miércoles, 25 de febrero de 2009

Antón Pávlovich Chéjov - Biografia - Bibliografia - El Talento - El Camaleón

Antón Pávlovich Chéjov
Chéjov y Gorki
Chejov
Antón Pávlovich Chéjov (en ruso Антон Павлович 
Чехов), (Taganrog, 17 de enerojul./ 29 de enero de 1860greg. - Badenweiler (Alemania), 2 de juliojul./ 15 de julio de 1904greg.) fue un escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente naturalista, fue maestro del relato corto.
Chéjov nació en Taganrog, el puerto principal del Mar de Azov. Era hijo de un tendero y nieto de un siervo que compró su libertad. Chéjov era el tercero de seis hermanos. Su padre les impartió una disciplina estricta y muy religiosa.
El padre de Chéjov empezó a tener serias dificultades económicas en 1875; su negocio quebró y se vio forzado a escapar a Moscú para evitar que lo encarcelaran. Hasta que no finalizó sus estudios de bachillerato en 1879, Antón no se reunió con su familia. Comenzó a estudiar Medicina en la Universidad de Moscú.
En un intento de ayudar a su familia, Chéjov empezó a escribir relatos humorísticos cortos y caricaturas de la vida en Rusia bajo el pseudónimo de “Antosha Chejonté”. Se desconoce cuántas historias escribió Chéjov durante este periodo, pero se sabe que se ganó con rapidez fama de buen cronista de la vida rusa.
Chéjov se hizo médico en 1884 pero siguió escribiendo para diferentes semanarios. En 1885 comenzó a colaborar con la Peterbúrgskaya gazeta con artículos más elaborados que los que había redactado hasta entonces. En diciembre de ese mismo año, fue invitado a colaborar en uno de los periódicos más respetados de San Petersburgo, el Nóvoye vremia. En 1886 Chéjov se había convertido ya en un escritor de renombre. Ese mismo año publicó su primer libro de relatos, Cuentos de Melpómene; al año siguiente ganó el Premio Pushkin gracias a la colección de relatos cortos Al Anochecer.
En 1887 a causa de una debilitación de su salud (primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría con su vida) Chéjov viajó hasta Ucrania. A su regreso se estrenó su obra La Gaviota, un éxito que interpretó la compañía del Teatro de Arte de Moscú, tras una primera interpretación absolutamente desastrosa en el teatro Alexandrinski de San Petersburgo un año antes. El éxito que cosechó fue debido en gran medida a la compañía del Teatro del Arte de Moscú, anteriormente citada, que dirigida por Konstantín Stanislavski había visto la necesidad de crear un nuevo medio artístico basado en la naturalidad del actor para expresar de manera adecuada las tribulaciones y los sentimientos de los personajes de Chéjov.
Antón escribió tres obras más para esta compañía: Tío Vania (1897), Las Tres Hermanas (1901) y El Jardín de los Cerezos (1904), todas ellas de gran éxito. En 1901 contrajo matrimonio con Olga Leonárdovna Knípper, una actriz que había actuado en sus obras.
Aparte de su faceta como autor teatral, Chéjov destacó como autor de relatos, creando unos personajes atribulados por sus propios sentimientos que constituyen una de las más acertadas descripciones del abanico de variopintas personas de la Rusia zarista de finales del siglo XIX y principios del XX. Destacar el relato Campesinos de 1897, el inquietante El pabellón nº 6 de 1892 y el apasionado La dama del perrito publicado en 1899, que surgió como contraposición a Anna Karénina de Tolstói, ya que el propio autor afirmó que "no deseo mostrar una convención social, sino mostrar a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen. No podía censurarlos por un acto de amor."
Chéjov pasó gran parte de sus 44 años gravemente enfermo a causa de la tuberculosis que contrajo de sus pacientes a finales de 1880. La enfermedad lo obligó a pasar largas temporadas en Niza (Francia) y posteriormente en Yalta (Crimea), ya que el clima templado de estas zonas era preferible a los crueles inviernos rusos.
Antón Chéjov murió a causa de las complicaciones provocadas por la tuberculosis en Badenweiler (Alemania), lugar en el que se encontraba para recibir tratamiento en una clínica especializada. Está enterrado en el cementerio Novodévichi en Moscú.
Aunque ya era conocido en Rusia antes de su muerte, Chéjov no se hizo internacionalmente famoso hasta los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando las traducciones de Constance Garnett al inglés ayudaron a popularizar su obra.
Las obras de Chéjov se hicieron tremendamente famosas en Inglaterra en la década de los 20 y se han convertido en todo un clásico de la escena británica. En Estados Unidos, autores como Tennessee Williams, Raymond Carver o Arthur Miller utilizaron técnicas de Chéjov para escribir algunas de sus obras.
Obras 
Teatro
Platónov (1881) - cuatro actos
Sobre el daño que hace el tabaco (1886-1902)
Ivánov («Иванов» - 1887) - cuatro actos, gran éxito de escena
El oso (1888) - comedia de un acto
Una propuesta de matrimonio (1888-1889) - un acto
El demonio de madera (1889) - un acto
La gaviota («Чайка» - 1896)
Tío Vania («Дядя Ваня» - 1899-1900)
Las tres hermanas («Три сестры» - 1901)
El jardín de los cerezos («Вишнёвый сад» - 1904)
Obras de no-ficción
Un viaje a Sajalín («Остров Сахалин» - 1895)
Algunos títulos de sus relatos cortos y cuentos:
La estepa
Intrigas
Luces
Ostras
El Doctor
Felicidad
En el exilio
Mi vida
En Navidad
El obispo
La dama del perrito
Decepción
El pabellón nº 6
Los Campesinos
La muerte de un funcionario
Se fue
Aniuta
Vanka
La tristeza
¡Chist!
El álbum
Los mártires
La máscara
El gordo y el flaco
Bibliografía 
Janet Malcolm, Leyendo a Chéjov, Alba, Barcelona, 2004
E. Salgado Gómez, Chéjov, el médico escritor, Barcelona, 1968
N. I. Némirovsky, La dramática vida de A. Chéjov, Buenos Aires, 1961
Némirovsky, Irène (1991). La vida de Chéjov. Noguer Ediciones. ISBN 978-84-279-0675-4.
Donald Rayfield, Anton Chekhov – A Life. London: HarperCollins, 1997; New York: Henry Holt, 1998. ISBN 1-85399-426-X
Chekhov, Anton Pavlovich. Los campesinos y otros cuentos .— 2. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1947 . — 149 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La cerilla sueca .— 3. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1946 . — 165 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Un crimen . — [S.l.] : Joyas Literarias, 1925 . — 101 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Historia de mi vida . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1943 . — 151 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. El jardín de los cerezos .— 3. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1947 . — 151 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. El loco . — [S.l.] : Joyas Literarias, 1924 . — 115 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La sala número seis y otros cuentos . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1949 . — 146 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La señora del perro y otros cuentos . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1948 . — 166 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Teatro completo . — Madrid : Aguilar, 1979 . — 895 p. ; ilus.
E L      T A L E N T O
El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la
casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado
en la cama, sumido en una dulce melancolía
matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas
se deslizan por el firmamento; un viento, frío y
recio, inclina los árboles y arranca de sus copas
hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza
singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque
es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes
en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le
consuela el pensar que al día siguiente no estará ya
en la quinta.
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está
cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo
género de efectos domésticos. Se han quitado ya los
visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los
habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la
ciudad.
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en
busca de carruajes para la mudanza.
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la
ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven.
Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de
cosas. Habla por los codos; pero no encuentra
palabras para expresar sus sentimientos, y mira con
tristeza, al par que con admiración, la espesa
cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares
brotan en la persona de Yegor Savich con una
extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en
el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas
son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una
mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de
que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su
charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha
se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través
de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
-No puedo casarme.
-¿Pero por qué? -suspira ella.
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte,
no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
-¿Y no lo sería usted conmigo?
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo
en general. Y digo tan sólo que los artistas y los
escritores célebres no se casan.
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich!
Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando
mamá se entere de que usted no quiere casarse, me
hará la vida imposible. Tiene un genio tan
arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no
crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha
pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me
armará!
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa
que no voy a pagarle?
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por
la habitación.
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al
extranjero es la cosa más fácil del mundo: con
pintar un cuadro y venderlo...
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que
no haya usted pintado nada este verano.
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita,
indignado, el pintor-. Además, ¿dónde hubiera
encontrado modelos?
En este momento se oye abrir una puerta en el
piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre
de un momento a otro, echa a correr. El artista se
queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A
cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el
suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks
cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el
mal humor que le produce oírla, abre la alacena,
donde guarda una botellita de vodka.
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial-
¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes
que ensombrecían su alma se van disipando.
Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el
aire.
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo
entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se
venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado
de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero
un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto
ningún rico salón y no conoce otras beldades que
Katia y algunas muchachas alegres. Podía
conocerlas por la literatura; pero hay que confesar
que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha
apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa
necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y
sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en
una azulada nube de humo, Katia y su madre
preparan el almuerzo.
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por
ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de
nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un
pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un
hombre que trabaja por el progreso, por el bien de
la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para
«descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se
prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la
siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro
joven que alguien le tira de una pierna y le llama,
riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a
su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el
verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos
para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría,
saltando de la cama- ¿Cóma te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la
mano, se hacen mil preguntas...
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice
Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la
cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de
polvo y telarañas.
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana,
después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en
tres sesiones.
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada,
sentada junto a una ventana, por la que se ve un
jardincillo y un remoto horizonte azul.
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el
cuadro.
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El
horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral
de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de
vodka.
Media hora después llega otro compañero: el
pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima.
Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene
treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el
pelo largo y una cazadora con cuello a lo
Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un
empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le
ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero
al fin se la bebe.
-¡He concebido, amigos míos, un asunto
magnífico! -dice-. Quiero pintar a Nerón, a
Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la
antigüedad, y oponerle la idea cristiana.
¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el
cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de
ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu
cristiano.
Los tres compañeros, excitados por sus sueños
de gloria, van y vienen por la habitación como lobos
enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso,
entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de
conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno
piensa en que ya han perdido los tres sus mejores
años, en que la vida sigue su curso y se los deja
atrás, en que, en espera de la gloria, viven como
parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los
que aspiran al título de genio, los verdaderos
talentos son excepciones muy escasas. No tienen en
cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les
sorprende la muerte «empezando». No quieren
acordarse de esa ley implacable suspendida sobre
sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se
va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de
género.
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y
baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en
un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas,
con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el
pintor- ¿En qué piensas?
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de
usted! -susurra ella-. Será usted un gran hombre, no
hay duda. He oído su conversación de ustedes y
estoy orgullosa.
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las
manos en los hombros de Yegor Savich y mira con
honda devoción al pequeño dios que se ha creado.
E L 
C A M A L E O N
A N T O N    P .     C H E J O V
El inspector de policía Ochumélov, con su capote
nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza
del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo
con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En
torno reina el silencio... En la plaza no hay ni un
alma... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas
miran el mundo melancólicamente, como fauces
hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera
mendigos.
-¿A quién muerdes, maldito? - oye de pronto
Ochumélov -. ¡No lo dejéis salir, muchachos! ¡Ahora
no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!
Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve
la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin,
saltando sobre tres patas y mirando a un lado
y a otro, sale corriendo un chucho. Lo persigue un
hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco
desabrochado. Corre tras el perro con todo el
cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal
por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido
y otro grito: «¡No lo dejes escapar!» Caras soñolientas
aparecen en las puertas de las tiendas y pronto,
junto al almacén de leña, como si hubiera brotado
del suelo, se apiña la gente.
-¡Se ha producido un desorden, señoría!... - dice
el municipal.
Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se
dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén
de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco
desabrochado, quien ya de pie levanta la mano
derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su
cara de alcohólico parece leerse: «¡Te voy a despellejar,
granuja!»; el mismo dedo es como una bandera
de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre
Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas
delanteras y temblando, está sentado en el suelo el
culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo
de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo.
Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia
y pavor.
-¿Qué ha ocurrido? - pregunta Ochumélov,
abriéndose paso entre la gente-. ¿Qué es esto? ¿Qué
haces tú ahí con el dedo? ... ¿Quién ha gritado?
-Yo no me he metido con nadie, señoría... -
empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con
la mano-. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este
maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el
dedo... Perdóneme, yo soy un hombre que se gana
la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada.
Que me paguen, porque puede que esté una semana
sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito,
señoría, que haya que sufrir por culpa de los
animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor
morirse...
-¡Hum!... Está bien... -dice Ochumélov, carraspeando
y arqueando las cejas-. Está bien... ¿De
quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Os voy a
enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de
tratar con esos señores que no desean cumplir las
ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá
ese miserable lo que significa dejar en la calle
perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí! .. .
Eldirin -prosigue el inspector, volviéndose hacia el
guardia-, infórmate de quién es el perro y levanta el
oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin
perder un instante! Seguramente está rabioso...
¿Quién es su amo? que es del general Zhigálov -
dice alguien.
¿Del general Zhigálov? ¡Hum! ... Eldirin, ayúdame
a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible!
Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa
que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? -
sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin -. ¿Es que
te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú,
¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego
se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque
tú... ¡ya nos conocemos! ¡Os conozco a todos,
diablos!
-Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el
cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es
tonto, le ha dado un mordisco... Siempre está haciendo
cosas por el estilo, señoría.
-¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has
visto nada? Su señoría es un señor inteligente y
comprende quién miente y quién dice la verdad... Y,
si miento, eso lo dirá el juez de paz. El tiene la ley...
Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es
gendarme... por si quieres saberlo...
-¡Basta de comentarios!
-No, no es del general. observa pensativo el
municipal-. El general no tiene perros como éste.
Son más bien perros de muestra...
-¿Estás seguro?
-Sí, señoría...
-Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros,
de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que
es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo
va a tener un perro así? ¿Dónde tenéis la cabeza? Si
este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú,
¿sabéis lo que pasaría? No se pararían en barras,
sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido
perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de
darles una lección!
-Aunque podría ser del general... -piensa el
guardia en voz alta-. No lo lleva escrito en el morro...
El otro día vi en su patio un perro como éste.
- ¡Es del general, seguro! -dice una voz.
-¡Hum! ... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin...
Parece que ha refrescado... Siento escalofríos...
Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado
y que se lo mando... Y di que no lo dejen
salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y si
cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán
en echarlo a perder. El perro es un animal
delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien
de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes
la culpa! ...
-Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos...
¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este
perro... ¿Es vuestro?
-¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como
éste en nuestra casa!
-¡Basta de preguntas! -dice Ochumélov-. Es un
perro vagabundo. No hay razón para perder el
tiempo en conversaciones... Si yo he dicho que es
un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay
que matarlo y se acabó.
-No es nuestro -sigue Prójor- Es del hermano
del general, que vino hace unos días. A mi amo no
le gustan los galgos. A su hermano...
- ¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir
Ivánich? - pregunta Ochumélov, y todo su rostro se
ilumina con una sonrisa de ternura-. ¡Vaya por Dios!
No me había enterado. ¿Ha venido de visita?
-Sí...
-Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo
sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro
mucho... Llévatelo... El perro no está mal... Es muy
vivo... ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja... Ea,
¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enfadado, el
muy pillo... Vaya con el perrito...
Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén
de leña... La gente se ríe de Jriukin.
-¡Ya nos veremos las caras! -le amenaza Ochumélov,
y, envolviéndose en el capote, sigue su camino
por la plaza del mercado.
FIN

Eurípides - Biografia - Bibliografía - El Cíclope.

Eurípides (en griego, Ευριπίδης) (Salamina480 a. C. - Pella,406 a. C.), es uno de los tres grandes poetas trágicos griegos de la antigüedad, junto con Esquilo y Sófocles.
Su madre se llamaba Klitonis o Clito y su padre Mnesarco o Mnesárquides. Durante su infancia tuvo lugar la Segunda Guerra Médica, decisiva para los griegos y el mundo occidental. Parece ser que, de muchacho fue copero de un grupo de danzantes, con clara significación religiosa, por lo que se supone que su educación fue la convencional de su época. En 466 a. C. cumplió dos años de servicio militar. Odiaba la política y era amante del estudio, para lo que poseía su propia biblioteca privada, una de las mas completas de toda grecia. Durante un tiempo estuvo interesado por la pintura, coincidiendo con el apogeo del pintor Polignoto en Atenas. Tuvo dos esposas, llamadas Melito y Quérile o Quérine. Fue amigo de Sócrates, el cual, según la tradición, sólo asistía al teatro cuando se representaban obras de Eurípides. En 408 a. C., decepcionado por los acontecimientos de su patria, implicada en la interminable Guerra del Peloponeso, se retiró a la corte de Arquelao I de Macedonia, muriendo dos años después en Pella.

Obra [editar]


Estatua de Eurípides
Se cree que escribió 92 tragedias, conocidas por los títulos o por fragmentos, pero se conservan sólo 19 de ellas, de las que una de ellas, Reso, se consideraapócrifa. Su concepción trágica está muy alejada de la de Esquilo y Sófocles. Sus obras tratan de leyendas y eventos de la mitología de un tiempo lejano, muy anterior al siglo V a. C. de Atenas, pero aplicables al tiempo en que escribió, sobre todo a las crueldades de la guerra. Los rasgos diferenciales de su obra son los siguientes:
  • Innovación en el tratamiento de los mitos.
  • Complejidad de las situaciones y personajes.
  • Humanización de los personajes, que se muestran como hombres y mujeres de carne y hueso, con pasiones y defectos que en algunos casos, se acercan a la tragicomedia.
  • Especial influencia de los problemas y polémicas del momento, que dan un aire de realismo.
  • Crítica de la divinidad tradicional desde un punto de vista tradicionalista.
  • Disminución del papel del coro.
Eurípides es conocido principalmente por haber reformado la estructura formal de la tragedia ática tradicional, mostrando personajes como mujeres fuertes y esclavos inteligentes, y por satirizar muchos héroes de la mitología griega. Sus obras parecen modernas en comparación con los de sus contemporáneos, centrándose en la vida interna y las motivaciones de sus personajes de una forma antes desconocida para el público griego.
La relación de sus obras conservadas es:
  1. Alcestis (438 a. C.) (segundo puesto)
  2. Medea (431 a. C.) (tercer puesto)
  3. Los Heráclidas (c. 430 a. C.)
  4. Hipólito (428 a. C.) (primer puesto)
  5. Andrómaca (c. 425 a. C.)
  6. Hécuba (c. 424 a. C.)
  7. Suplicantes (c. 423 a. C.)
  8. Electra (c. 420 a. C.)
  9. Heracles (c. 416 a. C.)
  10. Troyanas (415 a. C.) (segundo puesto)
  11. Ifigenia entre los Tauros (c. 414 a. C.)
  12. Ion (c. 414 a. C.)
  13. Helena (412 a. C.)
  14. Fenicias (c. 410 a. C.)
  15. Orestes (408 a. C.)
  16. Las Bacantes (406 a. C., póstuma.)
  17. Ifigenia en Áulide (406 a. C., póstuma, primer puesto.)
  18. El Cíclope, sin datar. Es su único drama satírico conservado.

La sociedad ateniense de la época se debatía entre dos opciones: la estabilidad de los valores conservadores, representada por Esquilo y Aristófanes, y el revisionismo racionalista, representado por Eurípides, Sócrates y los sofistas. La larga Guerra del Peloponeso contribuyó a la derrota de la primera opción, al comprobar que las viejas recetas de antaño no servían ya para el futuro.1 Es notoria la animadversión de Aristófanes contra Eurípides, al que ataca en sus comedias, especialmente en Las ranasLas Tesmoforias, y Las asambleístas, con chistes y alusiones de intención malévola, como la presunta baja extracción social de la madre de Eurípides, a la que califica como verdulera, cuando la realidad era que pertenecía a una familia acomodada, según indican fuentes serias como Filócoro.2 Las razones de esta manía persecutoria podrían ser dos:
  • Antagonismo ideológico con el pensamiento avanzado de Eurípides.
  • La pintura que hace Eurípides de las mujeres en sus tragedias, que las aparta del modelo tradicional muy estereotipado de la Comedia Antigua.3
Bibliografía 

Edición en castellano [editar]

  • Eurípides (1990/1998). Tragedias. Obra completa. Madrid: Editorial Gredos.
  1. Volumen I: El Cíclope. Alcestis. Medea. Los Heraclidas. Hipólito. Andrómaca. Hécuba. 1990 [1ª edición, 5ª impresión]. ISBN 978-84-249-3484-2.
  2. Volumen II: Suplicantes. Heracles. Ion. Las Troyanas. Electra. Ifigenia entre los Tauros. 1995 [1ª edición, 4ª impresión]. ISBN 978-84-249-3503-0.
  3. Volumen III: Helena. Fenicias. Orestes. Ifigenia en Áulide. Bacantes. Reso. 1998 [1ª edición, 2ª impresión]. ISBN 978-84-249-3526-9.

Sobre Eurípides [editar]

  • Tobías Nápoli, J. (1999). Los celos de Hermíone en Andrómaca y la cuestión del amor en Eurípides. Synthesis 6.
Véase también 
Eurípides
EL CÍCLOPE
PERSONAJES
SILENO, dios y padre de los sátiros
CORO DE SÁTIROS
ULISES
EL CÍCLOPE
La escena representa las rocas de la ladera del Etna ya junto al mar.
Se ve la cueva donde el Cíclope vive y guarda sus rebaños
SILENO
Oh Bromio, por ti paso infinitos trabajos
ahora y también cuando en la juventud mi cuerpo era fuerte.
Primero cuando enloquecido por Hera
dejaste a tus nodrizas las ninfas de la montaña,
después cuando en la batalla contra los hijos de la Tierra,
con la lanza a tu diestra, mi escudo junto al tuyo,
atravesé el escudo de mimbre por el medio y maté
a Encélado. Pero ¿fue esto un sueño?
No, pardiez, que le he mostrado a Baco los despojos.
Ahora aguanto un trabajo mayor que aquéllos,
porque Hera ha suscitado contra ti la raza
de piratas etruscos para que fueses vendido muy lejos,
y yo, que lo he sabido, navego con mis hijos
a ti a buscar. Y en la misma popa
yo timoneaba agarrado al redondo madero,
y mis hijos sentados al remo el mar verdiazul
hacían blanquear en remolinos, y te buscaban, ¡oh rey!
Y cuando ya habíamos navegado hasta Malea,
el viento del Este sopló sobre el mástil,
y nos echó contra esta roca del Etna,
donde habitan los hijos del dios marino que no tienen más que un ojo,
los Cíclopes matadores de hombres, que habitan cuevas desiertas.
Presos de uno de éstos, somos sus esclavos
domésticos. Al que servimos le llaman
Polifemo. En lugar de danzas báquicas
apacentamos los rebaños de un impío Cíclope.
Mis hijos en las faldas de las colinas
apacientan recentales, ellos que son jóvenes;
yo de llenar los abrevaderos y barrer la casa
tengo orden, y al impío Cíclope
le sirvo en sus criminales comidas.
Pero ahora por necesidad tengo que obedecer
y barrer la casa con este rastrillo de hierro
para que a mi señor el Cíclope, que está fuera
y a sus rebaños los reciba yo con la cueva limpia.
Ya veo a mis hijos empujando hacia acá
sus rebaños. ¿Qué pasa? Pero ¿hacéis el mismo ruido
de danzas ahora que cuando a Baco
en sus fiestas en las casas de Altea
le hacíais procesión moviéndolos al son de las canciones de las liras?
CORO
¿Adonde de nobles padres
y de nobles madres,
adonde te me irás, a qué rocas?
¿No será aquí, donde el suave viento
y la yerba verde,
y el agua arremolinada de los ríos
descansa en los bebederos junto a las
cuevas, donde por ti balan las crías?
¡Aho! ¿Pacerás esto no, no esto,
la ladera mojada de rocío?
¡Eh! Te voy a tirar una piedra;
vete, vete, cornudo,
al establo de las ovejas,
del Cíclope campestre.
Las ubres henchidas suelta,
da acceso a las crías, a las hembras
que dejas en las alcobas de los carneros.
Te echan de menos los suaves
balidos de las crías pequeñas.
¿Entrarás a la cueva
de las rocas del Etna, después de dejar
los florecientes pastos de yerba?
Esto no son, Bromio, ni danzas
ni bacantes con tirsos,
ni gritos con panderos,
ni de vino ardientes gotas
en las fuentes que dan agua,
ni remolinos de las ninfas.
Báquica canción
canto a Afrodita,
y por seguirla danzaba
con las bacantes de blancos pies.
Querido, querido Baco, ¿dónde solitario
sacudes tu rubia cabellera?
Yo tu servidor
sirvo al Cíclope
de un solo ojo, siervo errante
con este inútil capote de piel de macho cabrio,
separado de tu amistad.
SILENO
Callad, hijos míos, y en las cuevas rocosas
mandad a los servidores que reúnan los rebaños.
CORIFEO
Andad, ¿pero qué prisa, padre, tienes?
SILENO
Veo junto a la orilla el casco de una nave griega
y a los dueños del remo con un jefe
caminando hacia esta cueva, y junto al cuello
llevan cacharros vacíos, les falta comida,
y cántaros para agua. ¡Desgraciados forasteros!
¿Quiénes serán? No saben el señor
Polifemo cómo es, cuando en esta cueva cruel
se meten y a la mandíbula del Cíclope
devoradora de hombres tienen la mala suerte de llegar,
pero estaos callados para que sepamos
de dónde llegan a la roca del Etna siciliano.
ULISES
Extranjero, ¿podríais decirnos dónde en la corriente de un río
hallaríamos remedio a nuestra sed? ¿Quiere alguien
vender comida a unos marinos necesitados?
¿Qué es esto? Parece que nos hemos metido en la ciudad de Bromio,
pues veo este grupo de sátiros junto a la cueva.
Salve, digo primero al más respetable.
SILENO
Salve, forastero: dinos quién eres y tu patria.
ULISES
Ulises de Itaca, rey del país de los cefalonios.
SILENO
Ya sé de este hombre, fuerte charlatán, raza de Sísifo.
ULISES
Ése soy yo, pero no insultes.
SILENO
¿Y de dónde has venido navegando a Sicilia?
ULISES
Desde Ilios y los trabajos troyanos.
SILENO
¿Cómo? ¿Has perdido la derrota de tu tierra patria?
ULISES
Las tormentas de vientos me han traído aquí a la fuerza.
SILENO
¡Hola! Aguantas el mismo destino que yo.
ULISES
¿Qué también tú has sido traído aquí a la fuerza?
SILENO
Persiguiendo a los piratas que habían raptado a Bromio.
ULISES
¿Qué país es éste y quiénes lo habitan?
SILENO
En la orilla del Etna, el más alto monte de Sicilia.
ULISES
¿Dónde están las murallas y las torres de la ciudad?
SILENO
No las hay: las montañas están desiertas de hombres, forastero.
ULISES
¿Y quiénes ocupan la tierra? ¿Alguna especie de alimañas?
SILENO
Cíclopes que habitan cuevas y no casas.
ULISES
¿Y a quién obedecen? ¿Acaso hay democracia?
SILENO
Son nómadas, y nadie obedece á nadie.
ULISES
¿Siembran la espiga de Ceres o de qué viven?
SILENO
De leche y de quesos y de comer ovejas.
ULISES
¿Y tienen la bebida de Bromio, el jugo de viña?
SILENO
Nada de eso, pues habitan tierra triste.
ULISES
¿Sois hospitalarios y píos con los forasteros?
SILENO
Dicen que los forasteros traen carne sabrosísima.
ULISES
¿Qué dices? ¿Les gusta la carne humana?
SILENO
Nadie vino aquí que no le hayan degollado.
ULISES
¿Y el Cíclope dónde está? ¿Dentro de su casa?
SILENO
Se ha ido hacia el Etna, cazando fieras con sus perros.
ULISES
¿Sabes lo que hay que hacer para que nos vayamos de esta tierra?
SILENO
No sé, Ulises; por ti haríamos todo.
ULISES
Véndenos pan, que andamos escasos.
SILENO
No hay, como he dicho, sino carne.
ULISES
Buena es y contiene el hambre.
SILENO
También hay queso con jugo de higos y leche de vaca.
ULISES
Sacadlo, porque las compras se deben hacer con luz.
SILENO
Y di, ¿cuánto oro nos pagarás?
ULISES
No traigo oro, sino la bebida de Dioniso.
SILENO
¡Dices cosas amabilísimas, que nos faltan hace mucho!
ULISES
Pues Marón me ha dado esta bebida, hijo del dios.
SILENO
¿El que yo crié antaño en estos brazos?
ULISES
El hijo de Baco, para que te enteres bien.
SILENO
¿Está en las tablas del barco o lo traes tú?
ULISES
¿Este pellejo que lo guarda, lo ves, viejo?
SILENO
Con eso no tengo yo ni para llenar el gaznate.
ULISES
Dos veces el líquido que salga, este pellejo guarda.
SILENO
Buena fuente has dicho, y agradable para mí.
ULISES
¿Quieres que te dé a probar primero vino puro?
SILENO
Justa cosa, pues la prueba hace la venta.
ULISES
Traigo un vaso con el pellejo.
SILENO
Trae y escáncialo con gluglú, para que recuerde yo esto de beber.
ULISES
Toma.
SILENO
¡Huy! ¡Qué buen olor tiene!
ULISES
¿Lo has visto?
SILENO
No, que lo estoy oliendo.
ULISES
Prueba ahora, para que no lo ensalces sólo de palabra.
SILENO
¡Ay! A bailar me exhorta Baco.
¡Ah, ah, ah!
ULISES
¿Qué, ha hecho bien gluglú en tu garganta?
SILENO
Me ha llegado hasta el extremo de las uñas.
ULISES
Además de esto te daremos moneda.
SILENO
Suelta sólo el pellejo, déjate de dinero.
ULISES
Sacad ahora quesos o crías de ovejas.
SILENO
Lo haré así, dándoseme poco de mi señor.
Por beber una sola copa me volvería loco
y daría en cambio los rebaños de todos los Cíclopes,
y me tiraría al mar desde una roca resbaladiza,
una vez borracho, desarrugado el entrecejo.
¡Cómo el que bebe y no goza está loco,
cuando se puede levantar esto
y agarrar un pecho y el dispuesto
prado tocar con las dos manos, y danzar
olvidando desgracias! ¿No compraré, pues,
esta bebida, mandando a llorar
la insensatez del Cíclope y su ojo único?
CORIFEO
Oye, Ulises, te queremos decir algo.
ULISES
Venís como amigos a un amigo.
CORIFEO
¿Tomasteis Troya y la sumisa Helena?
ULISES
Y hemos destruido toda la casa de los priámidas.
CORIFEO
Pues cuando habéis conquistado a la muchacha,
¿no la habéis disfrutado todos
puesto que le gusta casarse con muchos?
La traidora, que los pantalones de colores
vio en las piernas y el collar
de oro que llevaba al cuello,
salió de mí y al mamarracho de Menelao,
que era mejor, dejó. ¡Nunca la raza
de las mujeres debió nacer... sino para mí solo!
SILENO
Aquí tenéis vosotros estos corderos,
rey Ulises, crías de bajadores carneros,
y no escasos quesos de leche cuajada.
Lleváoslo y marchaos cuanto antes de estas cuevas,
en cuanto me deis la bebida del racimo de Baco.
¡Ay de mí! Aquí viene el Cíclope. ¿Qué haremos?
ULISES
Estamos perdidos, viejo: ¿por dónde hay que huir?
SILENO
Dentro de esa roca, donde os podéis esconder.
ULISES
Cosa horrible has dicho, meternos en las redes.
SILENO
No es horrible, hay muchas salidas de la roca.
ULISES
No, no. Mucho que gemiría Troya
si yo huyese de este hombre solo, cuando gente infinita
de frigios aguanté muchas veces con mi escudo.
Mas si hay que morir, muramos noblemente,
y si vivo salvaré mi fama de antes.
CÍCLOPE
Vamos, ¡paso! ¿Qué es esto? ¿Qué libertad es ésta?
¿Qué bailáis? Esto no es Dioniso
ni panderetas de bronce ni golpes de tambor.
¿Cómo están en la cueva mis crías recién nacidas?
¿Están en la teta debajo del costado
de sus madres?, ¿en los cestillos de junco
está la cantidad de quesos ordeñados?
¿Qué decís? ¿Qué habláis? ¡Me parece que alguno de vosotros con el palo
va a soltar lágrimas! Mirad arriba y no hacia abajo.
CORIFEO
Ea, ya estamos mirando al mismo Zeus,
y estoy viendo las estrellas y Orion.
CÍCLOPE
¿Y la comida está bien preparada?
CORIFEO
Ahí está. No falta más que preparar la garganta.
CÍCLOPE
¿Y también están las colodras llenas de leche?
CORIFEO
Tanto que puedes beberte, si quieres, una tinaja entera.
CÍCLOPE
¿De oveja, de vaca o mezclada?
CORIFEO
La que quieras tú, con tal que no te me tragues a mí.
CÍCLOPE
De ninguna manera: en mi barriga
saltando, me matarías con esas danzas.
¡Hola! ¿Qué gente veo en el corral?,
¿qué piratas o ladrones han llegado a esta tierra?
Veo aquí estos corderos de mis cuevas
atados con juncos retorcidos
y revueltos los quesos, y al viejo
con la cara y la calva hinchada de golpes.
SILENO
¡Ay de mí! Ardo de fiebre de los palos.
CÍCLOPE
¿De quién? ¿Quién te ha dado puñetazos en la cabeza, viejo?
SILENO
Éstos, Cíclope, porque no permitía se llevaran lo tuyo.
CÍCLOPE
¿No sabían que yo era un dios descendiente de dioses?
SILENO
Ya les decía yo esto. Pero ellos se llevaban los rebaños
y se comían el queso, que no les permitía yo,
y se llevaban los corderos. A ti, que te atarían
con una cincha de tres codos por medio del ombligo
decían, y que te sacarían a la fuerza las tripas
y que te pelarían bien la espalda con un azote
y después que te atarían y en los bancos
de la nave te echarían y te venderían a alguien
para que arrancases piedra o te pusieran a una rueda de molino.
CÍCLOPE
¿De veras? ¿No vas corriendo a afilar
cuchillos y espadas, y a encender
un gran haz de leña? Para degollarlos en seguida
y que llenen mi vientre; de la brasa
comeré comida caliente, distinta de lo que se suele,
y de calderas, cocidas y blanda.
¡Qué harto estoy de comida de monte!
Basta de comer leones
y ciervos; se me ha olvidado el gusto de la carne humana.
SILENO
Señor, la novedad es más agradable
que la costumbre. Últimamente, en verdad, no
han llegado forasteros a tu cueva.
CORIFEO
Cíclope, escucha también a los forasteros.
Nosotros en necesidad, por comprar comida
nos hemos acercado a tu cueva desde nuestra nave.
Y éste los corderos por un pellejo de vino nos
vendió y cedió, recibiendo bebida,
por su voluntad y la nuestra, y ninguna fuerza ha habido en ello.
Éste nada de lo que dice es verdad,
pues hasle sorprendido vendiendo a escondidas lo tuyo.
SILENO
¿Yo? Así te mueras.
ULISES
Si miento.
SILENO
Por Poseidón el que te ha engendrado, Cíclope,
por el gran Tritón y Nereo,
por Calipso y las hijas de Nereo,
por las sagradas olas y toda la raza de los peces,
te juro, hermosísimo ciclopito,
señorín mío, que yo no vendía tus
cosas a los extranjeros. O que estos miserables
hijos míos perezcan miserablemente, los que yo más quiero.
CORIFEO
Detente. Yo mismo a los extranjeros las cosas
vendiendo te he visto. Y si digo mentira
que se muera mi padre; no ofendas a los extranjeros.
CÍCLOPE
Mentís: yo de éste más que de Radamanto
me fío, y digo que más justo es.
Quiero preguntar: ¿de dónde venís, extranjeros?,
¿de dónde sois, qué ciudad os ha creado?
ULISES
Somos de raza de Itaca, de Ilios venimos
después de destruir la ciudad, y los vientos marinos
nos han empujado y traído a tu tierra, Cíclope.
CÍCLOPE
¿Los que perseguisteis el rapto de la pésima
Helena, hasta la ciudad de Ilios vecina del Escamandro?
ULISES
Ésos, después de soportar un terrible trabajo.
CÍCLOPE
Mala campaña, los que por una sola
mujer habéis navegado hasta la tierra de los frigios.
ULISES
Cosa de un dios. No acuso a mortal ninguno.
Nosotros, ¡oh noble hijo del dios marino!,
te suplicamos y te decimos abiertamente
que no sufras a los huéspedes que han llegado a tu cueva
matar y servir de impío alimento a tus quijadas,
nosotros que, ¡oh rey!, a tu padre sedes de templos
hemos respetado en los repliegues de la tierra de Grecia.
El sagrado puerto de Ténaro sigue intacto
y los extremos refugios de Malea y la de Sunion
de la divina Atenea argentífera roca segura está;
y los refugios de Geresto; de Grecia
los insultos duros no volcamos en frigios
con los que tú estuvieses, pues senos de Grecia
habitas al pie del Etna, la ígnea roca.
Ley es para los mortales, si razones rechazas,
recibir a los suplicantes castigados por el mar
y darles los dones de hospitalidad y suministrarles vestidos,
y no atravesar sus miembros en barras de asar terneros
y llenarte con ellos vientre y boca.
Bastantes viudas en Grecia ha hecho la tierra de Príamo,
que se ha bebido la muerte llegada en una lanzada a muchos cadáveres
y ha llevado la desgracia a tantas mujeres enviudadas, a tantas ancianas
ya sin hijos y a tantos canosos padres. Si a los sobrevivientes
tú asas y devoras en cruel banquete,
¿adonde se habrá de ir? Hazme caso, Cíclope;
deja lo cruel de tu mandíbula, y lo piadoso
toma en vez de lo impío, pues a muchos
el provecho malo castigo se les volvió.
SILENO
Quiero darte un consejo: de las carnes
de éste nada dejes. Si te comes su lengua,
diserto te harás y oradorcísimo, Cíclope.
CÍCLOPE
Hombrecillo, para los sabios el provecho es dios.
Lo demás, vanidades y adornos de palabras.
Los promontorios del mar fundados por mi padre
deseo lo pasen bien. ¿Por qué los voy a tomar en cuenta?
Yo, extranjero, no temo el rayo de Zeus,
ni sé por qué Zeus es un dios mejor que yo.
Lo demás no me importa, y escucha por qué no me importa:
cuando cae la lluvia de lo alto
en esta roca tengo refugios cubiertos,
y un ternero cocido o cualquier animal
como, remojo bien la panza hasta el fondo
bebiéndome un ánfora de leche, y mi trompa
hago resonar tronando, en competencia con los truenos de Zeus.
Y cuando el viento de las montañas de Tracia vierte nieve,
envuelvo mi cuerpo en pieles de animales,
enciendo fuego, y de la nieve nada se me da.
La tierra, por fuerza, si quiere como si no quiere,
da a luz la yerba que engorda a mis ovejas.
Y yo no las sacrifico sino para mí, que no a ningún dios,
y para este vientre, que es el mayor de los dioses.
Comer y beber todos los días,
ése es el dios supremo de los hombres sabios,
y no darse pena ninguna. Los que las leyes
han hecho que compliquen la vida humana,
que lloren. Yo no dejaré
de hacer bien a mi alma y devorarte a ti.
Dones de hospitalidad tendrás, para que yo esté sin remordimiento:
este fuego de mi padre y la caldera que hervida
contendrá bien tu carne.
Mas pasad adentro, junto al dios del corral,
para que estéis alrededor del altar y me sirváis para pasarlo bien.
ULISES
¡Ay, ay! De los trabajos de Troya me libré
y de los del mar, pero ahora de un hombre impío
he encontrado la mente y el equivocado corazón.
¡Oh Palas! ¡Diosa, señora, hija de Zeus!
Ahora, ahora, acórreme, que a mayores fatigas
que las de Dios he llegado, y al borde del peligro.
Y tú, que habitas la sede de los astros lucientes,
Zeus, protector del forastero, mira esto ; si esto no lo ves,
un Zeus divino rige que no es nada.
CORIFEO
De tu ancha garganta, ¡oh Cíclope!,
abre la puerta de tu labio: listos para ti,
cocidos y asados, golosinas de la brasa
para roer, puedes trinchar los miembros de los extranjeros,
en una peluda piel de cabra recostado.
No, no me delates:
trae sólo tú para mí solo la barca de navegar.
Y adiós este corral,
y adiós de víctimas
sin altar los sacrificios
del Cíclope del Etna, que las carnes
de sus huéspedes disfruta devorando.
Cruel es, ¡ay de mí!, el que
los huéspedes de su casa,
suplicantes de su hogar, sacrifica,
trincha y roe,
y cocidos desmenuza con criminales dientes
carnes de hombres calientes a la brasa.
ULISES
Zeus, ¿qué diré cuando he visto en la cueva cosas horrendas
e increíbles, que a cuentos se parecen, no a obras de hombre?
CORIFEO
¿Qué sucede, Ulises? ¿Se está merendando a tus
queridos compañeros el muy impío Cíclope?
ULISES
Dos; los examinó y se los llevó en sus manos, los que estaban en mejores
carnes.
CORIFEO
¿Cómo, desgraciado, os ha sucedido esto?
ULISES
Después que entramos en la roca,
lo primero encendió fuego, de alta encina
tronchos echando en el amplio hogar,
como para cargar tres carros.
Después, de hojas de abeto en la tierra
extendió una cama cerca de la llama del fuego.
Llenó una colodra como de diez ánforas,
después de ordeñar a las vacas, de blanca leche.
Al lado puso una capa de yedra de ancho de tres
codos y cuatro de hondo, según parecía.
Puso a cocer al fuego una caldera de bronce
y a enrojecerse al fuego los extremos de los asadores
de ramas de espino aguzados con una hoz
y cuchillos del Etna con filo de hacha.
Cuando todo estaba dispuesto para el odioso
cocinero del infierno, agarró dos hombres,
y degolló a uno de mis compañeros en orden
y echóle al hueco de la caldera de bronce forjado,
mas al otro, le cogió del pie
y le dio un golpe contra un agudo filo de la roca,
y los sesos se derramaron, y arrancó
con un cuchillo afilado las carnes y las asó al fuego,
y los miembros los echó a cocer a la caldera.
Y yo, infeliz de mí, de mis ojos derramando lágrimas,
acerquéme al Cíclope y le servía.
Los demás, como pájaros, en los repliegues de la roca
estaban asustados, y no tenían gota de sangre en el cuerpo.
Y después que saciado de carne de mis compañeros
se dejó caer, y soltó un profundo regüeldo,
se me ocurrió una cosa divina: llené la copa de vino
de Marón y se la alargué a él a beber
diciendo: —«Hijo del dios marino, Cíclope,
mira esta de las viñas divina bebida,
orgullo de Dioniso, que Grecia te envía»—.
Y él, que estaba lleno de su comida desvergonzada,
la tomó, levantó la gran copa
y extendió el brazo y brindó: —«El más querido de los huéspedes,
la buena bebida para la buena comida dame»-.
Cuando yo vi que le había gustado, le di otra copa, sabiendo que
el vino le heriría y pronto nos pagaría el castigo.
Y se puso a cantar, y yo le serví
una tras otra, y le calenté con la bebida las entrañas.
Cantaba entre mis llorosos compañeros de navegación
sin ningún arte, y la cueva retumbaba. Salí yo
en silencio, y quiero que nos salvemos yo y tú, si quieres,
mas decidme si necesitáis o no necesitáis
huir de este hombre imposible y habitar
los palacios de Baco con las ninfas náyades.
A tu padre, que está allá dentro, le parece así.
Pero está débil y disfrutando de la bebida,
pegado a la copa como si fuera liga, pájaro
moviendo las alas. Tú, puesto que eres joven,
escápate conmigo, y a tu antiguo amigo
Dioniso recupera, que en nada se parece al Cíclope.
CORIFEO
Querido amigo, ¡ojalá viéramos el día
en que huyéramos el impío rostro del Cíclope!
Mucho tiempo hace ya que estamos
viudos, y no podemos huir.
ULISES
Escucha, pues, ahora el castigo que tengo
para este dañino animal y la escapatoria de tu esclavitud.
CORIFEO
Dinos, que no podríamos ruido de asiática
cítara más agradable oir sino que el Cíclope se había muerto.
ULISES
De fiesta quiere ir con sus hermanos
los Cíclopes, alegre con esta bebida de Baco.
CORIFEO
Comprendo: ¿cogerle a solas en la espesura
y degollarle piensas, o tirarle rocas abajo?
ULISES
Nada de esto, mi plan es de astucia.
CORIFEO
¿Cómo entonces? Ya hace mucho que hemos oído que eres listo.
ULISES
Le quitaré de ir a la fiesta, diciendo
que no debe darle esta bebida a los Cíclopes,
y que debe pasarlo bien a solas.
Y cuando se duerma vencido por Baco,
un tronco de olivo hay en la casa
cuya punta aguzaré con esta espada,
y lo meteré en el fuego: y en cuanto quemado
lo vea, lo levantaré ardiendo y en medio
del ojo del Cíclope lo meteré y se lo derretiré.
Como un hombre que construye un barco
y hace girar el trépano con dos riendas,
así daré vueltas al tizón en el ardiente
ojo del Cíclope y quemaré su iris.
CORIFEO
¡Ay, ay!
¡Qué alegría! ¡Estamos locos con esta invención!
ULISES
Y después contigo y los compañeros y el viejo
me meteré en el hueco casco de la nave
y os llevaré con los remos dobles lejos de esta tierra.
CORIFEO
¿Hay modo de que yo, como en la fiesta de un dios,
agarre del madero que le ciegue
los ojos? Quiero tomar parte en esta empresa.
ULISES
Es preciso. Grande es el madero que hay que levantar.
CORIFEO
La carga de cien carros levantaría
si del Cíclope, que mala muerte tenga,
al ojo damos humazo como a un avispero.
ULISES
Callad ahora, ya sabéis el engaño:
y cuando mande, la voz de mando
habéis de obedecer. Yo, dejando a mis amigos
los que están dentro, no voy a salvarme solo.
Ya podría yo huir, pues estoy fuera de la cueva,
mas no es justo que deje a mis amigos,
con los que aquí llegué, para salvarme solo.
CORO
Vamos, ¿quién el primero, quién el siguiente
puesto tendrá para sujetar el mango del tizón
que metido dentro de los párpados del Cíclope
su luciente ojo achicharrará?
Silencio, callad. Que borracho
un ingrato ruido canta,
mal cantor y lamentándose
sale fuera de su casa rocosa.
Ea, pues, eduquemos para las fiestas
a este ignorante.
Está ya a punto de quedarse ciego.
Feliz el que canta
en las caras fuentes de racimos
bien dispuesto para la fiesta,
abrazado a un amigo
y teniendo en los vellocinos
la flor de una hermosa amiga,
brillante racimo
perfumado, y grita: “¿Quién me abrirá la puerta?”
CÍCLOPE
¡Oh, oh, oh! Lleno estoy de vino,
y con la comida florezco de juventud,
como un barco mercante lleno
hasta el puente de la barriga.
Y alegre comida me lleva
a la fiesta en la primavera
donde mis hermanos los Cíclopes.
Venga, forastero, venga, dame el pellejo.
CORO
Buena mirada la de su ojo,
y hermoso sale de la casa.
Algún dios que bien nos quiere.
Una lámpara ardiente te
espera como una tierna novia
dentro de la húmeda cueva.
De coronas varios colores
alrededor de tu cabeza mezcláronse acaso.
ULISES
Cíclope, oye, que yo de este
Baco soy el experto, del que te di a beber.
CÍCLOPE
¿Y Baco qué clase de dios es?
ULISES
El mayor para alegrar la vida de los hombres.
CÍCLOPE
Yo le estoy eructando con buen sabor.
ULISES
Tal es el dios: a ningún mortal hace daño.
CÍCLOPE
¿Y un dios cómo es que se contenta con un pellejo para casa?
ULISES
Donde uno le vierta, allí acomódase él en seguida.
CÍCLOPE
Los dioses no debían guardar su cuerpo en un pellejo.
ULISES
¿Por qué no, si te agrada? ¿Te ha sabido mal el pellejo?
CÍCLOPE
Asco tengo del pellejo, me gusta esta bebida.
ULISES
Pues quédate aquí, bebe y disfruta, Cíclope.
CÍCLOPE
¿No puedo dar a mis hermanos de esta bebida?
ULISES
Si la guardas para ti, parecerás más honrado.
CÍCLOPE
Y si se la doy a los míos más amable.
ULISES
Las fiestas terminan en puñadas y en disputas e insultos.
CÍCLOPE
Bebamos, nadie puede ni tocarme.
ULISES
Amigo, el que está bebido tiene que quedarse en casa.
CÍCLOPE
Tonto es el que cuando bebe no gusta de la fiesta.
ULISES
El que se queda en casa cuando está borracho, prudente es.
CÍCLOPE
¿Qué haré, Sileno? ¿Te parece a ti que me quede?
SILENO
Parece que sí. ¿Para qué necesitas de otros convivas, Cíclope?
CÍCLOPE
Lanosa está aquí la tierra con yerba florida.
SILENO
Y al calor del sol bueno es beber.
Recuéstate ahora y pon tu costado en el suelo.
CÍCLOPE
¿Por qué pones el cántaro detrás de mí?
SILENO
Para que no lo vuelque alguien que pase.
CÍCLOPE
Beber, pues,
a hurtadillas es lo que quieres: déjalo aquí en medio.
Tú, extranjero, dime el nombre con que hay que llamarte
ULISES
Nadie: ¿por qué favor tengo que alabarte?
CÍCLOPE
De todos tus compañeros el último te devoraré.
SILENO
Buen favor haces al extranjero, Cíclope.
CÍCLOPE
Tú, ¿qué haces? ¿Te bebes el vino a escondidas?
SILENO
No, ha sido que el cántaro me ha dado un beso porque estoy guapo.
CÍCLOPE
Vas a llorar por besar al vino que no te quiere besar.
SILENO
Por Zeus, que dice que me quiere porque soy guapo.
CÍCLOPE
¡Echa! Lléname la copa. Dámelo ya.
SILENO
¿Cómo está de temperado? Ea, ¿me dejas que lo vea?
CÍCLOPE
¡Me matas! Dámelo así.
SILENO
No, por Zeus, mientras no te vea
coger una corona, y probaré un poco
CÍCLOPE
Malo es el copero.
SILENO
No, por Zeus, sino bueno el vino.
Suénate las narices para que tomes de beber.
CÍCLOPE
Mira, limpios están mis labios y los pelos míos.
SILENO
Pon ahora el codo con gracia y después bebe,
según me ves bebiendo... y no me ves.
CÍCLOPE
¡Ah, ah! ¿Qué haces?
SILENO
Bien me ha sabido esta copa grande.
CÍCLOPE
Toma, extranjero, sé tú mi copero.
ULISES
La viña tiene conocimiento con mi mano.
CÍCLOPE
Vamos, echa ahora.
ULISES
Echo, pero cállate.
CÍCLOPE
Cosa difícil mandas para quien ha bebido mucho.
ULISES
Toma, bebe y no dejes nada.
Con el vino tiene que acabar el que da esos tragos.
CÍCLOPE
¡Ah! ¡Ingeniosa es la cepa!
ULISES
Y si bebes a tragos mucho para mucha comida,
humedeciendo tu vientre sin sed, para el sueño es.
Y si interrumpes, Baco te deja flaco.
CÍCLOPE
¡Ay, ay!
Empiezo a cabecear: sin mezcla fue el gusto.
El cielo me parece que mezclado
con la tierra da vueltas, y el trono de Zeus
veo y toda la santa religión de los dioses.
No besaría... mas las gracias me tientan.
Bastante descansaría teniendo a ese Ganimedes,
¡por las gracias! Me gustan
más los mancebos que las muchachas.
SILENO
¿Yo soy el Ganimedes de Zeus, Cíclope?
CÍCLOPE
Sí por Zeus, que le rapto yo de la tierra de Dárdano.
SILENO
Estoy perdido, muchachos, voy a sufrir horribles males.
CÍCLOPE
¿Pones peros a tu amante y te ríes de él porque está bebido?
SILENO
¡Ay de mí, que pronto voy a yer un vino amarguísimo!
ULISES
¡Vamos, hijos de Dioniso, nobles muchachos!
Dentro está el hombre. Entregado al sueño,
pronto de su criminal gaznate echará la carne,
que ya el madero en el corral está echando humo.
Se prepara nada menos que a quemar el ojo del Cíclope,
pero has de ser hombre.
CORIFEO
Voluntad de roca y de diamante tendremos.
Mas corre a la casa, antes que mi padre sufra
cosas horribles, que ya nos tienes aquí dispuestos.
ULISES
¡Hefesto, rey del Etna, de tu mal vecino
quema el ojo brillante y quítatelo de en medio de una vez!
¡Y tú, hijo de la Noche negra, Sueño,
ven sin mezcla sobre este animal odioso,
y que no muera Ulises mismo y los marineros
a manos de un hombre que nada se preocupa de los dioses ni de los
hombres!
Si no, habrá que pensar que la Fortuna es divina,
y que las cosas divinas a la Fortuna son inferiores.
CORO
El cuello agarrará
con fuerza el cangrejo
del que devora a los forasteros, y pronto con el fuego
quemará su luciente iris:
ya el madero carbonizado
se esconde en la ceniza, de encina inmenso retoño:
Mas ea, Marón, hágase:
sea arrancado el ojo del enloquecido
Cíclope, para que beba en mala hora.
Yo a Baco, el que ama las coronas de yedra,
al deseable, quiero ver,
y dejar las soledades del Cíclope.
¿Mas llegaré hasta eso?
ULISES
Callaos, por los dioses, animales; estaos quietos,
y poned paz en el quicio de vuestra boca. Ni respirar os dejaré,
ni que haga un guiño ni que escupa nadie,
para que no se despierte ese monstruo antes que del ojo
del Cíclope la vista se borre con el fuego.
CORIFEO
Callémonos y traguémonos el resuello de nuestras bocas.
ULISES
Ea, pues, a coger con vuestras manos el madero
allá dentro, que ya está bien rojo.
CORIFEO
¿No dirás quienes tienen que coger primero
la estaca ardiendo y quemar el ojo
del Cíclope? Para que gocemos de esta fortuna.
SEMICORO
Nosotros estamos demasiado lejos, junto a la puerta,
para meter el fuego en su ojo.
SEMICORO
Nosotros nos hemos quedado cojos hace un momento.
SEMICORO
Lo mismo nos pasa a nosotros, y las piernas
mientras aquí estamos se nos han distendido no sé por qué.
ULISES
¿De pie se os han distendido?
SEMICORO
Y los ojos
se nos han llenado de polvo o de ceniza de no sé dónde.
ULISES
Hombres cobardes éstos, cobardes aliados.
CORIFEO
¿Porque me compadezco de mi espalda y mi rabadilla
y no quiero echar las muelas
a palos, lo tomas a mal?
Pero yo sé un buen encanto de Orfeo
para que el madero por sí marche
a la cabeza y se encaje en el único ojo del hijo de la Tierra.
ULISES
Ya sabía yo que ése era tu natural,
y ahora lo sé mejor. De mis propios amigos
habré de servirme. Si nada puedes con tu brazo,
animadnos llevando el compás, para que valor
los amigos con tus ritmos tengamos.
CORIFEO
Así lo haré: en cabeza ajena me las den todas.
Que con mis voces achicharren al Cíclope.
CORO
¡Eh, eh!
Empujad valientes, adelante,
quemadle la ceja
al monstruo que devora a los huéspedes.
Quemadle, abrasadle,
al pastor del Etna.
Dale vueltas, tira, mira, no sea que loco de dolor
te haga alguna tontería.
CÍCLOPE
¡Ay de mí, que me han hecho carbón mi ojo relampagueante!
CORIFEO
Hermoso himno. ¡Cántamelo, Cíclope!
CÍCLOPE
¡Ay de mí, que me han engañado, me han matado!
Mas no os encaparéis de esta roca
contentos. Nadie, porque en la puerta
me pongo de esta cueva y os echaré mano.
CORIFEO
¿Qué gritas, Cíclope?
CÍCLOPE
¡Muerto soy
CORIFEO
Feo estás.
CÍCLOPE
Y además desgraciado.
CORIFEO
¿Es que te has caído borracho en las ascuas?
CÍCLOPE
Nadie me ha matado.
CORIFEO
¿Nadie entonces te ha molestado?
CÍCLOPE
Nadie me ha cegado mi ojo.
CORIFEO
¿Entonces no estás ciego?
CÍCLOPE
Así tú lo estuvieras.
CORIFEO
¿Y cómo es que nadie te ha cegado?
CÍCLOPE
Te burlas. ¿Dónde está Nadie?
CORIFEO
En ninguna parte, Cíclope.
CÍCLOPE
El extranjero, para que te enteres bien, me ha matado;
el maldito, que con darme bebida me ha hundido.
CORIFEO
El vino es terrible, y malo de resistir.
CÍCLOPE
¡Por los dioses!, ¿han huido o están dentro de casa?
CORIFEO
En silencio éstos al abrigo de la roca
agarrados están.
CÍCLOPE
¿De qué lado?
CORIFEO
A tu derecha.
CÍCLOPE
¿Dónde?
CORIFEO
Junto a la misma roca.
¿Los alcanzas?
CÍCLOPE
Desgracia sobre desgracia. La cabeza
del golpe me he roto.
CORIFEO
¿Qué, se te han escapado?
CÍCLOPE
¿No dices que estaban de esta parte?
CORIFEO
No, de ésta digo.
CÍCLOPE
¿Dónde?
CORIFEO
Da la vuelta, hacia allá, a la izquierda.
CÍCLOPE
¡Ay, os reís de mí! Me hacéis burla en la desgracia.
CORIFEO
De ninguna manera, sino que delante de ti está Nadie.
CÍCLOPE
Malvado, ¿dónde estás?
ULISES
Lejos de ti,
que buena guardia pongo a Ulises.
CÍCLOPE
¿Qué dices? ¿Has cambiado de nombre y le dices nuevo?
ULISES
Ulises es el que me puso mi padre.
Me tenías que pagar la pena por tu impío banquete;
pues en vano habríamos quemado Troya
si no te hubiera castigado por el asesinato de mis compañeros.
CÍCLOPE
¡Ay, ay! Se cumple un viejo oráculo,
que decía que a manos tuyas perdería la vista
cuando volvieras de Troya, pero tú también
anunció que pagarías la pena por ello
navegando mucho tiempo en el mar.
ULISES
Que gimieras te deseé y cumplí lo que anunciara,
que yo me voy a la orilla, y la nave
meteré en el mar de Sicilia hacia mi patria.
CÍCLOPE
No, porque arrancaré esta roca
y te la arrojaré para machacarte con tus marineros.
Me voy hacia allá arriba, aunque estoy ciego,
y entraré por mi pie en este pasadizo.
CORIFEO
Y nosotros, que marineros de Ulises
somos, en lo sucesivo volveremos a servir a Baco.
FIN