miércoles, 25 de febrero de 2009

Antón Pávlovich Chéjov - Biografia - Bibliografia - El Talento - El Camaleón

Antón Pávlovich Chéjov
Chéjov y Gorki
Chejov
Antón Pávlovich Chéjov (en ruso Антон Павлович 
Чехов), (Taganrog, 17 de enerojul./ 29 de enero de 1860greg. - Badenweiler (Alemania), 2 de juliojul./ 15 de julio de 1904greg.) fue un escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente naturalista, fue maestro del relato corto.
Chéjov nació en Taganrog, el puerto principal del Mar de Azov. Era hijo de un tendero y nieto de un siervo que compró su libertad. Chéjov era el tercero de seis hermanos. Su padre les impartió una disciplina estricta y muy religiosa.
El padre de Chéjov empezó a tener serias dificultades económicas en 1875; su negocio quebró y se vio forzado a escapar a Moscú para evitar que lo encarcelaran. Hasta que no finalizó sus estudios de bachillerato en 1879, Antón no se reunió con su familia. Comenzó a estudiar Medicina en la Universidad de Moscú.
En un intento de ayudar a su familia, Chéjov empezó a escribir relatos humorísticos cortos y caricaturas de la vida en Rusia bajo el pseudónimo de “Antosha Chejonté”. Se desconoce cuántas historias escribió Chéjov durante este periodo, pero se sabe que se ganó con rapidez fama de buen cronista de la vida rusa.
Chéjov se hizo médico en 1884 pero siguió escribiendo para diferentes semanarios. En 1885 comenzó a colaborar con la Peterbúrgskaya gazeta con artículos más elaborados que los que había redactado hasta entonces. En diciembre de ese mismo año, fue invitado a colaborar en uno de los periódicos más respetados de San Petersburgo, el Nóvoye vremia. En 1886 Chéjov se había convertido ya en un escritor de renombre. Ese mismo año publicó su primer libro de relatos, Cuentos de Melpómene; al año siguiente ganó el Premio Pushkin gracias a la colección de relatos cortos Al Anochecer.
En 1887 a causa de una debilitación de su salud (primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría con su vida) Chéjov viajó hasta Ucrania. A su regreso se estrenó su obra La Gaviota, un éxito que interpretó la compañía del Teatro de Arte de Moscú, tras una primera interpretación absolutamente desastrosa en el teatro Alexandrinski de San Petersburgo un año antes. El éxito que cosechó fue debido en gran medida a la compañía del Teatro del Arte de Moscú, anteriormente citada, que dirigida por Konstantín Stanislavski había visto la necesidad de crear un nuevo medio artístico basado en la naturalidad del actor para expresar de manera adecuada las tribulaciones y los sentimientos de los personajes de Chéjov.
Antón escribió tres obras más para esta compañía: Tío Vania (1897), Las Tres Hermanas (1901) y El Jardín de los Cerezos (1904), todas ellas de gran éxito. En 1901 contrajo matrimonio con Olga Leonárdovna Knípper, una actriz que había actuado en sus obras.
Aparte de su faceta como autor teatral, Chéjov destacó como autor de relatos, creando unos personajes atribulados por sus propios sentimientos que constituyen una de las más acertadas descripciones del abanico de variopintas personas de la Rusia zarista de finales del siglo XIX y principios del XX. Destacar el relato Campesinos de 1897, el inquietante El pabellón nº 6 de 1892 y el apasionado La dama del perrito publicado en 1899, que surgió como contraposición a Anna Karénina de Tolstói, ya que el propio autor afirmó que "no deseo mostrar una convención social, sino mostrar a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen. No podía censurarlos por un acto de amor."
Chéjov pasó gran parte de sus 44 años gravemente enfermo a causa de la tuberculosis que contrajo de sus pacientes a finales de 1880. La enfermedad lo obligó a pasar largas temporadas en Niza (Francia) y posteriormente en Yalta (Crimea), ya que el clima templado de estas zonas era preferible a los crueles inviernos rusos.
Antón Chéjov murió a causa de las complicaciones provocadas por la tuberculosis en Badenweiler (Alemania), lugar en el que se encontraba para recibir tratamiento en una clínica especializada. Está enterrado en el cementerio Novodévichi en Moscú.
Aunque ya era conocido en Rusia antes de su muerte, Chéjov no se hizo internacionalmente famoso hasta los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando las traducciones de Constance Garnett al inglés ayudaron a popularizar su obra.
Las obras de Chéjov se hicieron tremendamente famosas en Inglaterra en la década de los 20 y se han convertido en todo un clásico de la escena británica. En Estados Unidos, autores como Tennessee Williams, Raymond Carver o Arthur Miller utilizaron técnicas de Chéjov para escribir algunas de sus obras.
Obras 
Teatro
Platónov (1881) - cuatro actos
Sobre el daño que hace el tabaco (1886-1902)
Ivánov («Иванов» - 1887) - cuatro actos, gran éxito de escena
El oso (1888) - comedia de un acto
Una propuesta de matrimonio (1888-1889) - un acto
El demonio de madera (1889) - un acto
La gaviota («Чайка» - 1896)
Tío Vania («Дядя Ваня» - 1899-1900)
Las tres hermanas («Три сестры» - 1901)
El jardín de los cerezos («Вишнёвый сад» - 1904)
Obras de no-ficción
Un viaje a Sajalín («Остров Сахалин» - 1895)
Algunos títulos de sus relatos cortos y cuentos:
La estepa
Intrigas
Luces
Ostras
El Doctor
Felicidad
En el exilio
Mi vida
En Navidad
El obispo
La dama del perrito
Decepción
El pabellón nº 6
Los Campesinos
La muerte de un funcionario
Se fue
Aniuta
Vanka
La tristeza
¡Chist!
El álbum
Los mártires
La máscara
El gordo y el flaco
Bibliografía 
Janet Malcolm, Leyendo a Chéjov, Alba, Barcelona, 2004
E. Salgado Gómez, Chéjov, el médico escritor, Barcelona, 1968
N. I. Némirovsky, La dramática vida de A. Chéjov, Buenos Aires, 1961
Némirovsky, Irène (1991). La vida de Chéjov. Noguer Ediciones. ISBN 978-84-279-0675-4.
Donald Rayfield, Anton Chekhov – A Life. London: HarperCollins, 1997; New York: Henry Holt, 1998. ISBN 1-85399-426-X
Chekhov, Anton Pavlovich. Los campesinos y otros cuentos .— 2. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1947 . — 149 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La cerilla sueca .— 3. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1946 . — 165 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Un crimen . — [S.l.] : Joyas Literarias, 1925 . — 101 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Historia de mi vida . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1943 . — 151 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. El jardín de los cerezos .— 3. ed. . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1947 . — 151 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. El loco . — [S.l.] : Joyas Literarias, 1924 . — 115 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La sala número seis y otros cuentos . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1949 . — 146 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. La señora del perro y otros cuentos . — Buenos Aires : Espasa-Calpe Argentina, 1948 . — 166 p.
Chekhov, Anton Pavlovich. Teatro completo . — Madrid : Aguilar, 1979 . — 895 p. ; ilus.
E L      T A L E N T O
El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la
casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado
en la cama, sumido en una dulce melancolía
matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas
se deslizan por el firmamento; un viento, frío y
recio, inclina los árboles y arranca de sus copas
hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza
singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque
es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes
en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le
consuela el pensar que al día siguiente no estará ya
en la quinta.
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está
cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo
género de efectos domésticos. Se han quitado ya los
visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los
habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la
ciudad.
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en
busca de carruajes para la mudanza.
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la
ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven.
Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de
cosas. Habla por los codos; pero no encuentra
palabras para expresar sus sentimientos, y mira con
tristeza, al par que con admiración, la espesa
cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares
brotan en la persona de Yegor Savich con una
extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en
el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas
son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una
mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de
que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su
charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha
se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través
de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
-No puedo casarme.
-¿Pero por qué? -suspira ella.
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte,
no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
-¿Y no lo sería usted conmigo?
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo
en general. Y digo tan sólo que los artistas y los
escritores célebres no se casan.
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich!
Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando
mamá se entere de que usted no quiere casarse, me
hará la vida imposible. Tiene un genio tan
arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no
crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha
pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me
armará!
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa
que no voy a pagarle?
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por
la habitación.
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al
extranjero es la cosa más fácil del mundo: con
pintar un cuadro y venderlo...
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que
no haya usted pintado nada este verano.
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita,
indignado, el pintor-. Además, ¿dónde hubiera
encontrado modelos?
En este momento se oye abrir una puerta en el
piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre
de un momento a otro, echa a correr. El artista se
queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A
cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el
suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks
cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el
mal humor que le produce oírla, abre la alacena,
donde guarda una botellita de vodka.
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial-
¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes
que ensombrecían su alma se van disipando.
Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el
aire.
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo
entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se
venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado
de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero
un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto
ningún rico salón y no conoce otras beldades que
Katia y algunas muchachas alegres. Podía
conocerlas por la literatura; pero hay que confesar
que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha
apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa
necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y
sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en
una azulada nube de humo, Katia y su madre
preparan el almuerzo.
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por
ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de
nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un
pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un
hombre que trabaja por el progreso, por el bien de
la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para
«descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se
prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la
siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro
joven que alguien le tira de una pierna y le llama,
riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a
su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el
verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos
para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría,
saltando de la cama- ¿Cóma te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la
mano, se hacen mil preguntas...
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice
Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la
cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de
polvo y telarañas.
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana,
después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en
tres sesiones.
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada,
sentada junto a una ventana, por la que se ve un
jardincillo y un remoto horizonte azul.
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el
cuadro.
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El
horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral
de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de
vodka.
Media hora después llega otro compañero: el
pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima.
Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene
treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el
pelo largo y una cazadora con cuello a lo
Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un
empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le
ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero
al fin se la bebe.
-¡He concebido, amigos míos, un asunto
magnífico! -dice-. Quiero pintar a Nerón, a
Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la
antigüedad, y oponerle la idea cristiana.
¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el
cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de
ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu
cristiano.
Los tres compañeros, excitados por sus sueños
de gloria, van y vienen por la habitación como lobos
enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso,
entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de
conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno
piensa en que ya han perdido los tres sus mejores
años, en que la vida sigue su curso y se los deja
atrás, en que, en espera de la gloria, viven como
parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los
que aspiran al título de genio, los verdaderos
talentos son excepciones muy escasas. No tienen en
cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les
sorprende la muerte «empezando». No quieren
acordarse de esa ley implacable suspendida sobre
sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se
va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de
género.
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y
baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en
un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas,
con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el
pintor- ¿En qué piensas?
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de
usted! -susurra ella-. Será usted un gran hombre, no
hay duda. He oído su conversación de ustedes y
estoy orgullosa.
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las
manos en los hombros de Yegor Savich y mira con
honda devoción al pequeño dios que se ha creado.
E L 
C A M A L E O N
A N T O N    P .     C H E J O V
El inspector de policía Ochumélov, con su capote
nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza
del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo
con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En
torno reina el silencio... En la plaza no hay ni un
alma... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas
miran el mundo melancólicamente, como fauces
hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera
mendigos.
-¿A quién muerdes, maldito? - oye de pronto
Ochumélov -. ¡No lo dejéis salir, muchachos! ¡Ahora
no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!
Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve
la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin,
saltando sobre tres patas y mirando a un lado
y a otro, sale corriendo un chucho. Lo persigue un
hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco
desabrochado. Corre tras el perro con todo el
cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal
por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido
y otro grito: «¡No lo dejes escapar!» Caras soñolientas
aparecen en las puertas de las tiendas y pronto,
junto al almacén de leña, como si hubiera brotado
del suelo, se apiña la gente.
-¡Se ha producido un desorden, señoría!... - dice
el municipal.
Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se
dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén
de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco
desabrochado, quien ya de pie levanta la mano
derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su
cara de alcohólico parece leerse: «¡Te voy a despellejar,
granuja!»; el mismo dedo es como una bandera
de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre
Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas
delanteras y temblando, está sentado en el suelo el
culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo
de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo.
Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia
y pavor.
-¿Qué ha ocurrido? - pregunta Ochumélov,
abriéndose paso entre la gente-. ¿Qué es esto? ¿Qué
haces tú ahí con el dedo? ... ¿Quién ha gritado?
-Yo no me he metido con nadie, señoría... -
empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con
la mano-. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este
maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el
dedo... Perdóneme, yo soy un hombre que se gana
la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada.
Que me paguen, porque puede que esté una semana
sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito,
señoría, que haya que sufrir por culpa de los
animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor
morirse...
-¡Hum!... Está bien... -dice Ochumélov, carraspeando
y arqueando las cejas-. Está bien... ¿De
quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Os voy a
enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de
tratar con esos señores que no desean cumplir las
ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá
ese miserable lo que significa dejar en la calle
perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí! .. .
Eldirin -prosigue el inspector, volviéndose hacia el
guardia-, infórmate de quién es el perro y levanta el
oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin
perder un instante! Seguramente está rabioso...
¿Quién es su amo? que es del general Zhigálov -
dice alguien.
¿Del general Zhigálov? ¡Hum! ... Eldirin, ayúdame
a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible!
Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa
que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? -
sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin -. ¿Es que
te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú,
¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego
se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque
tú... ¡ya nos conocemos! ¡Os conozco a todos,
diablos!
-Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el
cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es
tonto, le ha dado un mordisco... Siempre está haciendo
cosas por el estilo, señoría.
-¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has
visto nada? Su señoría es un señor inteligente y
comprende quién miente y quién dice la verdad... Y,
si miento, eso lo dirá el juez de paz. El tiene la ley...
Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es
gendarme... por si quieres saberlo...
-¡Basta de comentarios!
-No, no es del general. observa pensativo el
municipal-. El general no tiene perros como éste.
Son más bien perros de muestra...
-¿Estás seguro?
-Sí, señoría...
-Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros,
de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que
es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo
va a tener un perro así? ¿Dónde tenéis la cabeza? Si
este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú,
¿sabéis lo que pasaría? No se pararían en barras,
sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido
perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de
darles una lección!
-Aunque podría ser del general... -piensa el
guardia en voz alta-. No lo lleva escrito en el morro...
El otro día vi en su patio un perro como éste.
- ¡Es del general, seguro! -dice una voz.
-¡Hum! ... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin...
Parece que ha refrescado... Siento escalofríos...
Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado
y que se lo mando... Y di que no lo dejen
salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y si
cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán
en echarlo a perder. El perro es un animal
delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien
de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes
la culpa! ...
-Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos...
¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este
perro... ¿Es vuestro?
-¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como
éste en nuestra casa!
-¡Basta de preguntas! -dice Ochumélov-. Es un
perro vagabundo. No hay razón para perder el
tiempo en conversaciones... Si yo he dicho que es
un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay
que matarlo y se acabó.
-No es nuestro -sigue Prójor- Es del hermano
del general, que vino hace unos días. A mi amo no
le gustan los galgos. A su hermano...
- ¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir
Ivánich? - pregunta Ochumélov, y todo su rostro se
ilumina con una sonrisa de ternura-. ¡Vaya por Dios!
No me había enterado. ¿Ha venido de visita?
-Sí...
-Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo
sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro
mucho... Llévatelo... El perro no está mal... Es muy
vivo... ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja... Ea,
¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enfadado, el
muy pillo... Vaya con el perrito...
Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén
de leña... La gente se ríe de Jriukin.
-¡Ya nos veremos las caras! -le amenaza Ochumélov,
y, envolviéndose en el capote, sigue su camino
por la plaza del mercado.
FIN