viernes, 9 de julio de 2010

Antón Chejov - Un Hombre Irascible

UN HOMBRE IRASCIBLE

Anton Chejov  





          Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la
     filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia
     económica, y escribo una disertación bajo el título de «El pasado y el
     porvenir del impuesto sobre los perros». Usted comprenderá que las
     mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen
     completamente sin cuidado.
          Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de café con
     leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi
     trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y
     caligrafío «El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros».
     Reflexiono un poco y escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por
     indicios que nos revelan Herodoto y Jenofonte, el impuesto sobre los
     perros data de...»; en este momento oigo unos pasos muy sospechosos. Miro
     hacia abajo y veo a una señorita con cara larga y talle largo; se llama,
     según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace al caso; busca algo y
     aparenta no haberse fijado en mí. Canta:
                          «Te acuerdas de este cantar apasionado.»

          Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la muchacha
     parece haberme visto, y me dice en tono triste:
          -Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi desgracia. Ayer salí
     de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...
          Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el rabo de la
     letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.
          -Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante amable para
     acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no
     me atrevo a ir sola.
          ¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o Varinka me
     toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo
     precisado a acompañar a una señora o a una señorita siéntome como un
     gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene
     un temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era un armenio-.
     Ella sabe a maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su
     acompañante como una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra
     marcha. Al pasar por delante de la casa de los Karenin veo al perro y me
     acuerdo del tema de mi disertación. Recordándolo, suspiro.
          -¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka. Y ella a su
     vez suspira.
          Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de repente me doy
     cuenta de que se llama Masdinka- figúrase que yo estoy enamorado de ella,
     y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi
     corazón.
          -Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted ama, ¿no es
     verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un
     profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya
     la culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.
          La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las lágrimas afluyen a
     sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente, hemos llegado.
     En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona excelente,
     aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su hija; y
     luego se fija en mi, detenidamente, suspirando, como si quisiera exclamar:
     ¡Oh, juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»
          Además de la mamá están sentadas en la terraza señoritas de matices
     diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra en la sien
     derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo, consagrar
     el verano a la redacción de una obra intitulada «Memorias de un militar».
     Al igual que yo, aplicase todas las mañanas a la redacción de su libro;
     pero apenas escribe la frase «Nací en tal año...», aparece bajo su balcón
     alguna Varinka o Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se
     hallan en la terraza ocúpanse en limpiar frutas, para hacer dulce con
     ellas. Saludo y me dispongo a marchar; pero las señoritas de diversos
     matices esconden mi sombrero y me incitan a que no me vaya. Tomo asiento.
     Me dan un plato con fruta y una horquilla, a fin de que proceda, como los
     demás, a la operación de extraer el hueso. Las señoritas hablan de sus
     cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es también, pero no es
     simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no está mal del
     todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.
          -Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no tiene nada de
     guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... La verdad es
     -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura, sino
     el talento.
          Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas están, sin
     duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la
     hermosura, sino el talento. Obsérvome, a hurtadillas, en el espejo para
     ver si, realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba
     y bigote poblados, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los
     ojos, todo un conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una
     torre sólida, su nariz.
          -No me parezco mal del todo...
          -Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las que llevan
     ventaja -replica la mamá de Masdinka.
          Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de que un hombre
     está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor. Una de
     las señoritas levántase y se va; todas las demás empiezan a hablar mal de
     ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más
     bajo que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para
     llamarme a comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad
     estrambótica y entregarme nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo.
     Pero la mamá de Narinka y las señoritas de diversos matices rodéanme y me
     declaran que no me asiste el derecho de marcharme porque ayer les prometí
     comer con ellas y después de la comida ir a buscar setas en el bosque.
     Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi alma hierve la irritación.
     Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y el temor de faltar a
     las conveniencias sociales oblíganme a obedecer a las señoras, y obedezco.
     Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto de su herida en
     la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de un caballo
     provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la contribución
     sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo. Narinka me
     observa con lástima. Okroschka(8), lengua con guisantes, gallina cocida,
     compota. Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de comer
     voy a la terraza para fumar; en esto acércase a mí la mamá de Masdinka y
     me dice con voz entrecortada:
          -No desespere usted, Nicolás... Su corazón es de... Vamos al bosque.
          Varinka cuélgase de mi brazo y establece el contacto. Sufro
     inmensamente; pero me aguanto.
          -Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está usted tan
     triste, tan taciturno?
          ¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada tengo que
decirle!
          -Hábleme algo -añade la joven.
          En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A fuerza de
     buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.
          -La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a Rusia.
          -Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se colorea-, usted
     rehuye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su
     reserva... Usted se empeña en sufrir solo...
          Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella añade:
          -¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera una
     amistad eterna?
          Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no sé qué
     contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo
     lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy
     irritable. Masdinka o Varinka cúbrese el rostro con las manos y dice a
     media voz, como hablando consigo misma: «Se calla...; veo que desea mi
     sacrificio. ¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo
     pensaré, sí, lo pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa
     de mi felicidad, libraré a este hombre de sus angustias».
          No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el paseo
     silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Óyese el
     ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de
     nuevo. A lo rejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido,
     que cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del
     lado derecho tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de
     su brazo a una señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del
     bosque a casa, tomamos el té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de
     las jóvenes canta:
                          «Tú no me amas, no...»

          Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la oreja.
          Charmant, charmant, gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la
     noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está
     en silencio. Percíbese un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi
     sombrero y me voy a marchar.
          -Tengo que comunicarle algo interesante -murmura Masdinka a mi oído.
          Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder, y, por
     delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una
     avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con
     dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué
     tendrá?», pienso yo.
          -Escuche usted; no puedo...
          Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que, al fin, se
     decide. Lánzame una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose
     gradualmente, me dice a quema ropa:
          -Nicolás, yo soy suya. No le puedo amar; pero le prometo fidelidad.
          Apriétase contra mi pecho y retrocede poco después.
          -Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la glorieta.
          Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late. Regreso a mi
     casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me aguarda;
     pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente
     irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy
     irascible, y es peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia
     que la cena está lista, la despido brutalmente:
          -¡Váyase en mal hora!
          Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro día, por la
     mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría, bajo
     cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina,
     porque mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto
     de 1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de
     nosotros, aun sin ser astrónomo, puede ser de utilidad en esta
     circunstancia. Por ejemplo: cada uno puede, primero, marcar el diámetro
     del sol con respecto al de la luna; segundo, dibujar la corona del sol;
     tercero, marcar la temperatura; cuarto, fijar en el momento del eclipse la
     situación de los animales y de las plantas; quinto, determinar sus propias
     impresiones, etcétera. Todo esto es tan importante, que por el momento
     resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los perros. Propóngome observar
     el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano. Reparto el trabajo en
     la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de la luna; el
     oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de Masdinka y
     de las señoritas de diversos matices.
          -¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
          Yo contesto:
          -Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se
     coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
          -¿Y qué es la elíptica?
          Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:
          -¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta
     los centros del sol y de la tierra?
          -Es una línea imaginaria -le contesto.
          -Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la
     luna se sitúe en ella?
          No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta
     pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
          -Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de
     predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo.
     ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras
     fantasías.
          Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos
     parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos
     levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches
     creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a
     los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro
     de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y ocúltase debajo del puente;
     el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El
     empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina,
     sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese el que pueda!»
     Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, lánzanse a la calle
     descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.
          -¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos
     matices.
          -Señora, observad bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el
     diámetro.
          Acuérdome de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado,
     inmóvil.
          -¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
          El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos
     brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales,
     asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los
     minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación
     geográfica del punto de observación: esto es también muy importante.
     Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y díceme:
          -No se olvide usted: hoy, a las once.
          Despréndome de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo
     empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo
     y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al
     suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y
     cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El
     eclipse se acabó.
          -¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
          Esto es ya más que una burla. Convenid en que no es posible jugar con
     la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía.
     ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de
     irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo.
     Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de
     calmarme.
          -Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones,
     observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris
     persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la
     cola.
          Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a casa. Llueve, y no
     me asomo al balconcito. El oficial herido arriésgase a salir a su balcón,
     y hasta escribió: «He nacido en...» Pero desde mi ventana veo cómo una de
     las señoritas de marras le llama, con el fin de que vaya a su casa.
     Trabajar me es imposible. El corazón me late con violencia. No, iré a la
     cita de la glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la
     calle. A las doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y
     exige que me persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una
     segunda misiva, y a las dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero,
     antes de ir, debo pensar qué es lo que habré de decirle. Me comportaré
     como un caballero. En primer lugar, le declararé que es inútil que cuente
     con mi amor; no, semejante cosa no se dice a las mujeres; decir a una
     mujer «yo no la amo», es como decir a un escritor: «usted escribe mal». Le
     expondrá sencillamente mi opinión acerca del matrimonio. Me pongo, pues,
     el abrigo de invierno, empuño el paraguas y diríjome a la glorieta.
     Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna
     barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me
     espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una
     exclamación de alegría y agárrese a mi cuello.
          -Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los ojos en
     toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué en
     consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.
          Siéntome a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio. Por
     no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen histórico.
     Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos;
     intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero
     luego, sin transición, me dice:
          -Nicolás, dame un beso.
          Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me levanto
     y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que
     experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi
     abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo
     momento, la mamá de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un
     gesto de espanto; dice a alguien: «¡spch», y desaparece como Mefistófeles,
     por escotillón. Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me
     encuentro a la mamá de Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi
     mamá. Ésta llora y exclama: «Yo misma lo deseaba». A renglón seguido:
     «¿Qué les parece a ustedes?» La mamá de Varinka se acerca a mí, me abraza
     y me dice: «¡Que Dios os bendiga! Tú has de amarla. No olvides jamás que
     ella se sacrifica por ti.»
          He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los testigos del
     matrimonio se encuentran cerca de mi y me dan prisa. Decididamente esta
     gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mi. ¡Por
     vida de!... Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre
     irritado, rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre.
     Veremos cuál será el desenlace final...
          Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka se apoya contra mí y me
     dice:
          -Ahora si que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!
          Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que el oficial
     retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las
     señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su
     herida en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido
     contraer matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado.
     Uno de mis tíos fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en
     lugar de una gorra, se cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía
     mía era muy aficionada al piano, y sacaba la lengua al tropezar con un
     hombre. Además, mi carácter extremadamente irritable induce a sospechas.
     ¿Por qué las buenas ideas acuden a la mente siempre demasiado tarde?...