariamente su caballo, y después de haber observado a la joven, durante dos minutos, lanzó un grito e inclinó la cabeza sobre el pecho. Cuando alzó otra vez los ojos, después de un breve instante y buscó ansioso a la encantadora maga, la joven había desaparecido, la ventana estaba cerrada y el médico ni aun pudo determinar en cual de las varias que tenía en aquella parte el edificio, había aparecido la fantástica figura que despertaba en su alma los más punzantes y dolorosos recuerdos. Dudaba si era sueño o realidad lo que acababa de ver, y no creía el testimonio de sus propios sentidos. Sin embargo, aquella figura estaba trazada en caracteres de fuego en el corazón del desdichado, y la indefinible sensación que experimentó, al ver a aquella mujer, no le dejaba lugar a la más ligera duda. Buscando con ojos extraviados la misteriosa ventana, Peraza permaneció un rato, repitiendo en voz ahogada y doliente: «Ella es, ella es; doña Juana; el destino implacable vuelve a arrojarla en mi camino»; y dos lágrimas, ardientes como lava volcánica, rodaron por sus mejillas. El médico, siguió su marcha, profundamente abatido; se encerró en su casa y permaneció dos o tres horas entregado a sus cavilaciones. No acertaba a comprender cómo se hallaba en Guatemala y en el Palacio del Gobernador, aquella misma doña Juana a quien él había conocido en Baeza, seis años antes y de quien no volvió a oír hablar jamás después de su salida de España. Él ignoraba, por supuesto, que la joven había obtenido una colocación en la corte, como dama de la Reina; y que muertos sus padres, y habiendo conocido íntimamente a doña Beatriz y doña Leonor, resolvió, por instancias [67] de estas, venir a Guatemala. Si algún resto de duda podía quedar aún en el ánimo de Peraza, no tardó en disiparse don Gonzalo Ronquillo, ansiosísimo de conferenciar con su amigo y confidente, había acudido varias veces a casa del médico a ver si estaba ya de vuelta. Aquella mañana ocurrió temprano, y habiéndosele dicho que don Juan estaba en su gabinete, se dirigió apresuradamente a aquella pieza y entró sin anunciarse. El gabinete del médico-cirujano-herbolario era pequeño y se veía completamente ocupado con redomas y vasijas de diferentes tamaños, que servían para la preparación de las medicinas, pues él mismo componía las pócimas que administraba a sus enfermos. Veíanse también en las mesas y pendientes de las paredes plantas y flores, calaveras y otros huesos de hombres y de bestias, pieles de fieras y esqueletos de aves. Un estante con libros completaba el ajuar de aquel santuario de la ciencia, en el que no penetraban los profanos, estando abierta la entrada únicamente a los amigos íntimos como el Veedor. -Al fin estáis de vuelta, dijo don Gonzalo, estrechando la mano a su amigo, sin advertir el abatimiento de éste, preocupado él mismo con sus ideas. Sucesos muy importantes han ocurrido durante vuestra ausencia. -Sí, contestó Peraza, sé que el Adelantado esta de vuelta y que ha tomado nuevamente la vara de la gobernación. -Nuestros esfuerzos han sido inútiles, dijo Ronquillo con mal humor; ese hombre tiene algún demonio familiar que lo ayuda y hace que todo le salga bien. Enseguida el Veedor refirió a su amigo los principales acontecimientos de aquellos días, sin exceptuar el lance del torneo, el descubrimiento de los amores de doña Leonor y Portocarrero, callando únicamente, por prudencia, lo que había de ridículo y deshonroso para él en aquellos sucesos. -¿Decís, preguntó Peraza, que han venido varias señoras de Castilla en compañía de doña Beatriz? -Sí, contestó don Gonzalo; unas veinte, que forman la corte de esa mujer, que se cree ya una Reina. -¿Y podríais decirme los nombres de algunas de esas damas? dijo el médico, dominado exclusivamente por una sola idea. -¿Y qué interés podéis tener en eso?, preguntó Ronquillo, extrañando la pregunta de don Juan. Sé, añadió que [68] la principal de ellas, así por su clase, como por la confianza que lo dispensan en Palacio, es una doña Juana de Artiaga, que se dice natural de Baeza; las otras... -Basta ya, interrumpió el médico; es inútil me digáis los nombres de las demás; y guardó silencio, mostrando la más viva agitación. Ronquillo, que ignoraba la historia de Peraza, no acertó a comprender por qué aquel nombre producía semejante sensación en el ánimo de su amigo. El médico, después de un momento de silencio, dijo: -Don Gonzalo, no extrañéis la importancia que doy al nombre de esa dama. Es un secreto de mi juventud, que acaso podré revelaros algún día. El orgulloso pechero no quería mostrar su herida a aquel hidalgo; conociendo que, por más que estuviesen unidos en intereses, las preocupaciones de que participaba Ronquillo, como cualquier otro caballero de su clase, harían que calificase desfavorablemente el atrevimiento con que se había lanzado a solicitar la mano de una dama de encumbrado linaje. Encerrose, pues, en la más absoluta reserva, y sabiendo ya respecto a la joven que había visto pocas horas antes cuanto le importaba saber, procuró dominar su emoción, e hizo a Ronquillo una relación detallada de la excursión que acababa de practicar y cuyo objeto aparente había sido recoger plantas medicinales en las montañas. l
Esta recopilacion de Jose Milla se las ire subiendo de a poco, ya que la estoy copiando directamente de el libro, gracias por su paciencia.
El Canasto del Sastre José Milla y Vidaurre Primera Parte La Feria de Jocotenango !Bendito sea el que invnetó las ferias. Eso de reunirse en un estrecho espacio de terreno un número de bípedos racionales y de cuadrúpedos irracionales cuatro o cinco veces mayor del que podría contener cómodamente; asolearse, tragar polvo, exponerse uno a que lo estrujen, empujen y atropellen; ensordecerse con el ruido aturdidor de coches y diligencias y con el que producen los herrados cascos de los caballos sobre las piedras del pavimente; todo para ver y ser visto durante algunas horas, o para comprar algunos novillos y muletos por la tercera parte más de lo que valen, no hay duda que merece la pena de sacar de sus casillas a una población tan quieta, tan soñoliente y tan costumbrera como la de nuestra querida Guatelala. Pero como en este mundo cada cual se divierte como le acomoda y sobre gustos, según dicen no hay nada escrito, sucede que las dos terceras partes, poco más o menos, de la población, quieren ir todos los años a emborracharse en la barahúnda de la feria. Y no sólo van los estantes y habitantes en la ciudad, sino que muchos aún de puntos lejanos, hacen viaje exprofeso para concurrir a Jocotenango en esos días. Confieso que también yo, partiendo del remoto Oriente, como los reyes magos, he venido a la feria, no para comprar ni vender, pues no soy comerciante; no par que me vean, pues en ello no ganaría gran cosa, sino para ver, oir y no callar. Acabando de bajar la cuesta de Pinula, me alcanzó una numerosa partida de grandes mamíferos de la raza bovina, detro de la cual me encontré envuelto, sin que pudiera mi cabalgadura tomar su paso acostumbrado. A la cabeza del cornudo ejército venia un robusto gañan, que embocando u cuerno, de tiempo en tiempo, para guiar el ganado, hacia despertar con las sonoras voces del rústico instrumento, los dormidos ecos de aquellas soledades. Tres o cuatro zagales armados de fuertes y prolongados látigos, gobernaban la indisciplinada grey, que obedecia, más que al reclamo de la trompeta, a los gritos y a las amenazas de los arreadores. Cerraba la marcha el propietario del rebaño, a quien no pude conocer, desde luego, por las nubres de polvo que los hendidos cascos de la enastada turba levantaban. Disipada un momento la espesa polvoreda, reconocí en el dueño de la partida a un vecino, un amigo, y me paré a aguardarlo. Don Clímaco del Cacho es un hombre que frisa en los sesenta; de complexión recia, enjuto de carnes, moreno de rostro, todo el músculos y nervios, sujeto capaz de provocar la admiración del más descontentadizo fisiólogo, o de tentar a un artista que quisiera trasladar al lienzo el acabado tipo de un pequeño propietario de nuestras montañas del oriente. De varios modos han dado en descomponer las gentes el nombre de don Clímaco, dificil de pronunciarse como todo esdrújulo, pero la contracción que más se ha generalizado es la de Climas, que con el agregado de tío, que los diplomáticos campesinos de los contornos han discurrido, como un término medio, o una tercera entidad entre el don y el ño. Al lado de don Clímaco venía la niña Brígida, su costilla, casi de la misma edad que su marido, tan envuelta en carnes como él es seco y magro y con el apédice de un mediano güegüecho, que la avara naturaaleza no tuvo a bien conceder al cuello del consorte. Después de saludarles cortésmente, híceles por costumbre, las preguntas obligadas, de adónde iban y de dónde venían. -Venimos del Purgatorio - me contestó don Clímado, con acento hueco, más propio, en efecto, de una alma de la otra vida, que no de un ente de este mundo- y vamos a la feria. El Purgatorio es el nombre de la labor de don Clímaco, situada a dos leguas de mi residencia. -¿Nunca ha arreado usted novillos, vecino? - me preguntó el propietario. -No, don Clímaco -le contesté-, por desgracia; pues probablemente más cuenta me habria tenido ocuparme en eso que en otras cosas. -¡Cuenta! -dijo don Climas, lanzándome una mirada feroz-. ¿Y le parece a usted que yo me voy a engordar la bolsa con este maldito trato? Comprar los animales a diez y doce pesos, para venir a darlos en punta, lo grande a veintiocho y lo chico a veintitrés, con plazo para el Agosto; ¿Eso dice usted que tiene cuenta? ¿Y dos torunos muy galanes que se me ahogaron en una ciénaga por la ceibita? ¿Y cuatro novillos sinvergüenzas que se me huyeron al día siguiente de haber salido del Purgatorio?; ¿y tres quese desbarrancaron en el voladero? ¿Y pagar cada noche a los dueños de haciendas por donde uno pasa, a real por diez cabezas, como si los caminos no fueran de la nación? Le digo vecino que no sé cómo no me ha pegado una fiebre, con tantas cóleras, y que me quito el nombre si me vuelvo a meter en negocios de cachos. -Eso mismo estás diciendo hace ninco años, y siempre volvés- dijo la niña Brígida, con esa voz peculiar de las personas que pedecen del mal de que ella adolecía en la garganta. -Pero ahora - replicó don Clímaco-, he venido por trarte a que conozcás la ciudad y veás la feria, y nada más. La señora movió la cabeza, comi si dudara del desinterés y la galantería de su marido. Llegamos en eso a las inmediaciones de la ciudad. Mi amigo se dirigió con su ganado a un potrero donde lo aguardaba el que le había comprado la partida, y yo aguijé mi mula, despidiéndome de mis vecinos. -En el mesón de San Agustín nos tiene para lo que nos mande - dijo don Clímaco, y echó a correrar detrás de dos novillos que, salíendose de la partida, amenazaban con seguir el ejemplo de los sinvergüenzas que se habían largado a las montañas. El 29 de Noviembre, a las cinco de la tarde, cansado de recorrer los diversos puntos de Jocotenango, adonde acude el público de preferencia, fui a tomar asiento en uno de los poyos contiguos a la plaza, para ver desfilar la muchedumbre. No haría un cuarto de hora que me divertia en contar los carruajes, cuando oí que me llamaban por mi nombre. Busqué entre la apiñada multitud al dueño de aquella voz, que no me era desconocida, y pronto descubrí a mi amigo don Clímaco, que me preguntó con aire inquieto, si por casualidad no había yo visto a su mujer. A mi respuesta negativa, replicó el partideño: -Se lo dije; pero las mujeres, mala es la comparación, son como las mulas; lo que ellas quieren y nada más. Guatemala, le dije, no es el Purgatorio; aquí se pierde uno en un abrir y cerrar de ojos; y más en la feria, con tanta gente, tantos birlochos y tantos animales. No me hizo caso; se apartó de mi junto al hipogromo, mientas yo estaba mercando este mico (y me señalaba uno que llevaba prendido en el hojal de la chaqueta) y dicho y hechos, se perdió. -Pero conocerá el mesón -le respondí-, y se dirigirá allá facilmente. -¿Que ha de conocer? -contestó mi vecino-, y ni del nombre se acuerda. Pero, déjela que parezca y verá usted cómo no vuelve a perderse. Diciendo así y renunciado a buscar su perdida mitad, don Clímaco apartó, un poco bruscamente, a una persona que estaba a mi lado y se sentó. -¿Y qué la han parecido a usted las carreras? -le dije. -¡Ay! - me contestó-, con perdón de usted y de los santos cabllos que corren bien; pero lo que no me cuadra es esa cacha en que han dado los españoles de hacer que estén los pobres animales vuelta, y vuelta y vuelta en aquella ruedota, hasta que se cansan. Si quieren divertirse, ¿por qué no cuelgan un pato y lo corren ellos mismos, a ver quén le arranca la cabeza? -Pero esa - dije yo-, es una diversión un poco bárbara, que no estaria bien en la ciudad. -Será lo que usted quiera - replicó den Clímaco- pero alli sí se lucen los que saben andar a caballo. O sí no quieren pato, ¿porque no corren en el llano, o en las calles, en lugar de dar esas vueltas por el hipógrofo que no sé como no se les atarantan las cabezas a los patojos que van en los caballos? Al decir esto, mi amigo se puso en pie y lanzándose sobre una mujer de pañolón amarillo yema de huevo y enagua carmesí, que acababa de pasar delante de nosotros, le dió un tirón tan fuerte, que por poco no dio con ella en tierra. -Brig... - exclamó don Climas, y com a ese tiempo la del pañolón amarillo volvió la cara para ver quién le daba semejante tirón, conoció que se habia equivocado y dijo: -disculpense, chata; pensé que era mi mujer. Un diablo se parece a otro. ¿No me la ha visto por'ay? Son idénticas, hasta en lo regordito de la garganta... No acabó mi vecino de pronunciar la frase, pues la irritada matrona le lanzó un aguacero de injurias, en las que guanaco, animal del monte, salvajón, bestia y otras semejantes, fueron las más pulidas. El pobre don Clímaco, volvió a sentarse un poco amostazado y se propuso no volver a jalar a otra mujer, aunque viera que fuese la suya propia, en carne y hueso. En aquel momento pasó un coche tirado por dos hermosos caballos negros, que llamaron la atención del hacendado, y me dijo: -Con perdón de Dios y de usted, ¿esos caballones de qué querencia son? -Vineron de California - le contesté. -¿Por onde queda esa hacienda? - me preguntó. -No es hacienda -le dije-, sino un país distante; y para venir de allá es necesario embarcarse. -Entonces - replicó mi amigo-, esos caballos vienen de la otra isla. Como se que los campesinos emplean esa grase para designar la Europa, comprendí lo que quería decirme y le contesté que venian de la otra isla, sino de un punto más cercano. -¿Y cómo vinieron? -dijo el. -Por el vapor. -Esi sí que no me lo hace usted tragar, vecino, así me mate. Que vengan caballos en napor, cuénteselo a otro. ¿No sabré yo lo que es napor? No lo habré visto salir de la olla de los frijoles cuando se están cueciendo. -Pues ese mismo vapor - le dije yo-, que usted ha visto salir de la olla, u otro semejante, es el que ha hecho venir aqui esos caballos y muchas cosas más. Pero advirtiendo porel aire de incredulidad con que me escuchabe, que sería inútil entrar en más detalles, puse punto final a las explicaciones. -¿Y no sabe usted, vecino -me preguntó don Clímaco-, si venderán esos caballos? Yo me arriscaba a dar un par de chorros de cien pesos por ellos. -Si diera usted dosmil -le contesté-, acaso se los venderian. -Dos mil palos les diera yo -esclamó mi vecino encolerizado-. El mejor caballo no vale más de cien pesos, entre dos amigos. Con dos mil compraba yo... a ver (y se puso a contar con los dedos), doscientos novillos que trayéndolos a la feria en el agosto, por lo menos redoblaba el pisto. ¡Dos mil pesos! -se repetía-; estas gentes creen que porque uno es de fuera, se deja meter el dedo en la boca, así nomás. -No creo -le repliqué-, tenga el dueño necesidad de venderlos. Puede usted pues, amigo don Clímaco, estar tranquilo y divertirse, sin pensar en los caballos. Sosegado con esto, mi vecino, se puso a observar la concurrencia. Lo veía todo con la curiosidad de un niño, y de ves en cuando tiraba la cuerda al mono que llevaba en el ojal, con no poco entretenimiento de los paseantes. -Vea usted vecino - me decía, señalando a las damasque pasaban a pie o en carretela- ¡Que chapinas éstas! Si más parecen ángeles de los que sacan en las andas. Hasta en las colas son iguales. -Y en lo demás también - le contesté. -Ahora que no nos oye la Brígida -añadió-, le digo a usted, vecino, que si yo enviudara, o si pudiera uno casarse con dos, me llevaba una de esas chancletudas al Purgatorio. -¿Y cuál de todas le pregunté-,elegiría usted? -Allí entraba el aprieto -dijo el-, porque no quisiera quedarme sin ninguna. Lo que haría para no errar, era decir sexta ballesta, o que me taparan los ojos como cuando juegan gallina ciega, y me casaba con la que agarrara. Era ya tarde. Propuse a mi amigo que nos retiráramos, y habiendo convenido, nosdirigimos a la ciudad, abriéndonos camino con trabajo al través de la masa compacta de los concurrentes. Al llegar junto a uno de los arcos que han colocado en los extremos del paseo, observé que mi vecino se empeñaba en no pasar bajo el mamotreto de madera y lienzo pintado. -Pasemos por aquí - le dije, tratando de hacerlo pasar bajo el arco. -Por bobo -me contestó; que pase otro. Ese animal está en el aire, si se cae altiempo que yo pase, no quedo ni para polvos. Habia creído que el arco era de mamposteria y no pude hacer que pasara debajo. Entraba ya la noche. Acompañe a don Clímaco hasta el mesón, donde se informó de la señora Brígida y supo que no habia llegado. -No se ha de perder -dijo mi amigo-. Prenda con boca no la quiere nadie. -Y se metió en su cuarto. -Mañana -le dije-, estará Jocotenango tal vez más concurrido que hoy. ¿Quiere usted que vayamos? -¿Como no? - me contestó-. Pase usted por nosotros y verá lo que hago con mi mujer para que no vuelva a perderse. Propúseme no faltar, pues habia comenzado a tomar gusto por las rareas de aquel ente original, y me despedí de él hasta el siguiente día. II Fiel a mi promesa, pasé el martes 30, a las diez de la mañana, al mesón de San Agustín y encontré a don Clímaco del Cacho en grande tenue, con el vestido de los días grandes. Se había puesto una especie de saco o chaquetón de pana verde con botones de metal, un chaleco de la misma tela y pantalones idem; todo ello tan viejo, tan extrañamente cortado y tan raído, que juzgué debian ser aquellas prendas bienes abolengos, trasmitidos de padres a hijos, durante tres o cuatro generaciones. Por lo demás, nada de corbata, ni medias, ni tirantes, ni otros adminísculos que ha inventado la moderna civilización. Las cutarras de polvillo, que no usa sino cuando baja al pueblo, eran el único resguardo de aquellos pies, más habituados a caminar libremente por el campo que no oprimidos y angustiados, sobre el desigual y nada cómodo pavimento con que dotó a la capital el presidente Estachería. Hacía apenas dos horas que había llegado la señora Brígida, que después de andar perdida toda la tarde, preguntando por su marido, como don Clímaco inquiría por su mujer, fue recogida y hospedada, entrada ya la noche, por una caritativa fmilia del barrio de San Sebastián. La pobre mujer daba muestras de haber llorado, y como alcancé a ver por allí cerca uno de los látigos de los zagales que arreaban los novillos, me reveló aquel instrumento la servicia del cólerico don Clímaco. La señora estaba hecha un pimpollo: puestas ya las enaguas de marino carmesí, adornadas con trecillas verde y echado sobre los hombros el pañolón de burato amarillos yema de huevo, bordado con sedas de los siete colores del arco iris. Al llegar a la puerta del mesón, don Clímaco sacó de una de las hondas faltriqueras del chaquetón un lazo de a medio real, y atándolo fuertemente a la cintura de la dama, le dijo: -Camine a ver si ahora se pierde. La pobre mujer, que no habia olvidado probablemente el látigo del arreador, echó a andar sin decir palabra; caminando a corta distancia don Clímaco del Cacho, que llevaba lacuerda por un cabo. Puede considerarse que aquel hombre, que conducía a una mujer como si fuera perro de ciego, provocaría la hilaridad y las pullas de los que advirtieron el incidente. Atravesamos así la calle principal que conduce a la plaza. -Vea usted, vecino - me dijo don Clímaco-, todo lo que hay aquí me parece muy galán, menos estos árboles que, a la cuenta, son más viejos que mi abuela. Si usted tiene que ver con los señores del juzgado, degales que, si quieren yo les despacharé cuatro docenas de maquilisguates para que los siembren y quiten esta vejestoria. -Muy bueno sería - le contesté-, aunque dudo que se aclimatería. Pero si no esos, otros muchos hay que pudieran sustituir con ventajas a los vetustos y carcomidos árboles de ese paseo. Justo es decir que no se ha hecho poco para embellecerlo, y natural esperar que vaya completándose su ornamentación. Vea usted esas hermosas calzadas que conducen al hipodromo, esos quiiscos que adornas la plaza, ese carrousel para que se diviertan los niños, esos asientos para comodidad del público, y conténtese con lo que hay, mientras puede ir haciéndose lo que falta. Entretenidos en esta conversación, llegamos al campo donde se ha construido el hipódromo, que yo no conocía por haber vivido fuera de la capital durante algunos años. El sitio me pareció bien elegido. El panorama que lo rodea es digno de nuestra esplédida naturaleza intertropical. Veía prolongarse delante de mi la extensa planicie, sobre la cual el otoño tendia su manto de gualda matizado de trecho en trecho con los verdes tintes de la vegetación, que no ha muerto por completo todavía. Al noreste un tupido bosquecillo y una de esas profundas cavidades que las corrientes han ido formando con el transcurso de los siglos. Más hacia el norte, colinas siempre verdes, y tras ellas las caprichoas siluetas de las montañas, más aules cuanto más distantes. Prolónganse en no interrumpida cadena, hacia el occidente, cerrando el vasto semicirculo que la vista alcanza distinguir por la parte del sur, las empinadas crestas de los volcanes de la antigua y de Pacaya. Un cielo puro, donde el sol resplandece en toda su magnificencia, extiende su inmenso pabellón sobre ese panorama, que el más hábil pintor no acertaría a reporudcir sino muy debilmente. Esto es lo que ha hecho la naturaleza. En cuanto a lo que se debe a la mano del hombre, vi con gusto el circo para las carreras, de unas setecientas cincuentas varas de extensión, los bonitos pabellones que se han construido para los espectadores, el quisco para la música, el palco de los jueces, los salones de tiro, etcétera. -No hay duda -dijo don Clímaco-, que todo esto está muy bueno, y lo único que no me pasa es que hayan hecho el opróbromo en figura redonda y no a lo largo. -¿Cómo decís que se llama -preguntó la señora Brígida. -Porógromo, mujer -le contesto don Clímaco-, que no acertaba a pronunciar la palabra dos veces del mismo modo. -¿Y para qué le pondrían ese nombre inglés tan enredado? -No es inglés, sino griego - dije yo. -Peor está que estaba -replicó tio Climas-, la derecha hubiera sido ponerle plaza de caballos así como hay plaza de toros o de cualquiera otro modo no tan trabucado. Mientas nos ocupábamos mis amigos y yo en aquella cuestión filológica, los propietarios de los caballos que debian correr se ocupaban en combinar una carrera. Cruzábanse las apuestas, preparábanse los jockeys o jinetes y estaban inscritos cinco caballos para la próxima pareja. Acercámonos a examinarlos. Don Clímaco vio muy despacio dos californianos que iban a correr, y movió la cabeza de un manera significativa, -Muy galanes son los ingleses -dijo-, pero pierden. Consideré aquel juicio de mi amigo como efecto del espíritu de localismo, y le contesté: -Pues yo pongo por uno de esos que usted llama ingleses; -y en efecto, aposté cinco duros por un alazán californiano. -Vecino me dijo don Clímaco -, ¿en cuantos credos coren los caballos la rueda del bicógromo? -Aqui -le contesté-, el tiempo no se mide por credos, sino por segundos: -y sacando mi reloj, añadí- vamos a ver lo que tarda la carrera. -A mi para nada me sirve ese animalito -replicó mi amigo-. Voy a contar uno, dos, tres, cuatro, cincoy así para adelante, Desde que salgan hasta que lleguen. -¿Hay quein quiera apostar al gamo? -dijo una voz-; yo voy contra el. -¿Quién es Gamo? -preguntó mi vecino. -Ese caballito retintillo cereo, del país que va atomar parte en la carrera. -¿En el que está montado el patojo de chaqueta y montera colorada? -El mismo. -Pues a ese síque apuesto yo... un peso - dijo mi vecino,y sacó un pañuelo de algodón en que llevaba atadas unas cuantas monedas. -Convenido -respondió el que había promovido la apuesta. -Pues casémonos -respondió don Climaco. -¿Que quiere usted decir? -preguntó el otro. -Que saque la plata y que se la demos a mi vecino para que la guarde junto con la mía. Advirtiendo que el sujeto comenzaba a enfadarse con aquella desconfianza de mi hombre, le dije que la precaución era innecesaria, y que yo le respondia por el peso. -¿Se obliga usted -medijo-, con todos sus bienes habidos y por haber, apotecando el animalito que tiene en la bolsa? -Me obligo. En aquel momento los caballos ocuparon sus puestos. La ansiedad, hija más del amor propio que del interés, se revelaba en los semblantes de sus propietarios. Sonó la campana y partieron, guardando el más profundo silencio la numerosa concurrencia que rodeaba el circo. Mi amigo lanzó un agudo y largo silbido y comenzó a animar con sus gritos al retintillo, siguiendo las diferentes peripecias de la carrera con tanta inquietud, como si fuera en ella todo el valor de sus trescientos novillos. -¡Que viva el gamo! -gritó de repente-. Perdió el inglés, a ver mi peso. Era así en efecto. El caballito del país habia llegado el primero a la raya. El individuo que apostó con mi vecino sacó un billete de su cartera y lo alargó a don Clímaco, sin decir palabra. Mi amigo lo miró con sorpresa y le dijo: -¿Y estó que es? Pisto quiero yo y no papel escarabajeado. -Pero si es un billete de banco - respondió el otro. -¿Y para qué diablos - gritó don Clímaco- quiero yo banco ni papel? Yo nunca he necesitado de esos estrumentos para .... Una carcajada del dueño del billete, a laque hicieron coro unos cuantos individuos aquienes habian atraído los gritos y contorsiones de mi amigo, cortó muy a tiempo la frase, demasiado naturalista que iba a soltar don Climas. El sujeto sacó una moneda de ocho reales y la entregó al campesino, que la exminó por ambas caras, y viendo una piedra allí cerca, levanto en alto el duro y lo dejó caer, par cerciorarse, por el sonido, de que no era falsa. Eran las tres y media. El ejercicio nos habia despertado el apetitio, y habiendo propuesto a mi amigo y a su esposa que comiéramos en el restaurant y aceptado ellos el convite, diez minutos después nos colocamos delante de una mesa bien provista de platos y botellas. Ahorraré a mis lectores la relación de los excentricidades que tio Climas dijo e hizo durante la comida; pero estoy obligado a decir, a fuer de historiógrafo verídico, que el vino fue abundante y que muy pronto subió la perte alcohólica que contenia del estómago al cerebro de mi amigo. No diré que estuviera borracho; estaba alegre y nada más. Salimos y nos engolfamos entre la multitud de los paseantes, llevando siempre don Clímaco la punta de la cuerda con que iba atada la señora Brígida. En la calle que de Jocotenango va a San Sebastián advertí que la mujer de mi amigo caminaba delante de mí y que la cuera arrastraba por el suelo. Me volví a uno y otro lado a ver que habia sido del tio Climas; pero ni su sombre. Los buscamos portodas partes sin dar con él, hasta que, cansados ya, nos sentamos en uno de los sofás de la plauela con la esperanza de que al fin aparecería. Fue así, efectivamente. Como una hora después, vi llegar a don Clímaco, pero ¡En que estado, oh cielos! Venia dando tumbos a uno y otro lado, como un buque en el mar agitado por la borrasca. Habia perdido el chaquetón verde y una de las caturras de polvillo. Al vernos quiso, en un arranque de ternura conyugal, abrazar a la niña Brígida, que esquivó la caricia extemporánea, dándole al consorte un empellón que estuvo a punto de hacerle comprar terreno en la plazuela. -¿Conque ahora vos fuiste el perdido? -dijo la niña- ¡Lástima que no tengo yo aquí el chicote de arreador, para ajustarte las cuentas! Vamonós; y para que no volvás a perderte, voy a hacer con vos lo que hiciste con yo. Diciendo esto, se quitó la cuerda y la ató a la cintura de don Clímaco, que estaba incapaz de hacer la menor resistencia; tal habia puesto al desventurado un perversa botella de aguardiente del país que acababa de consumir en un estanco. Acompañé a mis vecinos hasa el mesón y tomando en peso al ebrio entre la señor y yo, dimos con él en la cama, donde no tardó en dormirse, tartamudeando en sueños, no sé qué de apuestas, de banco, de gamo, de parejas y otras cosas que danzaban en aquel cerebro alcoholizado. Sólo la palabra hipódromo se le enredó de tal modo entre los dientes que nadie hubiera podido decir lo que era, ni en qué lengua hablaba. Y con esto termina, queridos lectores y amabilísimas lecotras, la relación de las aventuras de tio Climas en la feria de Jocotenango, siendo muy posible vuelva yo a encontrarlo en otros puntos de la ciudad, antes de su regreso a el Purgatorio.