viernes, 27 de febrero de 2009

Héctor Borda Leaño - Biografía - Poemas

Hector Borda
Nació en Oruro en 1927 y desde muy joven se vinculó con el proletariado minero de Bolivia y con la actividad política, lo cual lo llevó al exilio en varias ocasiones; a la Argentina en 1954 y a Brasil en 1957.

Fue Diputado Nacional del Partido Socialista junto a Marcelo Quiroga Santa Cruz entre 1966-1970, y Senador entre 1982-1985. Vivió exiliado en Suecia durante veinte largos años. Su libro de poemas La Ch’alla mereció en 1967 el Primer Premio de Poesía Franz Tamayo y en 1970 su poemario Con rabiosa alegría obtuvo el mismo galardón. Ha publicado cuatro libros de poesía: El sapo y la serpiente (1965), En esta oscura tierra (1972), Con rabiosa alegría (1975) y la antología Poemas desbandados (1997).

POEMAS

MINEROS UNO

Caminas todavía entre sílice y cal, entre martillos con lacerado pulmón que te acompaña en la tos terminal de tu apellido.

¿Subes acaso, desgastando sueños que en cachorro de ruido y polvareda encoraginan puños y adjetivos?

Atento ante la muerte, drásticamente amortajado un hueso reseco en sus raíces enumeras tu pan y las heridas de tu famoso grito, de tu rabia inconclusa y la prédica inmemorial de tu andadura.

Subes o bajas desbastando sombras con la luz consecuente de lentos lamparines, te lleva de la mano un salario agostado y te llevas tú mismo y sin pretextos como tapa de tumbas desmedidas.

Está tu grito tenso, tu joroba ancestral, la tenaz ilusión de hollar la roca sin macular sus sacras desnudeces, está el trajín de tus zapatos cloqueando en los charcos de tus charcos. Sin embargo prosigues, martillo de ocho libras, barreta, dinamita, como puñal sangrante en medio de la veta vistiendo de crepúsculos el tendón magistral de tu estatura.

Sin embargo prosigues, yugulada tu voz entre las sombras, tributario de orígenes, nictálope veraz, locura sin retorno entre cristales de venenosos filos trasnochados.

¡Cuánto más! Un salario de alcoholes edifica catástrofes de coca, secretos rituales, donde la muerte misma empieza a retejer sus misereres.

Sin embargo prosigues, cerrado a cal y canto en tus angustias, debajo de tu piel un puño alzado, debajo de tu piel el hambre y los fusiles.

SONETO A LA SERPIENTE

Lloró en la noche grande la serpiente y lloraron los pájaros de arena el agua temblorosa en su corriente y la sombra vibrando en la falena.

Lloró en la noche grande la serpiente como insuflando su dolor de quena, quemando como fuego en el sufriente corazón de la piedra y de la pena,

Lloró en la noche con dolor ajeno, con voz de polvareda y de veneno, con voz de soledad y de regreso.

Mas la piedra sonora en trizadura, acomodó a la sierpe en la ternura de su matriz cantora y de su hueso.

PRESENCIA DE LA COCA

Ha de bajar por un secreto canal de rutas capilares cerrando las heridas, amansando la dolorosa gestación de los sueños.

Por las orillas del hambre y del cansancio ha de ir tejiendo su ramazón de obnubilaciones y lamentos.

Ha de ir cayendo gota a gota,  destilándose finamente por las arterias del hombre dolorido, hasta llegar en comunión de maleficios al supay mineral y en la agraria desolación de pachamama ha de volver por el camino de la papa y la sara hacia el cielo infinito.

La coca ha de pasar bajo un sombraje de casiteritas, de rosicleres inermes en la mano del tiempo hacia la constelación de las leyendas, la coca retornará hacia el pasado volviendo a mensurar la impronta de los mitos donde se guarecen los cóndores nocturnos en el silencio en que florecen las piedras.

La coca junto a la mueca del desprecio se ha de ir haciendo persistencia de dios en las entrañas del hombre. Una quebrada geografía caminará con paso solitario, alqamaris nativos graznarán en la oreja del perdido cuando hormigas minerales, sapos, cóndores, sierpes descabezadas, hondas raíces corroídas por el agua, nitros en corrosión sochapen los ojos taumaturgos a la piedra del tiempo con brújula de soledad y de martirio, y en la sensación del desvarío por la wilancha y los sahumerios la coca ha de volver al mismo sitio.

La coca ha de bajar como clepsidra por un secreto canal de rutas capilares socavando a la muerte su angurria de paz sin dejar más caminos que el sueño.